Españoles prodigiosos
Retrato imaginado de Félix de Azara
Recreación con inteligencia artificial

Capítulo 18

Félix de Azara

El hombre que se hizo científico por aburrimiento y acabó inspirando a Darwin

Le mandaron a Paraguay a esperar a unos portugueses. Los portugueses nunca llegaron. Así que, mientras esperaba — durante veinte años —, decidió matar el tiempo estudiando los pájaros y los mamíferos del Río de la Plata. Sin formación científica. Sin laboratorio. Sin más referencia que una traducción al español de Buffon, que además estaba llena de errores. Cuando volvió a España, había descrito 448 especies de aves — la mitad nuevas para la ciencia —, identificado 78 mamíferos, levantado los primeros mapas modernos de Paraguay, documentado las costumbres de los pueblos indígenas del Chaco y escrito una obra que Charles Darwin llevaría como libro de cabecera en el Beagle. Este es Félix de Azara, un ingeniero militar aragonés que se convirtió en uno de los mayores naturalistas de su siglo por la razón más improbable del mundo: porque no tenía nada mejor que hacer.

El mundo en 1781

En la segunda mitad del siglo XVIII, España y Portugal mantenían una disputa interminable sobre los límites de sus posesiones en América del Sur. Las fronteras entre el Brasil portugués y los territorios españoles del Río de la Plata y Paraguay eran difusas, cambiantes y fuente de conflictos permanentes.

El Tratado de San Ildefonso de 1777 intentó resolver la cuestión estableciendo que ambas potencias enviarían comisiones técnicas para fijar las fronteras sobre el terreno. España cumplió. Portugal, no. Los portugueses nunca tuvieron intención de enviar a nadie, porque el retraso les beneficiaba: mientras no se fijaran los límites, podían seguir avanzando hacia el oeste.

Era también la época de la Ilustración. Por toda Europa, el interés científico por la naturaleza vivía un apogeo sin precedentes. Linneo había publicado su sistema de clasificación. Buffon había escrito su monumental Historia Natural. Alexander von Humboldt estaba a punto de emprender su viaje a América. España participaba en esa corriente con expediciones científicas como las de Malaspina o Celestino Mutis. Pero la contribución más inesperada vendría de un militar sin formación científica que ni siquiera fue enviado con ese propósito.

El hombre antes de la hazaña

Félix de Azara y Perera nació el 18 de mayo de 1742 en Barbuñales, un pueblo diminuto de la provincia de Huesca, en Aragón. Su familia pertenecía a la nobleza rural aragonesa — su padre era barón de Pertusa — y produjo una generación de hermanos extraordinarios: Eustaquio fue obispo de Barcelona; José Nicolás se convirtió en uno de los diplomáticos más influyentes de Europa, amigo personal de papas, emperadores y del propio Napoleón; Lorenzo fue deán de la catedral de Huesca; Mateo, auditor de la Audiencia de Barcelona. Los Azara de Barbuñales eran lo más parecido a los Gálvez de Macharaviaya: una familia de pueblo que colocó a sus hijos en los puestos más altos del Imperio.

Félix estudió en la Universidad de Huesca y luego se formó como ingeniero militar en Barcelona, especializándose en matemáticas y fortificación. Fue un militar competente: trabajó en fortificaciones en Mallorca y Figueras, y participó en la desastrosa expedición contra Argel en 1775, donde resultó gravemente herido — le tuvieron que extirpar parcialmente un hueso del cráneo.

Nada en su trayectoria hasta los 35 años sugería que acabaría siendo naturalista. Era un ingeniero militar con formación matemática, no un científico. No sabía nada de zoología, botánica ni historia natural más allá de lo que pudiera haber leído por curiosidad. El destino que le convirtió en uno de los grandes naturalistas del siglo XVIII fue, literalmente, un accidente burocrático.

Veinte años esperando a los portugueses

La llegada

En 1781, con el rango de brigadier, Félix de Azara fue enviado al Río de la Plata como integrante de la comisión que debía fijar los límites con Brasil según el Tratado de San Ildefonso. Se dirigió a Asunción, capital de Paraguay, para preparar el trabajo y esperar al comisario portugués.

Los portugueses no llegaron.

