
Capítulo 15
Bernardo de Gálvez
El español que hizo posible Estados Unidos
Un hijo de jornaleros de un pueblo perdido de la serranía malagueña luchó contra los apaches en la frontera de México, sobrevivió a un desastroso asalto en Argel, gobernó la Luisiana española con treinta años, armó y financió a los rebeldes americanos a espaldas de los ingleses, conquistó todo el Golfo de México con un ejército improvisado “de todas especies, naciones y colores”, y fue decisivo para que las Trece Colonias ganaran su independencia. Cuando la flota española se negó a entrar en la bahía de Pensacola bajo fuego enemigo, él entró solo con su bergantín. Solo. Su lema lo dice todo: “Yo solo”. Estados Unidos tardó 231 años en darle las gracias.
El mundo en 1776
A mediados del siglo XVIII, el tablero geopolítico global era un juego entre tres potencias: España, Francia e Inglaterra. La Guerra de los Siete Años (1756-1763) había sido un desastre para los Borbones: España perdió la Florida y Francia cedió Luisiana a España como compensación, un territorio enorme, salvaje y casi sin colonizar.
Inglaterra salió fortalecida, pero cometió un error clásico de los imperios: apretar demasiado la tuerca fiscal a sus colonias americanas. En 1775 estalló la rebelión en las Trece Colonias. Para Carlos III de España, aquello era una oportunidad irrepetible: debilitar al eterno enemigo británico sin arriesgar un enfrentamiento directo. La estrategia era simple y cínica — ayudar a los rebeldes en secreto, dejarles desangrar a los ingleses, y de paso recuperar la Florida.
Antes de que España declarase formalmente la guerra a Gran Bretaña en junio de 1779, ya había enviado como ayuda encubierta a los insurrectos más de doscientos cañones, cuatro mil tiendas de campaña y treinta mil uniformes, además de millones de dólares en metálico. El total de la ayuda española ha sido estimado en más de cuarenta millones de reales. España envió once mil soldados para luchar contra Inglaterra en apoyo de los americanos — más tropas que las enviadas por Francia, el aliado “oficial” que se lleva todo el mérito.
El hombre clave en todo esto fue un malagueño de treinta años llamado Bernardo de Gálvez.
El hombre antes de la hazaña
Bernardo Vicente de Gálvez y Madrid nació el 23 de julio de 1746 en Macharaviaya, un pueblo diminuto de la montaña malagueña. Su familia era humilde — jornaleros sin título ni fortuna. Pero las reformas borbónicas del siglo XVIII habían empezado a abrir grietas en la rígida sociedad estamental, y hombres brillantes de orígenes modestos podían ascender a base de talento y determinación.
Bernardo era uno de esos hombres. Y tuvo además una ventaja que no se puede subestimar: su tío José de Gálvez, que llegaría a ser ministro de Indias, uno de los cargos más poderosos del Imperio. La familia Gálvez de Macharaviaya acabó ocupando puestos clave en toda la América española. El padre de Bernardo, Matías, sería virrey de Nueva España. Bernardo le sucedería en el cargo. Una familia de pueblo malagueño gobernando medio mundo.
Su formación fue militar desde el principio. Estudió en la Academia Militar de Ávila y con solo dieciséis años participó en la invasión española de Portugal en 1762. Después cruzó el Atlántico y llegó a Nueva España, donde combatió contra los apaches en la frontera norte — Sonora y Nueva Vizcaya —, un territorio brutal donde aprendió guerra de guerrillas, tácticas de supervivencia y el valor de las alianzas con pueblos indígenas, como los ópatas, que lucharon junto a él. Recibió múltiples heridas graves.
Volvió a España, pasó tres años en Francia integrado en los Cantabria, un regimiento de élite franco-español donde aprendió francés — algo que le sería crucial más adelante —, y participó en la desastrosa expedición de O’Reilly contra Argel en 1775, donde volvió a ser herido durante el asalto a la fortaleza. Fue profesor en la academia militar de Ávila y ascendido a teniente coronel y luego coronel.
