
Capítulo 16
Jorge Juan y Santacilia
Mitad Newton, mitad James Bond
Con veintiún años le mandaron a los Andes a medir la forma de la Tierra. Pasó once años en las montañas más altas del mundo, a más de 5.000 metros de altitud, con vientos huracanados y frío polar, haciendo cálculos que demostraron que Newton tenía razón: el planeta está achatado por los polos. Sus mediciones fueron las más precisas de toda la expedición — y cincuenta años después sirvieron para definir el metro como unidad de medida universal. A su regreso, el marqués de la Ensenada le envió a Inglaterra como espía industrial: debía infiltrarse en los astilleros del Támesis, robar los secretos de construcción naval británicos y traerse a los mejores ingenieros. Adoptó la identidad de “Mr. Josues”, cenó con el primer ministro inglés, y en pocas semanas consiguió lo que el embajador no había logrado en años. Con lo que trajo de Inglaterra, reconstruyó la Armada española entera. Le llamaban “el sabio español.” Fue miembro de la Royal Society de Londres, de la Academia de Ciencias de Berlín y de la de París. Y en España, casi nadie sabe quién fue.
El mundo en 1735
A principios del siglo XVIII, la comunidad científica europea tenía un debate abierto que parece absurdo pero era fundamental: ¿qué forma tiene la Tierra? Isaac Newton había deducido que era una esfera achatada por los polos. Los astrónomos franceses Cassini, Piccard y La Hire sostenían lo contrario: que estaba alargada en el sentido de los polos.
No era una discusión abstracta. De la forma exacta de la Tierra dependían la navegación, la cartografía, el comercio y la guerra. Un error de cálculo en la curvatura del planeta significaba rutas equivocadas, posiciones mal calculadas y barcos que no llegaban a su destino.
La Academia de Ciencias de París decidió zanjar la cuestión enviando dos expediciones simultáneas: una a Laponia, cerca del Polo Norte, dirigida por Maupertuis, para medir un grado de meridiano en latitudes altas; y otra al virreinato del Perú, cerca del Ecuador, dirigida por Louis Godin, para medir el mismo grado en latitudes ecuatoriales. Comparando ambas mediciones se sabría quién tenía razón.
Felipe V de España autorizó la expedición a sus territorios americanos, pero con una condición: que dos marinos españoles participaran junto a los franceses y realizaran sus propios cálculos. Los elegidos fueron dos guardias marinas que no tenían ni graduación militar: Jorge Juan, de veintiún años, y Antonio de Ulloa, de diecinueve. Tuvieron que ascenderlos a tenientes de navío sobre la marcha para que pudieran participar con rango suficiente.
El hombre
Jorge Juan y Santacilia nació el 5 de enero de 1713 en Novelda, Alicante, en una finca familiar. Su padre, Bernardo Juan Canicia, era de la pequeña nobleza alicantina. Su madre, Violante Santacilia, era de Elche. Jorge fue criado por su tío Cipriano Juan, caballero de la Orden de Malta, lo que le marcó: el propio Jorge ingresó brevemente en la Orden de Malta antes de reorientar su vida hacia el mar.
En 1730, con dieciséis años, ingresó en la Real Compañía de Guardias Marinas de Cádiz, donde recibió una formación científica de primer nivel: geometría, trigonometría, astronomía, navegación, hidrografía, cartografía. Sus compañeros le apodaron “Euclides” por sus conocimientos matemáticos. Participó en campañas contra piratas berberiscos y en la expedición que llevó al infante Carlos a ocupar el trono de Nápoles — el futuro Carlos III.
Con veintiún años, fue seleccionado para la expedición que cambiaría su vida y la historia de la ciencia.
Midiendo la Tierra (1735-1746)
La expedición
Jorge Juan y Antonio de Ulloa partieron de Cádiz el 26 de mayo de 1735. Se reunieron con los científicos franceses — Godin, Bouguer y La Condamine — en Cartagena de Indias y desde allí viajaron a Quito, base de operaciones para las mediciones.
