Españoles prodigiosos
Retrato imaginado de Isabel Zendal
Recreación con inteligencia artificial

Capítulo 20

Isabel Zendal

La enfermera que cruzó el mundo con 22 niños para salvar millones de vidas

El 30 de noviembre de 1803, una corbeta llamada María Pita zarpó del puerto de La Coruña con un cargamento que no se parecía a nada que hubiese cruzado antes el Atlántico. No llevaba oro, ni soldados, ni mercancías. Llevaba 22 niños huérfanos de entre tres y nueve años y una mujer gallega que los cuidaba. Dentro de los cuerpos de esos niños viajaba la vacuna de la viruela, viva, pasándose de brazo en brazo cada diez días para que no muriera antes de llegar a América. La mujer que mantuvo a esos niños sanos, alimentados y con la vacuna viva durante semanas de travesía oceánica se llamaba Isabel Zendal Gómez. Era analfabeta, madre soltera, hija de campesinos y rectora de un orfanato. La OMS la reconoce como la primera enfermera en una misión sanitaria internacional de la historia. Y casi nadie sabe quién fue.

El mundo en 1803

La viruela era, junto con la peste, el mayor asesino de la humanidad. Se calcula que a finales del siglo XVIII mataba a unas 400.000 personas al año solo en Europa. En América el impacto era aún peor: las poblaciones indígenas no tenían defensas naturales y las epidemias arrasaban comunidades enteras. Quien sobrevivía quedaba desfigurado o ciego. No respetaba clases sociales: la propia hija de Carlos IV, la infanta María Teresa, había muerto de viruela en 1794 con tres años.

En 1796, el médico inglés Edward Jenner descubrió que inocular a una persona con pus de la viruela vacuna — una variante mucho más leve que afectaba al ganado — generaba inmunidad contra la viruela humana. Era la primera vacuna de la historia. En apenas cinco años, la noticia se extendió por Europa y miles de personas fueron vacunadas.

Pero había un problema: la vacuna no sobrevivía a los largos viajes por mar. Se intentó enviarla a América en cristales lacrados, pero las altas temperaturas y las semanas de travesía la mataban. No existía refrigeración. No había forma de conservarla.

El médico de la corte de Carlos IV, Francisco Javier Balmis, un alicantino brillante y obsesivo, propuso una idea terrible y genial: usar niños como portadores vivos. Se inocularía la vacuna a una pareja de niños. Cuando les salieran las pústulas, se extraería el pus y se inocularía a otra pareja. Así, de brazo en brazo, la vacuna viajaría viva a través del océano dentro de los cuerpos de los niños.

Carlos IV, marcado por la muerte de su hija, aceptó financiar la expedición con fondos públicos. Nacía la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna — la primera campaña sanitaria internacional de la historia.

La mujer antes de la hazaña

Isabel Zendal Gómez nació el 26 de febrero de 1773 en Santa Marina de Parada, una aldea del municipio de Ordes, en la provincia de A Coruña. Su familia era de campesinos con escasos recursos. Fue la segunda de nueve hermanos, tres de los cuales no sobrevivieron al primer año de vida — una estadística habitual en la Galicia rural del siglo XVIII.

Cuando tenía trece años, su madre murió de viruela. La enfermedad que definiría su vida se la llevó primero a su madre.

Isabel tuvo que dejar la casa familiar y ponerse a trabajar. Fue la única de sus hermanos que recibió algo de instrucción, con clases particulares del cura de la parroquia, pero era esencialmente analfabeta — como el 97% de las mujeres españolas de la época.

Se fue a A Coruña, donde trabajó en el servicio doméstico de un hombre de negocios. Con veinte años entró a trabajar en el Hospital de la Caridad, primero como ayudante y luego como rectora. En 1793 nació su hijo Benito Vélez, al que crió como madre soltera — un estigma enorme en la España de la época.