A los trece años y medio de servicio, con treinta años, heridas de guerra por tres continentes y hablando español, francés y algo de las lenguas indígenas del norte de México, Bernardo de Gálvez fue nombrado gobernador de Luisiana. Llegaba al puesto exacto, en el momento exacto, para cambiar la historia.
Gobernador de Luisiana: preparando el tablero
Luisiana era un territorio peculiar. Cedida por Francia a España en 1762, apenas hacía trece años que era española cuando Gálvez llegó en enero de 1777. La población era mayoritariamente criolla francesa, orgullosa y recelosa del dominio español. Había colonos alemanes, acadianos (los futuros cajún), indígenas de varias naciones, esclavos africanos y una pequeña minoría de funcionarios españoles.
Gálvez hizo algo inteligente: se casó con Félicité de Saint-Maxent, hija de un rico criollo francés. Con ese matrimonio se ganó a la élite local de un plumazo. Promovió el comercio libre con Cuba y Yucatán, fomentó la colonización con emigrantes canarios, acadianos y malagueños, y aplicó una política abiertamente anti-británica: cortó el contrabando inglés y mantuvo abierto el río Mississippi para que los suministros llegasen al ejército de George Washington.
Nueva Orleans se convirtió en un centro logístico encubierto de la revolución americana. Por el Mississippi bajaban armas, pólvora, medicamentos, uniformes y dinero hacia los rebeldes. Gálvez coordinaba todo esto con Oliver Pollock, un comerciante irlandés que actuaba como enlace con el Congreso de Filadelfia. Todo a espaldas de los ingleses, que tenían fuertes a lo largo del río y la frontera de la Florida occidental justo al lado.
Mientras tanto, Gálvez estudiaba el terreno, reconocía las posiciones británicas, identificaba aliados entre los indígenas — especialmente los choctaw — y reclutaba hombres para lo que sabía que vendría.
La campaña del Golfo de México (1779-1781)
Campaña del Mississippi (1779)
El 17 de julio de 1779 llegó a La Habana la noticia de que España había declarado la guerra a Gran Bretaña. Gálvez llevaba meses preparándose.
El 27 de agosto partió de Nueva Orleans con 667 hombres — y esa cifra lo dice todo sobre lo que tenía enfrente. Describió a sus tropas con una frase genial: “de todas especies, naciones y colores”. Eran soldados regulares españoles, milicianos criollos franceses, colonos alemanes, voluntarios acadianos, libertos negros, esclavos que luchaban por su libertad y guerreros choctaw. Un ejército improvisado, multicultural y con una motivación feroz.
En una campaña relámpago que nadie esperaba, Gálvez barrió todas las posiciones británicas del bajo Mississippi. Tomó el fuerte de Manchac, conquistó Baton Rouge y Natchez. Los ingleses no sabían qué les había golpeado. En pocas semanas, todo el curso bajo del Mississippi era español.
Batalla de Mobile (1780)
Con el Mississippi asegurado, Gálvez miró al este. Su siguiente objetivo era Mobile, en la actual Alabama. Reunió refuerzos, pero las condiciones fueron brutales: varias embarcaciones encallaron o naufragaron durante la travesía. A pesar de todo, con lo que le quedó, inició un asedio de dos semanas contra el Fuerte Charlotte que terminó con la rendición británica el 14 de marzo de 1780. La costa del Golfo empezaba a caer.
Batalla de Pensacola (1781): “Yo solo”
Pensacola era la capital de la Florida occidental británica y la pieza clave de todo el plan. Sin Pensacola, los ingleses perderían su última base en el Golfo de México. Con Pensacola, los británicos podían seguir enviando suministros y refuerzos a sus tropas en los frentes del sur.
Para esta operación, Gálvez reunió una fuerza mucho mayor: tropas de La Habana, Nueva Orleans y refuerzos llegados desde España. Pero la naturaleza se empeñó en complicarlo todo: un huracán dispersó la flota, hubo que reorganizarla, y cuando finalmente llegaron frente a Pensacola en marzo de 1781, las baterías costeras inglesas abrieron fuego contra los barcos españoles.
Y aquí ocurrió el momento que define a Bernardo de Gálvez.