Lo que siguió fue una de las empresas científicas más duras y largas de la historia. Once años en los Andes. Once años montando triangulaciones geodésicas en las cumbres andinas, a altitudes donde el aire es tan fino que cuesta respirar, con vientos que derribaban los instrumentos, frío extremo, niebla permanente y una topografía que convertía cada medición en una expedición de montañismo.
Jorge Juan fue el matemático de la operación. Ulloa, el naturalista. Entre los dos realizaron cálculos, observaciones astronómicas y mediciones que confirmaron lo que Newton había predicho: la Tierra está achatada por los polos.
El valor que Jorge Juan estableció para el grado de meridiano contiguo al Ecuador fue el más preciso de todos los calculados durante la expedición — más preciso que los de los propios franceses. Cincuenta años después, esas mediciones servirían de base para definir el metro como la diezmillonésima parte del arco de meridiano que va del polo al ecuador. Cada vez que usamos un metro para medir algo, estamos usando el trabajo de Jorge Juan.
La publicación
A su regreso a España, Jorge Juan y Ulloa publicaron las Observaciones Astronómicas y Físicas (1748), una obra que les consagró internacionalmente. La edición española salió antes que la francesa de La Condamine — un detalle que raramente se menciona. La repercusión fue enorme: Jorge Juan fue nombrado miembro de la Royal Society de Londres y de la Academia de Ciencias de Berlín, propuesto nada menos que por Maupertuis, el director de la expedición rival a Laponia.
El espía: misión en Inglaterra (1748-1750)
El encargo
A su regreso de América, Jorge Juan conoció al marqués de la Ensenada, el ministro más reformista y ambicioso del siglo XVIII español. Ensenada tenía un plan: modernizar la Armada española, que estaba quedándose atrás frente a la británica. Para ello necesitaba conocer los secretos de construcción naval ingleses — los mejores del mundo.
En 1748, Ensenada envió a Jorge Juan a Inglaterra en misión secreta. Su objetivo era triple: informar sobre los avances británicos en construcción naval; comprar instrumentos y tecnología; y reclutar a los mejores constructores navales ingleses para que se trasladaran a España.
Mr. Josues
Jorge Juan adoptó la identidad falsa de “Mr. Josues” y se infiltró en los astilleros del Támesis. Lo que consiguió en pocas semanas fue asombroso: accedió a los diseños más avanzados de la marina británica, compró instrumentos de precisión, y convenció a varios de los mejores constructores navales de Inglaterra para que se fueran a España — entre ellos William Rooth, Mateo Mullan y Eduardo Bryant.
Llegó a cenar con el primer ministro Henry Pelham sin que nadie sospechara su verdadera identidad. Redactó informes detallados sobre los sistemas de construcción, armamento y organización naval inglesa.
Fue, en términos modernos, una operación de espionaje industrial ejecutada con una eficacia que dejaría en ridículo a cualquier servicio de inteligencia actual.
Las consecuencias
A su regreso, Ensenada le nombró director de todos los arsenales y de toda la construcción naval española. Con los conocimientos traídos de Inglaterra, Jorge Juan acometió una renovación total de los astilleros de Cartagena, Cádiz y Ferrol. Diseñó nuevos barcos, mejoró los diques, modernizó los métodos de construcción.
El resultado fue tan espectacular que esta vez fueron los ingleses los que enviaron espías a España para averiguar qué estaba haciendo Jorge Juan. El cazador cazado.
El reformador
La lista de lo que Jorge Juan hizo por España es interminable:
Fue nombrado director de la Academia de Guardias Marinas de Cádiz, donde modernizó los planes de estudio e introdujo el cálculo diferencial e integral — las matemáticas más avanzadas de la época.
