
Capítulo 19
José Celestino Mutis
El gaditano que catalogó la naturaleza de un continente y formó a los libertadores
En 1760, un joven cirujano gaditano de veintiocho años embarcó hacia el Nuevo Mundo como médico personal del virrey de Nueva Granada. Podría haberse quedado en Europa, donde le esperaba una carrera brillante en las mejores academias. Pero eligió los bosques de América. Pasaría los siguientes cuarenta y ocho años en Colombia sin volver jamás a España. En ese tiempo dirigió la mayor expedición botánica de la historia del Imperio Español, catalogó 20.000 especies vegetales y 7.000 animales, produjo más de 7.600 dibujos botánicos de una calidad que Humboldt calificó como la mejor del mundo, introdujo la ciencia moderna en un virreinato sumido en el dogmatismo medieval, y formó a una generación entera de científicos criollos que, años después, protagonizarían la independencia de Colombia. Linneo le llamó “el más importante botánico del Nuevo Mundo.” Humboldt viajó hasta Bogotá expresamente para conocerle. Su cara aparecía en el billete de 2.000 pesetas. Y en España, fuera de Cádiz y Andalucía, casi nadie sabe quién fue.
El mundo en 1783
La Ilustración española vivía su momento más ambicioso bajo Carlos III. El rey, asesorado por ministros reformistas como José de Gálvez, había puesto en marcha un programa de expediciones científicas sin precedentes: al Perú, a Chile, a Nueva España, a las Filipinas, al Pacífico. España quería inventariar los recursos naturales de su imperio para explotarlos racionalmente — la economía, no la religión, era ya el motor de la política colonial.
La botánica era la ciencia estrella de la época. Linneo había revolucionado la clasificación de los seres vivos con su sistema binomial. Las potencias europeas competían por catalogar la flora y fauna de sus colonias, sabiendo que las plantas medicinales, las maderas, las fibras y los tintes valían fortunas. España tenía la mayor biodiversidad del planeta en sus territorios americanos y apenas la conocía.
En ese contexto, un gaditano que llevaba veinte años en Colombia pidiendo permiso para organizar una expedición botánica recibió por fin la autorización real.
El hombre
José Celestino Bruno Mutis y Bosio nació el 6 de abril de 1732 en Cádiz, el gran puerto del comercio con América. Estudió medicina en el Colegio de Cirugía de Cádiz — uno de los centros médicos más avanzados de Europa — y se doctoró en la Universidad de Sevilla en 1755. En Madrid completó su formación estudiando botánica en el Jardín de Migas Calientes (precursor del actual Real Jardín Botánico), y astronomía y matemáticas por su cuenta.
Era un polímata nato: medicina, cirugía, botánica, astronomía, matemáticas, mineralogía, lingüística. Podría haber hecho carrera en cualquier academia europea. Pero en 1760, cuando le ofrecieron acompañar al nuevo virrey de Nueva Granada como médico personal, eligió América.
Su discípulo Francisco José de Caldas lo explicó con una frase perfecta: “El silencio, la paz, los bosques de la América tuvieron más atractivo sobre su corazón que la grandeza y la pompa de las cortes de Europa.”
Mutis llegó a Bogotá y no volvió a pisar España en los cuarenta y ocho años que le quedaban de vida.
Veinte años esperando permiso
Nada más llegar a Nueva Granada, Mutis empezó a estudiar la flora local. En 1763 envió su primera solicitud al rey para organizar una expedición botánica formal. Carlos III no contestó. En 1764 envió otra. Silencio de nuevo.
Mutis esperó. Pero no esperó de brazos cruzados — como Félix de Azara en Paraguay, convirtió la espera en trabajo. Abrió una cátedra de matemáticas en el Colegio del Rosario de Bogotá, donde introdujo a sus alumnos en las obras de Newton y Copérnico — causando escándalo entre los sectores más conservadores, que le acusaron de herejía por defender el heliocentrismo. Se metió en la minería para financiar sus investigaciones botánicas. Mantuvo correspondencia regular con Linneo, al que enviaba muestras de plantas americanas. Se ordenó sacerdote en 1772 — un movimiento estratégico que le daba mayor protección frente a las acusaciones de heterodoxia.
Tuvo que esperar veinte años. En 1783, el virrey-arzobispo Caballero y Góngora, convencido del valor del proyecto, aprobó la expedición antes incluso de recibir la autorización real. José de Gálvez — el mismo que había puesto a su sobrino Bernardo al frente de Luisiana — firmó la cédula real el 1 de noviembre de 1783. Mutis tenía cincuenta y un años. Llevaba dos décadas preparándose.
La Real Expedición Botánica (1783-1816)
La empresa
Lo que Mutis dirigió durante los siguientes veinticinco años no fue una expedición en el sentido tradicional — no fue un viaje de ida y vuelta. Fue una institución científica permanente, con sede primero en Mariquita y luego en Bogotá, que exploró sistemáticamente 8.000 kilómetros cuadrados de territorio colombiano a lo largo del río Magdalena.
En su momento de máxima actividad, la expedición empleaba a 55 personas: botánicos que clasificaban especies, herbolarios que las recolectaban, pintores que las dibujaban, comisionados que viajaban a regiones remotas a buscar muestras. Era, en la práctica, un instituto de investigación en pleno trópico.
Los números
Las cifras son apabullantes: 20.000 pliegos de herbario con muestras de plantas. 7.000 muestras animales. Más de 7.600 dibujos botánicos de una calidad artística extraordinaria — algunos de los mejores que se han producido nunca. Francisco Javier Matís, uno de los pintores de la expedición, fue calificado por Humboldt como “el mejor ilustrador botánico del mundo.”