Azara esperó. Pasaron semanas. Meses. Los portugueses seguían sin aparecer. Sus subordinados, desmoralizados, empezaron a abandonar. Las excusas portuguesas se sucedían una tras otra. Azara, fiel a sus órdenes, decidió quedarse.

Y entonces hizo algo que define su carácter. En sus propias palabras:

“Me vi precisado a meditar sobre la elección de algún objeto que ocupase mi detención con utilidad. Desde luego vi que lo que convenía a mi profesión y circunstancias era acopiar elementos para hacer una buena carta, sin omitir lo que pudiese ilustrar la geografía física, la historia natural de las aves y los cuadrúpedos y finalmente lo que pudiera conducir al perfecto conocimiento del país y sus habitantes.”

Azara convirtió una misión fallida en la obra de su vida. Solo, sin equipo científico, sin colaboradores, decidió cartografiar Paraguay, estudiar su fauna y documentar sus pueblos. No porque nadie se lo pidiera, sino porque no soportaba estar sin hacer nada.

El naturalista accidental

Lo que hizo en los veinte años siguientes es asombroso, especialmente si se tiene en cuenta que empezó sin saber nada. La única bibliografía de la que disponía era una traducción al español de la Historia Natural de Buffon, la obra de referencia de la época. Pronto descubrió que Buffon estaba lleno de errores — descripciones hechas desde un gabinete parisino por alguien que nunca había visto los animales en libertad.

Azara decidió hacer lo contrario. Se fue al campo. Observó los animales en su hábitat. Los dibujó. Anotó cómo se alimentaban, cómo cantaban, cómo se reproducían, cómo interactuaban con su entorno. Llenó su casa de pájaros vivos para estudiar su comportamiento. Desarrolló un método empírico propio, basado en la observación directa y la descripción minuciosa, que era en realidad lo que hoy llamamos etología — el estudio del comportamiento animal — un siglo antes de que la disciplina existiera formalmente.

Los números son impresionantes. Describió 448 especies de aves, de las cuales 200 eran nuevas para la ciencia. Identificó 78 mamíferos, 43 de ellos desconocidos. No se limitó a la descripción morfológica: documentaba comportamiento, alimentación, hábitat, reproducción. Su rigor era tal que múltiples especies fueron bautizadas con su nombre: el mono nocturno de Azara, el agutí de Azara, el ratón de Azara, el pijuí de Azara…

El cartógrafo y etnógrafo

Pero Azara no fue solo naturalista. En paralelo a su trabajo zoológico, levantó los primeros mapas modernos de Paraguay — tan precisos que el país los usó después de su independencia en 1811 para reivindicar su extensión territorial. Trazó planos de ciudades y pueblos, elaboró listados de localidades y redactó informes geográficos de un detalle sin precedentes.

Y fue además un etnógrafo sagaz, aunque poco reconocido como tal. Recorrió y convivió con los pueblos indígenas del Chaco y el Río de la Plata. Documentó sus lenguas — señalando que con el guaraní se podía viajar desde Brasil hasta Buenos Aires y subir hasta el Perú —, sus costumbres, su organización social. Lo hizo con un respeto hacia los pueblos amerindios poco frecuente en los españoles de la época.

Fue, como escribió el historiador argentino Bartolomé Mitre, “el Humboldt moderno de esta parte de América, que solo, sin estímulos, en medio de los desiertos, sin conocer más ciencias que las matemáticas y guiado por su genio observador, creó un sistema nuevo de clasificación zoológica, midió y describió gráficamente su territorio, estudió sus razas indígenas, revelando un mundo desconocido.”

La conexión con Darwin

Cuando Azara volvió a España en 1801 tras veinte años de ausencia, pasó primero por París, donde su hermano José Nicolás era embajador. Allí publicó sus obras en francés, lo que les dio difusión internacional. Sus libros llegaron a manos de los naturalistas más importantes de Europa.

Décadas después, un joven Charles Darwin embarcó en el Beagle llevando consigo las obras de Azara. Darwin tenía un altísimo concepto de él — a pesar de que Azara no era un naturalista profesional — y lo citó repetidamente en sus propios libros, siempre con respeto. Lo citó en obras sobre meteorología, insectos, aves y arqueología del Río de la Plata.