José Calvo de Irázabal, el comandante de la escuadra naval, se negó a entrar en la bahía bajo el fuego de las baterías. Los barcos se detuvieron fuera del alcance de los cañones. La operación estaba paralizada.
Gálvez no discutió. No suplicó. No amenazó. Subió a bordo de su bergantín, el Galveztown — un barco que le habían regalado los propios patriotas americanos —, y enfiló la entrada de la bahía él solo, bajo el fuego de los cañones británicos.
Uno solo.
El gesto fue tan audaz, tan descomunal, que el resto de la flota, avergonzada, le siguió. Entraron en la bahía y establecieron el sitio.
El asedio duró semanas. El 8 de mayo de 1781, una bomba española alcanzó el polvorín del fuerte principal, provocando una explosión devastadora que mató a más de cien defensores. Los británicos se rindieron. Pensacola era española.
Carlos III quedó tan impresionado por la hazaña del bergantín que concedió a Gálvez el derecho de incluir en su escudo de armas un cuartel con el Galveztown y el lema “Yo solo”.
Las consecuencias: por qué Gálvez cambió la historia
La caída de Pensacola tuvo un efecto dominó que decidió la guerra.
Los ingleses perdieron el Golfo de México. Sin Pensacola ni Mobile, los británicos no podían enviar suministros ni refuerzos a sus tropas en el sur de las Trece Colonias. Washington tenía las espaldas cubiertas.
Yorktown fue posible gracias a dinero español. La flota francesa del almirante De Grasse, que fue decisiva en la batalla final de Yorktown en octubre de 1781, había recibido un millón y medio de pesos en La Habana para pagar a sus tripulaciones y a las tropas francesas que combatían junto a Washington. Sin ese dinero español, la batalla que selló la independencia no habría sido posible.
España obligó a los británicos a dividir sus fuerzas. Once mil soldados españoles abrieron un segundo frente en el Golfo que los ingleses no esperaban. Mientras luchaban contra Washington en el norte y contra De Grasse en la costa atlántica, además tenían que enfrentarse a Gálvez en el sur. Demasiados frentes para un solo imperio.
España recuperó la Florida. En el Tratado de París de 1783, que puso fin a la guerra, España recuperó la Florida y Menorca. Gálvez participó en la redacción del tratado.
El conde de Aranda, consejero de Carlos III, escribió una predicción escalofriante tras la guerra: “Esta república federal nació pigmea y ha necesitado del apoyo de dos Estados tan poderosos como España y Francia para conseguir su independencia. Llegará un día en que crezca y se torne gigante, y aún coloso temible en aquellas regiones. Entonces olvidará los beneficios que ha recibido de las dos potencias, y sólo pensará en su engrandecimiento. El primer paso de esta potencia será apoderarse de las Floridas.”
Acertó en todo.
El final
Tras la guerra, Gálvez fue nombrado gobernador de Cuba, y en 1785 virrey de Nueva España, sucediendo a su propio padre Matías, que había muerto en el cargo. Como virrey fue enormemente popular, especialmente entre las clases humildes. Pero no disfrutó mucho tiempo del puesto: murió de tifus en Tacubaya (actual Ciudad de México) el 30 de noviembre de 1786. Tenía cuarenta años.
Cuarenta años. Había combatido contra apaches, argelinos y británicos en tres continentes. Había gobernado Luisiana, Cuba y Nueva España. Había cambiado el curso de una guerra que creó la nación más poderosa del mundo. Y murió a los cuarenta años de unas fiebres.
Por qué no lo conoces
Francia se llevó el mérito. La alianza entre Francia y las Trece Colonias fue formal y pública. España ayudó de forma encubierta durante años y solo entró oficialmente en la guerra en 1779, sin firmar nunca una alianza directa con los rebeldes (a Carlos III le preocupaba que el ejemplo independentista contagiara a sus propias colonias). Resultado: Lafayette es un héroe americano; Gálvez, un desconocido.
La historiografía anglosajona lo ignoró. España mandó más tropas que Francia, proporcionó más dinero y abrió un frente decisivo. Pero la narrativa histórica dominante, escrita en inglés, priorizó la alianza franco-americana y relegó a España a una nota a pie de página. El propio Congreso prometió en 1783 colgar un retrato de Gálvez en el Capitolio. Tardaron 231 años en hacerlo.