Hacia 1800 fue nombrada rectora de la Casa de Expósitos de A Coruña, el orfanato municipal donde se recogía a los niños abandonados. Allí cuidaba a decenas de huérfanos con recursos mínimos, asegurándose de que tuvieran al menos las necesidades básicas cubiertas. Esa experiencia — cuidar niños enfermos, desnutridos y abandonados con casi nada — fue exactamente lo que la convirtió en la persona imprescindible para la expedición.

Cuando Balmis necesitó a alguien capaz de mantener sanos a 22 niños durante una travesía oceánica de semanas, alguien que supiera manejar enfermedades infantiles, alimentación precaria y el pánico de unos críos en alta mar, solo había una candidata. El 14 de octubre de 1803, una Real Orden de Carlos IV autorizó la incorporación de Isabel Zendal a la expedición en calidad de enfermera. Cobraría el mismo sueldo que los enfermeros hombres — un detalle nada menor para la época.

Isabel embarcó en la María Pita con los 22 niños. Uno de ellos era Benito, su propio hijo.

La expedición: una cadena humana a través del océano

Los 22 niños

Los niños fueron seleccionados cuidadosamente: tenían que ser sanos y no haber estado nunca en contacto con la viruela, para que la vacuna prendiera en ellos. De los 22, veintiuno eran huérfanos de la Casa de Expósitos. El vigésimo segundo era Benito, el hijo de Isabel.

Eran niños de entre tres y nueve años. Sabían que iban a un viaje largo por mar, pero probablemente no entendían del todo lo que significaba ser “portadores” de la vacuna. Cada diez días, se extraía el pus de las pústulas de una pareja de niños y se inoculaba en los brazos de la siguiente pareja. Los niños se ponían enfermos con la vacuna — fiebre, malestar, las pústulas —, se recuperaban y la cadena avanzaba.

Isabel los cuidaba a todos. Los alimentaba, los consolaba cuando lloraban de dolor o de miedo, los curaba cuando enfermaban más de la cuenta, vigilaba que la cadena no se rompiera. Si un niño empeoraba demasiado, si la vacuna no prendía en el siguiente, si la cadena se interrumpía, la expedición fracasaba. Todo el viaje, toda la inversión, toda la esperanza de vacunar a un continente entero dependía de que esos 22 niños llegaran vivos y con la vacuna activa al otro lado del Atlántico.

Ninguno murió.

La ruta

La María Pita cruzó el Atlántico y llegó primero a Canarias, donde se vacunó a la población local y se incorporaron nuevos niños para refrescar la cadena. De ahí cruzaron a Puerto Rico, donde descubrieron que la vacuna ya había llegado por otra vía — un golpe para Balmis, que tenía un carácter difícil y ambicioso.

La expedición siguió a Venezuela, donde se dividió en dos grupos. El subdirector José Salvany tomó rumbo al sur con un grupo de niños y colaboradores, llevando la vacuna por Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile — un viaje de años que le costaría la vida: Salvany murió en Cochabamba en 1810 sin haber vuelto a España.

Balmis, con Isabel y el resto del equipo, fue hacia el norte: Cuba, Yucatán, México. En cada parada reclutaban niños locales para mantener la cadena y establecían Juntas de Vacunación para que la vacunación continuara después de que ellos se fueran.

Desde Acapulco, Balmis cruzó el Pacífico hasta Filipinas, llevando la vacuna a Manila y desde allí a Cantón y Macao. Era 1806. La expedición había dado la vuelta al mundo.

Los números

Se estima que la Expedición Balmis vacunó directamente a más de 500.000 personas. Más de 300.000 solo en Cuba. Más de 22.000 en el Virreinato del Perú. Decenas de miles en México, Filipinas y China. Pero el impacto real fue mucho mayor: las Juntas de Vacunación que dejaron establecidas siguieron vacunando durante décadas, salvando millones de vidas.

Edward Jenner, el propio descubridor de la vacuna, escribió: “No puedo imaginar que en los anales de la Historia se proporcione un ejemplo de filantropía más noble y más amplio que este.”

Alexander von Humboldt la calificó como “el viaje más memorable en los anales de la historia.”