Se ha debatido si Azara fue un “precursor de Darwin.” Sus biógrafos actuales prefieren no exagerar esa conexión: Azara no formuló una teoría de la evolución. Pero lo que sí hizo fue proporcionar a Darwin una base empírica sólida, observaciones de campo rigurosas y descripciones de especies que el inglés usó como material de trabajo. Darwin construyó sobre los cimientos que Azara había puesto.

Alexander von Humboldt también destacó la obra de Azara, citándola como referencia para sus propios trabajos sobre América del Sur.

El final

Azara regresó a su Barbuñales natal en 1801 y pasó las dos últimas décadas de su vida ordenando sus papeles, escribiendo y colaborando con la Real Sociedad Aragonesa de Amigos del País, que él mismo había ayudado a fundar años antes. Escribió sobre agricultura, ganadería y desarrollo rural — siempre preocupado por el retraso de la España interior.

Murió de pulmonía el 20 de octubre de 1821, a los 79 años, en el mismo pueblo donde había nacido. Fue enterrado en la cripta familiar de Barbuñales. Había sobrevivido a veinte años en la selva paraguaya, a ataques de indígenas hostiles, a serpientes venenosas, a enfermedades tropicales y al desastre de Argel. Murió en su cama, en Huesca, de un catarro mal curado.

Varias de sus obras se publicaron póstumamente, editadas por su sobrino Agustín: la Descripción e historia del Paraguay y del Río de la Plata no se publicó hasta 1847, veintiséis años después de su muerte.

Por qué no lo conoces

Darwin se llevó la gloria. La historia de la ciencia tiene un sesgo inevitable hacia quien formula la teoría, no hacia quien recopila los datos. Azara proporcionó las observaciones; Darwin construyó la teoría. El mundo recuerda a Darwin.

No era científico “de verdad.” Azara fue autodidacta. No tenía formación en historia natural. No pertenecía a ninguna academia científica cuando hizo su trabajo de campo. Eso le restó crédito en su época y se lo sigue restando ahora. Sin embargo, su rigor empírico era superior al de muchos naturalistas “oficiales” que describían animales desde sus gabinetes sin haberlos visto nunca.

Fue español. La historia de las ciencias naturales del siglo XVIII está dominada por figuras francesas, británicas y alemanas: Buffon, Linneo, Humboldt, Darwin. Azara, que corrigió a Buffon, inspiró a Darwin e impresionó a Humboldt, queda como una nota a pie de página en una historia escrita por otros.

Paraguay no es París. Azara trabajó en uno de los rincones más aislados del mundo, lejos de las academias, las imprentas y los salones donde se hacía la ciencia oficial. Si hubiera trabajado desde un museo de Londres o un jardín botánico de París, su reconocimiento habría sido incomparablemente mayor.

Era modesto. Azara se sabía ignorante y lo decía abiertamente. Empezó sus estudios creyendo que otros ya habrían descrito lo que él estaba viendo. Cuando descubrió que no era así, siguió adelante con la misma humildad. No era un hombre de autopromoción.

Para cerrar: el hombre que no tenía nada mejor que hacer

Imagina la escena. Es 1781. Un ingeniero militar aragonés de 35 años llega a Asunción del Paraguay para fijar una frontera con los portugueses. Los portugueses no aparecen. No hay órdenes para volver. No hay nada que hacer.

La mayoría de los hombres se habrían dedicado a beber, jugar a las cartas y esperar. Azara cogió un cuaderno, un lápiz, la única enciclopedia de animales que había en toda la ciudad — y estaba llena de errores — y se fue a la selva.

Veinte años después, volvió a España con la descripción de 448 aves, 78 mamíferos, los primeros mapas modernos de Paraguay, una etnografía de los pueblos del Chaco y una obra que Charles Darwin llevaría en su barco como referencia imprescindible.

Todo porque los portugueses nunca llegaron. Todo porque un aragonés no soportaba estar sin hacer nada útil.

Hay hazañas que se hacen con espadas y cañones. Y hay hazañas que se hacen con un cuaderno y una paciencia infinita. Félix de Azara hizo la segunda. Y el mundo de la ciencia le debe más de lo que sabe.

Fuentes principales: Félix de Azara, Viajes por la América Meridional (1809); Apuntamientos para la Historia Natural de los Pájaros del Paraguay (1802-1805); Bartolomé Mitre, correspondencia; Jorge Alvar, Félix de Azara (Real Academia Nacional de Medicina de España); Charles Darwin, referencias cruzadas.

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