España, como siempre, se olvidó de los suyos. Durante más de un siglo, Gálvez fue un personaje marginal en la historia de España. Un militar malagueño que ayudó a crear un país que acabaría quitándole Cuba, Filipinas, Puerto Rico y medio continente. No es una historia que España haya tenido ganas de contar.
La ironía del legado. Galveston (Texas), Galvez (Luisiana), el Gálvez Day en Pensacola… los americanos han honrado a Gálvez más que España. En 2014, Obama le concedió la ciudadanía honoraria de Estados Unidos, un honor que solo tienen ocho personas en la historia, junto a figuras como Churchill, Lafayette y la Madre Teresa. En 2024, la US Navy anunció que bautizará una fragata como USS Gálvez. Mientras tanto, en España, pregunta en la calle quién fue Bernardo de Gálvez y te mirarán con cara de póker.
Para cerrar: “Yo solo”
Imagina la escena. Es marzo de 1781. La bahía de Pensacola está cerrada por baterías costeras británicas que escupen fuego sobre cualquier barco que intente entrar. La flota española, decenas de navíos, está detenida fuera del alcance de los cañones. El almirante se niega a avanzar. Hay miles de soldados esperando en las cubiertas sin poder desembarcar. La operación que puede decidir la guerra de independencia americana está paralizada por el miedo.
Un hombre — cojo de las heridas de tres guerras, hijo de un pueblo sin nombre de la montaña malagueña, con treinta y cuatro años — sube a su bergantín, un barquito regalado por los rebeldes americanos, y navega él solo hacia las bocas de los cañones.
Solo.
El resto de la flota, mirándole entrar en el fuego, no tiene más remedio que seguirle.
Ese es Bernardo de Gálvez. Ese es el hombre que Estados Unidos tardó 231 años en recordar. Y que España aún no ha aprendido a nombrar.
Anexo: Los Gálvez de Macharaviaya — una familia que gobernó medio mundo
La historia de Bernardo de Gálvez no se entiende sin su familia. Los Gálvez de Macharaviaya, un pueblo de jornaleros de la serranía malagueña, protagonizaron una de las ascensiones más extraordinarias de la historia del Imperio Español. En las últimas décadas del siglo XVIII, esta familia controlaba simultáneamente el Ministerio de Indias, el virreinato de Nueva España, la gobernación de Luisiana y Cuba, la Capitanía General de Guatemala y la intendencia de Yucatán. No había familia más poderosa en todo el Nuevo Mundo.
José de Gálvez y Gallardo (1720-1787) — El arquitecto del poder
José fue el cerebro detrás de todo. Hermano menor de Matías y tío de Bernardo, era el más ambicioso e inteligente de los Gálvez. Estudió Derecho, llegó a Madrid por su cuenta y escaló la administración borbónica a base de talento puro.
En 1765, Carlos III le nombró Visitador General de Nueva España, un cargo de supervisor de altísimo rango encargado de que virreyes y funcionarios cumplieran la ley. Permaneció en el puesto más de veinte años y puso en marcha una oleada de reformas para modernizar el virreinato: redujo funcionarios, modificó impuestos, reorganizó la administración y metió mano en competencias que correspondían al propio virrey.
En 1776 fue nombrado Ministro Universal de Indias — el cargo que controlaba toda la política española en América, desde la economía al ejército, desde los nombramientos hasta el comercio. Desde esa posición diseñó la estrategia global de España durante la Guerra de Independencia de Estados Unidos: fue él quien decidió que la ayuda a los rebeldes sería encubierta primero y militar después, y quien colocó a cada miembro de su familia en el puesto clave para ejecutar el plan.
José de Gálvez fue el gran estratega del conflicto. Las instrucciones detalladas que envió a su sobrino Bernardo en noviembre de 1776 — antes incluso de que España declarase la guerra — definieron toda la política española en Luisiana y el Golfo de México. Murió en 1787, un año después que su sobrino Bernardo, habiendo sido marqués de Sonora y el hombre más influyente de la América española durante más de una década.