Fundó el Observatorio Astronómico de Cádiz y posteriormente el Real Observatorio de Madrid.
Creó una Asamblea Literaria que pretendía ser el germen de una futura Academia de Ciencias española — que España no tendría hasta décadas después.
Estudió las minas de mercurio de Almadén, diseñó sistemas de ventilación para las galerías, inspeccionó la fábrica de cañones de La Cavada en Santander, proyectó canales de riego, mejoró la fabricación de monedas, redactó instrucciones para el levantamiento del mapa de España…
Era, literalmente, el hombre al que España recurría cuando había que resolver un problema técnico o científico de cualquier naturaleza. Un polímata del siglo XVIII que dominaba la astronomía, la geodesia, la ingeniería naval, la hidráulica, la minería, la cartografía y la diplomacia.
El final
Jorge Juan murió en Madrid el 21 de junio de 1773, a los 60 años, víctima de un ataque de apoplejía. Murió, como dijo un contemporáneo, “con las botas puestas” — trabajando hasta el final.
Su secretario Miguel Sanz escribió una Breve noticia de la vida del Excmo. Sr. D. Jorge Juan que es la principal fuente biográfica sobre sus últimos años.
Por qué no lo conoces
La ciencia española es un oxímoron para el mundo. Cuando se habla de la revolución científica del siglo XVIII, se habla de Newton, de Maupertuis, de La Condamine, de Celsius. Que un español fuera miembro de la Royal Society, de la Academia de Berlín y realizara las mediciones más precisas de la expedición geodésica no encaja en la narrativa de una España atrasada y oscurantista.
“El sabio español” suena a broma. Así le llamaban en Europa, sin ironía. Pero en España, donde la ciencia nunca ha tenido el prestigio cultural que tiene en otros países, el apodo no caló. Jorge Juan no es un héroe popular porque España no tiene una tradición de venerar a sus científicos.
El espionaje no se publicita. La misión en Inglaterra fue secreta, y los resultados fueron técnicos — nuevos barcos, nuevos arsenales, nuevos métodos. No tiene la espectacularidad de una batalla naval. Pero sin lo que Jorge Juan trajo de Inglaterra, la Armada española del siglo XVIII habría sido muy diferente.
Le falta una película. Un científico que mide la Tierra en los Andes, luego se infiltra como espía en los astilleros enemigos, cena con el primer ministro británico bajo identidad falsa, y regresa a reconstruir la Armada entera. Eso no es una biografía: es un guión. Y nadie lo ha rodado.
Para cerrar: Euclides y Mr. Josues
Hay dos imágenes de Jorge Juan que lo definen.
La primera: un joven de veintiún años en la cima de una montaña andina a 5.000 metros de altura, con el viento golpeándole la cara, mirando a través de un teodolito hacia un punto situado a kilómetros de distancia en otra cumbre. Está midiendo la forma de la Tierra. Sus compañeros le llaman “Euclides.” Es 1736 y tiene toda la vida por delante.
La segunda: un hombre de treinta y cinco años, con una identidad falsa y un acento español que disimula como puede, sentado a la mesa del primer ministro de Inglaterra, memorizando cada detalle del astillero que ha visitado esa mañana. Se hace llamar “Mr. Josues.” Los ingleses le creen un comerciante más. En realidad está robándoles los secretos de su supremacía naval.
Euclides y Mr. Josues. El científico y el espía. El hombre que midió el mundo y el que robó la tecnología para defenderse en él. Todo en la misma persona. Un alicantino al que el mundo llamó “el sabio español” y al que España olvidó.
Fuentes principales: Observaciones Astronómicas y Físicas (Jorge Juan y Antonio de Ulloa, 1748); Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, portal Jorge Juan Santacilia; Antonio Lafuente y Antonio Mazuecos, Los caballeros del punto fijo (1987); Miguel Sanz, Breve noticia de la vida del Excmo. Sr. D. Jorge Juan.