El final de Isabel

Balmis volvió a España en 1806 para dar cuenta al rey del éxito de la expedición. Isabel no volvió. Se quedó en Puebla de los Ángeles, México, con su hijo Benito.

Los últimos documentos que se conservan sobre ella son de 1811: tres escritos en los que Isabel pide que le transfieran a Puebla los atrasos de la paga para el mantenimiento y educación de Benito, porque “los caminos están infestados de bandidos y no tiene de mano una persona que pueda cobrarla en la capital”. Son solicitudes que parece haber redactado ella misma — lo que sugiere que en algún momento aprendió a escribir, o al menos a firmar.

No se sabe con certeza cuándo murió. Se cree que fue hacia 1811, en Puebla. La enfermera que había cruzado el océano cuidando a 22 niños para salvar a un continente de la viruela terminó sus días en una ciudad mexicana, lejos de su Galicia natal, reclamando unos atrasos que probablemente nunca cobró.

El lema de la escuela de enfermería de Puebla donde acabó vinculada dice: “Sacrificio sin esperar gloria.” No podría describir mejor la vida de Isabel Zendal.

Por qué no la conoces

Los honores se los llevó un hombre. La expedición se llama “Expedición Balmis” y con razón: Balmis fue el impulsor, el organizador y el líder. Pero durante dos siglos la historia se contó como si fuera solo suya. Isabel aparecía, en el mejor de los casos, como “la mujer que cuidaba de los niños” — una frase que reduce a una nota a pie de página el trabajo que hizo posible todo lo demás.

Era mujer, pobre y analfabeta. En una época donde el 97% de las mujeres no sabían leer, donde ser madre soltera era un estigma social devastador, y donde la historia solo registraba a reyes, generales y obispos, Isabel no tenía ninguna posibilidad de ser recordada. No dejó escritos, no tenía títulos, no pertenecía a ninguna familia notable.

Tardó 150 años en ser reconocida. No fue hasta 1950 cuando la OMS la señaló como la primera enfermera en una misión internacional de salud pública. Y no fue hasta el siglo XXI cuando su nombre empezó a ser realmente conocido, gracias a libros, películas y la polémica del hospital que lleva su nombre en Madrid, construido durante la pandemia de COVID-19 en 2020.

La paradoja española. España organizó la primera campaña de vacunación global de la historia — un hecho que debería ser motivo de orgullo nacional permanente — y casi nadie lo sabe. Ni dentro ni fuera. La Expedición Balmis es desconocida en los libros de texto, y la mujer que la hizo posible a nivel humano lo es aún más.

Para cerrar: los brazos de los niños

Imagina la escena. Es una noche en mitad del Atlántico. La corbeta María Pita se mece en la oscuridad. Bajo cubierta, 22 niños duermen — o intentan dormir, porque el mar no es amable con los cuerpos pequeños. Algunos tienen fiebre. Algunos tienen los brazos vendados, con las pústulas de la vacuna supurando. Algunos lloran.

Una mujer se mueve entre las hamacas. Comprueba temperaturas. Cambia vendajes. Consuela al que llora. Se asegura de que coman. Se asegura de que beban. Se asegura de que la cadena no se rompa.

No es médico. No es científica. No ha estudiado en ninguna universidad. Es la rectora de un orfanato de A Coruña, hija de campesinos gallegos, madre soltera, que ha aprendido a cuidar niños enfermos porque no le quedaba otra opción.

Dentro de los brazos de esos niños viaja algo que salvará millones de vidas. Pero esta noche, lo único que importa es que estén vivos mañana. Y pasado mañana. Y el día de después. Hasta que lleguen al otro lado del mar.

Eso es lo que hizo Isabel Zendal. Noche tras noche, semana tras semana, brazo tras brazo. La primera campaña de vacunación global de la historia viajó en los cuerpos de 22 niños cuidados por una mujer gallega a la que el mundo tardó doscientos años en dar las gracias.

Fuentes principales: Comité Asesor de Vacunas de la AEP; José Tuells, Cátedra Balmis de Vacunología (Universidad de Alicante); OMS; Edward Jenner, correspondencia; Alexander von Humboldt.

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