Matías de Gálvez y Gallardo (1717-1784) — De artillero en Tenerife a virrey de Nueva España
Matías fue el hermano mayor y el padre de Bernardo. Su vida es la prueba de que los Gálvez no eran una familia de privilegiados, sino de supervivientes. Quedó huérfano a los once años y tuvo que hacerse cargo de sus hermanos pequeños.
Inició la carrera militar en Madrid y fue destinado como oficial de artillería a Tenerife, donde pasó más de veinte años. Allí compaginó sus deberes militares con la administración de la hacienda La Gorvorana, un emporio vinícola entre La Orotava y el Puerto de la Cruz. Se casó con María Josefa de Madrid, que murió cuando Bernardo tenía solo dos años. El pequeño Bernardo se crió en Tenerife, entre viñedos y cuarteles.
En 1778, con sesenta años, José le sacó de Tenerife y le envió a América como Capitán General de Guatemala, un territorio que incluía los actuales Guatemala, Honduras, Nicaragua, El Salvador, Costa Rica, Belice y parte de Panamá. Su misión: preparar la defensa del flanco sur contra los británicos.
Matías no decepcionó. Creó un ejército prácticamente de la nada y expulsó a los ingleses de toda la Costa de los Mosquitos. Mientras su hijo Bernardo machacaba a los británicos por el norte — Mississippi, Mobile, Pensacola —, Matías hacía lo mismo por el sur en Centroamérica, obligando a los ingleses a dividir sus fuerzas en un frente más. La contribución de Matías a la derrota británica fue enorme, aunque siempre ha quedado eclipsada por las hazañas más espectaculares de su hijo.
Sus victorias le valieron el ascenso a Teniente General y, en 1783, el nombramiento como virrey de Nueva España — el puesto más importante de toda la América española. Gobernó solo año y medio, pero dejó huella: fundó el Banco Nacional de San Carlos, contribuyó al establecimiento de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, reorganizó la ciudad de México en cuarteles para mejorar la seguridad, inició la construcción del castillo de Chapultepec, mejoró el alcantarillado y el empedrado de las calles, y fomentó los estudios históricos y arqueológicos. El rey apreció tanto su labor que le dispensó del juicio de residencia al que estaban obligados todos los funcionarios públicos, incluidos los virreyes — un honor rarísimo.
Murió en Ciudad de México el 3 de noviembre de 1784, a los 67 años, en el ejercicio de su cargo. Fue enterrado en la iglesia de San Fernando, junto al altar mayor. Dos años después, su hijo Bernardo sería enterrado en el mismo templo. Padre e hijo, virreyes consecutivos, juntos en la muerte como lo estuvieron en la guerra.
Los otros Gálvez
La red familiar no se limitaba a José, Matías y Bernardo:
Miguel de Gálvez y Gallardo, otro hermano, fue embajador de España en Rusia y en Prusia. Otro Gálvez de Macharaviaya representando a la Corona en las cortes europeas.
Lucas de Gálvez, sobrino de José, fue intendente de Yucatán. Murió asesinado en Mérida en 1792, en circunstancias misteriosas que nunca se aclararon del todo.
El legado
En el último cuarto del siglo XVIII, los Gálvez de Macharaviaya eran, probablemente, la familia con más poder real de todo el Imperio Español fuera de la propia familia real. Un ministro de Indias, un virrey, un gobernador de Luisiana y Cuba, un capitán general de Guatemala, un intendente de Yucatán, un embajador en Rusia… Todos salidos de un pueblo de la montaña malagueña que hoy tiene poco más de 400 habitantes.
Macharaviaya tiene una pequeña plaza dedicada a los Gálvez frente al ayuntamiento. Si algún día pasas por la Axarquía malagueña, merece una parada. Es uno de esos sitios donde la desproporción entre lo que fue y lo que es te deja pensando.
Fuentes principales: Archivo General de Indias; José Manuel Guerrero Acosta, “Bernardo de Gálvez y las operaciones del Ejército Español durante la Guerra de Independencia de los Estados Unidos”; Museo del Ejército de España; Asociación Cultural Bernardo de Gálvez (Málaga); Julián Sesmero Ruiz, “Los Gálvez de Macharaviaya” (1987).