Españoles prodigiosos
Retrato imaginado de Ramón de Castro
Recreación con inteligencia artificial

Capítulo 17

Ramón de Castro

El veterano de Pensacola que salvó Puerto Rico

En abril de 1797, una flota inglesa de 60 navíos y casi 7.000 soldados apareció frente a las costas de Puerto Rico con la intención de arrebatarle a España una de sus plazas más valiosas del Caribe. Al mando de la defensa había un hombre que llevaba décadas preparándose para ese momento: Ramón de Castro, un militar curtido en las campañas de Bernardo de Gálvez, que había luchado en Mobile y Pensacola, que había combatido contra indios lipanes en las Provincias Internas de Nueva España, y que llevaba años fortificando Puerto Rico con la certeza de que los ingleses vendrían. Tenía poco más de mil hombres. Les bastaron. El 17 de abril de 1797, los británicos sufrieron otra humillante derrota contra un puñado de españoles en el Caribe. Otra más que la historia anglosajona se apresuró a olvidar.

El mundo en 1797

A finales del siglo XVIII, España estaba enredada en las guerras revolucionarias que siguieron a la Revolución Francesa. Las alianzas cambiaban con cada estación: España pasó de luchar contra Francia a aliarse con ella contra Gran Bretaña. El resultado fue que el eterno enemigo inglés volvió a poner sus ojos en el Caribe español.

Puerto Rico era, junto con Cuba, la joya que los británicos más codiciaban. Era una posición estratégica que controlaba el acceso al Caribe oriental, un puerto comercial vital y una base desde la que España protegía sus rutas hacia el continente. Los ingleses ya lo habían intentado antes — Drake fracasó en 1595, el conde de Cumberland la tomó brevemente en 1598 — y en 1797 volvieron a intentarlo, esta vez con una fuerza que consideraban aplastante.

Al mando del ataque venían dos nombres temibles: el general Ralph Abercrombie, veterano de múltiples campañas, y el almirante Henry Harvey. Sesenta navíos de guerra y transporte, casi 7.000 soldados regulares. Era una operación diseñada para no dejar margen de duda.

Pero enfrente estaba Ramón de Castro, un militar que había aprendido a defender plazas contra fuerzas superiores de la mano del mejor maestro posible: Bernardo de Gálvez.

El hombre antes de la hazaña

Ramón de Castro y Gutiérrez nació en 1752 en Burgos, en el seno de una familia de la nobleza castellana — su padre era el marqués de Lorca. Ingresó en el ejército muy joven, en las milicias de Burgos, y fue destinado al Regimiento de Infantería del Príncipe.

Su vida cambió cuando cruzó el Atlántico y se incorporó a la guarnición de Santo Domingo. Desde allí, cuando España entró en la Guerra de Independencia de Estados Unidos, fue asignado como ayudante de campo en las campañas de Bernardo de Gálvez — el mismo Gálvez cuyo capítulo ya has leído en este libro.

Castro participó en la expedición a Mobile en 1780 y en la toma de Pensacola en 1781 — la gran hazaña de Gálvez. Durante el asedio de Pensacola, Castro tuvo a su cargo la defensa del Fuerte Willage, donde demostró sus capacidades de mando bajo fuego. Por su actuación fue nombrado Caballero de la Orden de Santiago.

Después de la guerra, participó en la formación del batallón de voluntarios que Gálvez preparó en Guarico para la proyectada toma de Jamaica. Fue ascendiendo: capitán, sargento mayor, y finalmente comandante. Había aprendido el oficio en la mejor escuela posible — las campañas del Golfo de México bajo el mando del mejor general español de su generación.

Las Provincias Internas

En junio de 1790, Castro fue nombrado comandante general de las Provincias Internas de Oriente del virreinato de Nueva España — un territorio de frontera en permanente estado de guerra contra los pueblos indígenas del norte. Allí combatió contra los lipanes, y en mayo de 1791 sufrió un enfrentamiento tan violento que estuvo a punto de costarle la vida, con heridas graves.

Era tierra dura, de guerra de desgaste y emboscadas, sin la gloria de las grandes batallas navales. Castro la sobrevivió y demostró que era un militar capaz tanto en la guerra convencional como en la frontera salvaje.

Gobernador de Puerto Rico

En 1793 fue nombrado gobernador e intendente de Puerto Rico, aunque no tomó posesión efectiva hasta 1795. Y aquí es donde Ramón de Castro mostró que era algo más que un buen soldado: era un estratega previsor.

Sabiendo que la guerra con Inglaterra era cuestión de tiempo, dedicó años enteros a preparar la defensa de la isla. Reforzó las fortificaciones de San Juan, mejoró las baterías costeras, organizó y entrenó a las milicias locales, y diseñó un plan defensivo detallado para cada posible escenario de ataque. Cuando los ingleses llegaron en 1797, no encontraron una plaza dormida: encontraron una fortaleza preparada para ellos.

La batalla de San Juan de Puerto Rico (1797)

La flota inglesa

El 17 de abril de 1797, la armada británica apareció frente a San Juan. La fuerza era impresionante: 60 navíos de línea y transporte bajo el almirante Harvey, con casi 7.000 soldados regulares al mando del general Abercrombie. Era una operación combinada por mar y tierra, diseñada para tomar la ciudad por asalto.