Mutis estudió especialmente la quina — la corteza del árbol de la que se extraía el remedio contra la malaria. Su trabajo sobre las distintas especies de quina fue una contribución médica de primer orden.
La visita de Humboldt
En 1801, Alexander von Humboldt —el científico más famoso de Europa, en plena expedición por América— viajó hasta Bogotá expresamente para conocer a Mutis. Se quedó dos meses. Lo que vio le dejó sin palabras.
Humboldt escribió que jamás se había consagrado en ninguna parte de Europa, a un solo ramo de historia natural, una biblioteca tan bella y rica como la de aquella expedición. Los dibujos, los herbarios, las colecciones zoológicas y mineralógicas le impresionaron profundamente. Mutis le abrió las puertas de todo y Humboldt le citó con admiración en sus obras posteriores.
Linneo, por su parte, le había considerado “el más importante botánico del Nuevo Mundo” y le había dedicado el género Mutisia — una trepadora de flores rojas que estudios recientes han demostrado ser uno de los géneros más primitivos de la familia de las margaritas.
El maestro de los libertadores
Quizás la contribución más inesperada de Mutis no fue científica, sino política. La Expedición Botánica se convirtió en la mayor escuela de pensamiento ilustrado de la Nueva Granada. Mutis no solo enseñó botánica: enseñó a pensar críticamente, a observar, a cuestionar la autoridad, a razonar con método científico.
Sus discípulos — Francisco José de Caldas, Jorge Tadeo Lozano, Francisco Antonio Zea, Camilo Torres — absorbieron esas ideas y las aplicaron no solo a la naturaleza, sino a la política. Cuando estalló la guerra de independencia en 1810, casi todos los próceres de la independencia colombiana habían pasado por la Expedición Botánica.
Caldas fue fusilado por los españoles en 1816. Jorge Tadeo Lozano, también. La ciencia de Mutis parió la libertad de Colombia — y los españoles lo sabían. El general Morillo, al reconquistar Bogotá, consideró la Expedición Botánica un foco subversivo y ordenó enviar todos sus materiales a España.
Las 7.600 láminas, los herbarios y los archivos cruzaron el Atlántico y acabaron en el Real Jardín Botánico de Madrid, donde siguen hoy. Colombia ha pedido su devolución en múltiples ocasiones. España no las ha devuelto.
El final
Mutis murió en Bogotá el 2 de septiembre de 1808, a los 76 años, de un ataque de apoplejía. Había pasado cuarenta y ocho años en América sin volver a España. Nunca vio publicada su obra magna: la Flora del Nuevo Reino de Granada no empezó a publicarse hasta 1954, casi siglo y medio después de su muerte.
Gran parte de su trabajo permaneció inédito o se perdió en las guerras de independencia. Por eso la historia lo recuerda más como un gran promotor de la ciencia que como un gran científico — una injusticia que ignora los 20.000 pliegos de herbario, los 7.600 dibujos y las décadas de trabajo de campo.
Su cara apareció en el billete de 2.000 pesetas entre 1992 y 2002, con una flor de Mutisia clematis en el reverso. Fue el primer billete de una serie dedicada a “España en América.” La mayoría de los españoles que usaban ese billete no tenían ni idea de quién era el señor del retrato.
Por qué no lo conoces
Su obra no se publicó en vida. La Flora tardó 146 años en empezar a publicarse. Sin publicación, no hay difusión, no hay reconocimiento, no hay lugar en los manuales.
La independencia rompió el hilo. Mutis murió dos años antes de la independencia de Colombia. Sus discípulos, los que habrían continuado y publicado su trabajo, fueron fusilados o dispersados por la guerra. La Expedición Botánica murió con la colonia.
Los materiales están en Madrid, no en Bogotá. Las láminas y herbarios de Mutis están en el Real Jardín Botánico de Madrid. Para Colombia, son patrimonio robado. Para España, son patrimonio olvidado. Nadie los exhibe como se merecen.
Humboldt se llevó la fama. El alemán es el naturalista que todo el mundo asocia con la exploración científica de América. Mutis, que le precedió en décadas y al que el propio Humboldt admiraba, queda como una nota a pie de página en la historia del otro.
Cádiz, no Madrid. Mutis era gaditano, y en Andalucía es más conocido. Pero España no es solo Madrid, aunque la historia oficial a veces lo parezca.
Para cerrar: los bosques
Imagina la escena. 1760. Un cirujano gaditano de veintiocho años está en la cubierta de un barco que se aleja de Cádiz rumbo a América. Podría haberse quedado en Europa. Podría haber enseñado en París, investigado en Londres, publicado en Leiden. Pero ha elegido los bosques del Nuevo Mundo.
No volverá a ver España. Pasará cuarenta y ocho años en Colombia. Esperará veinte años un permiso que tarda en llegar. Catalogará 20.000 plantas. Formará a una generación de científicos que fundarán un país. Morirá sin ver publicada su obra.
Caldas, su discípulo más brillante, lo explicó mejor que nadie: “El silencio, la paz, los bosques de la América tuvieron más atractivo sobre su corazón que la grandeza y la pompa de las cortes de Europa.”
José Celestino Mutis eligió los bosques. Y en los bosques dejó la mayor colección botánica que España produjo jamás. Una colección que sigue en Madrid, en unos cajones que casi nadie abre, esperando — como las patentes de Ayanz en Simancas — a que alguien se acuerde de que existe.
Fuentes principales: Real Jardín Botánico de Madrid, fondo documental José Celestino Mutis; Sociedad Geográfica Española; Alexander von Humboldt, Plantas Equinoctiales; Francisco José de Caldas, escritos; Fundación Ibercaja, exposición José Celestino Mutis.