La defensa

Ramón de Castro disponía de poco más de mil hombres, incluyendo tropas regulares y milicias locales. Una inferioridad de casi siete a uno. Pero tenía algo que los ingleses no esperaban: una defensa meticulosamente preparada durante años.

Castro había estudiado cada posible punto de desembarco, cada ángulo de tiro de las baterías, cada ruta de aproximación a la ciudad. Nada se dejó al azar. Las fortificaciones habían sido reforzadas, las tropas conocían sus posiciones y sus órdenes, y el gobernador mantuvo una calma y un liderazgo que contagió a toda la guarnición.

El asalto y la derrota británica

Los ingleses intentaron un ataque combinado: bombardeo naval para ablandar las defensas mientras las tropas desembarcaban y avanzaban por tierra. Pero las baterías españolas respondieron con una precisión devastadora. Los intentos de desembarco fueron rechazados una y otra vez. Las milicias puertorriqueñas, formadas y motivadas por Castro, lucharon junto a los regulares con una determinación que sorprendió a los atacantes.

Los combates se prolongaron durante varios días. Los británicos sufrieron bajas considerables y no consiguieron establecer una cabeza de playa sólida. El plan de Abercrombie se desmoronó frente a una defensa que no cedía en ningún punto.

Finalmente, los ingleses se retiraron con grandes pérdidas. Puerto Rico seguía siendo española.

Las consecuencias

Puerto Rico permaneció española un siglo más. La derrota de 1797 fue el último intento británico serio de tomar la isla. Puerto Rico seguiría siendo española hasta 1898, cuando fueron los estadounidenses quienes la tomaron durante la guerra hispano-americana.

Demostró, una vez más, los límites del poder naval británico. Como en Cartagena de Indias con Blas de Lezo, como en el Golfo de México con Gálvez, una defensa terrestre bien organizada por un comandante competente podía derrotar a una fuerza naval muy superior. Los ingleses seguían sin aprender la lección.

La conexión con Gálvez es directa. Castro era un producto de la escuela de Gálvez. Lo que aprendió en Mobile y Pensacola — preparación meticulosa, conocimiento del terreno, liderazgo personal, capacidad de motivar a tropas inferiores en número — lo aplicó en Puerto Rico con resultados idénticos. El discípulo honró al maestro.

El final

Tras la defensa de Puerto Rico, Castro fue colmado de honores. En 1805 regresó a España y fue nombrado capitán general de Valencia, cargo que no llegó a ejercer. Fue transferido como capitán general de Galicia. Murió en Cádiz a principios de junio de 1812, con sesenta años.

Su viuda, María Teresa Tobía, solicitó que se le rindieran honores militares en la Corte. La petición fue denegada porque existía una prohibición de celebrar honores militares en Madrid. El hombre que había salvado Puerto Rico ni siquiera tuvo un funeral digno de su carrera.

Por qué no lo conoces

La sombra de Gálvez. Castro sirvió bajo Gálvez y su carrera posterior está inevitablemente eclipsada por la del malagueño. Pero si Gálvez fue el maestro, Castro fue el mejor alumno, y su defensa de Puerto Rico es comparable en proporción de fuerzas a la de Lezo en Cartagena.

Otra derrota británica silenciada. El patrón se repite: los ingleses pierden, la historiografía anglosajona lo minimiza, y España no se molesta en recordarlo. La batalla de San Juan de 1797 debería ser tan conocida como la de Cartagena de 1741.

Puerto Rico. La isla tiene una relación compleja con su pasado español. Tras pasar a manos estadounidenses en 1898, la narrativa histórica se reorientó hacia el mundo anglosajón. Castro, un gobernador español que defendió la isla contra los ingleses, no encaja cómodamente en ninguna de las narrativas dominantes — ni la española (que olvidó a sus héroes americanos) ni la estadounidense (que prefiere no recordar que Puerto Rico fue española durante cuatro siglos).

No dejó obra escrita. A diferencia de Clavijo, Catalina de Erauso o Félix de Azara, Castro no dejó memorias, crónicas ni tratados. Su legado es puramente militar y administrativo — fortificaciones, planes de defensa, victorias —, y eso se recuerda peor que un libro.

Para cerrar: el alumno

Hay una línea directa que conecta la bahía de Pensacola en 1781 con las murallas de San Juan en 1797. En Pensacola, un joven teniente llamado Ramón de Castro vio cómo Bernardo de Gálvez entraba solo en una bahía bajo fuego de cañones, arrastrando a toda una flota detrás de él por pura fuerza de voluntad. Vio cómo un ejército inferior derrotaba a uno superior gracias a la preparación, el conocimiento del terreno y el liderazgo personal.

Dieciséis años después, cuando 60 navíos ingleses aparecieron frente a Puerto Rico, Castro sabía exactamente qué hacer. No porque fuera un genio improvisador, sino porque había pasado años preparándose para ese momento. Había reforzado cada muro, entrenado cada miliciano, estudiado cada metro de costa. Cuando llegó la hora, no hubo sorpresa ni pánico. Solo un plan ejecutado con precisión.

Gálvez le enseñó que la audacia puede ganar batallas. Castro demostró que la preparación también. Ambas lecciones son igual de valiosas. Y ambos hombres merecen que se les recuerde.

Fuentes principales: Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico Español; Archivo General de Indias; documentación de la Comandancia General de las Provincias Internas de Oriente.

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