Españoles prodigiosos
Retrato imaginado de Blas de Lezo
Recreación con inteligencia artificial

Capítulo 14

Blas de Lezo

El medio hombre que humilló al mayor imperio del mundo

Tuerto, manco y cojo. Le faltaba una pierna, un brazo y un ojo, perdidos en tres batallas distintas antes de cumplir los veinticinco años. Y cuando el mayor imperio naval del mundo envió contra él la flota más grande jamás reunida hasta el desembarco de Normandía, les destrozó. Con una inferioridad numérica de ocho a uno. En una ciudad al otro lado del Atlántico. Sin refuerzos posibles. Y el almirante enemigo ya había acuñado monedas celebrando su victoria antes de que empezara la batalla. Este es Blas de Lezo y Olavarrieta, el hombre que merece una serie de Netflix y ni siquiera tiene un colegio con su nombre en la mitad de las provincias españolas.

El mundo en 1741

A mediados del siglo XVIII, el Imperio Español seguía siendo la mayor potencia territorial del planeta, pero sus rivales olían sangre. Gran Bretaña, en plena expansión mercantilista, quería romper el monopolio comercial español en América. Ya controlaba Jamaica y varias islas del Caribe, y su siguiente objetivo era claro: Cartagena de Indias.

Cartagena no era una ciudad cualquiera. Era “la llave de las Indias”, el puerto por el que pasaba la mayor parte del tráfico comercial entre España y América, incluida la plata de Potosí y el Perú. Quien controlara Cartagena, controlaba el Caribe y, con él, el flujo de riqueza que sostenía al Imperio.

La excusa para la guerra llegó de la forma más absurda imaginable. En 1731, un guardacostas español capturó al capitán británico Robert Jenkins por contrabando. El capitán del navío español, Juan León Fandiño, le requisó la mercancía y le cortó una oreja. Siete años después, en 1738, Jenkins se presentó ante el Parlamento británico supuestamente con su oreja en un tarro, desatando una oleada de indignación patriótica que obligó al rey Jorge II a declarar la guerra. Los ingleses la bautizaron, con sorna, como la Guerra de la Oreja de Jenkins; en España se la conoce como la Guerra del Asiento, por el privilegio comercial que estaba en juego.

El primer golpe fue para los ingleses. El almirante Edward Vernon tomó Portobelo en noviembre de 1739 con apenas seis navíos, una victoria fácil sobre una guarnición desprevenida que inflamó el orgullo británico. Vernon fue aclamado como un héroe nacional. Azuzado por la opinión pública y por las proclamas incendiarias de un joven parlamentario llamado William Pitt —el futuro artífice del Imperio Británico—, Vernon recibió luz verde para dar el golpe definitivo: tomar Cartagena de Indias.

Quién era Blas de Lezo

Blas de Lezo y Olavarrieta nació el 3 de febrero de 1689 en Pasajes de San Pedro, un pueblo pesquero del litoral guipuzcoano, profundamente ligado al mar y a la tradición naval. Era el tercero de ocho hermanos, muchos de los cuales no sobrevivieron a la infancia. Su familia pertenecía a la pequeña nobleza vasca con tradición marinera.

Se formó en Francia y se incorporó a la Armada franco-española en 1701, con apenas doce años, como guardiamarina, en plena Guerra de Sucesión Española. Y a partir de ahí, su biografía se lee como un catálogo de heridas que habrían retirado a cualquier otro hombre de por vida.

1704. Batalla de Vélez-Málaga. Con quince años, combatiendo en la flota franco-española del conde de Toulouse contra la escuadra anglo-holandesa del almirante Rooke. Una bala de cañón le destrozó la pierna izquierda, que hubo que amputarle en el acto, sin anestesia, a bordo del barco. Tenía quince años.

1707. Defensa de Tolón. Los ingleses sitiaron la ciudad. Lezo participó en la defensa y una esquirla le reventó el ojo izquierdo. Se negó a llevar parche: exhibía sus heridas como medallas.

1713-1714. Sitio de Barcelona. Último y más encarnizado episodio de la Guerra de Sucesión. Lezo sacrificó parte de su escuadra incendiando varios barcos propios para crear una cortina de humo que le permitiera maniobrar. Un balazo le dejó inutilizado el brazo derecho.

A los veinticinco años, Blas de Lezo era cojo, tuerto y manco. Cualquier otro se habría retirado con honores. Él siguió. Fue ascendido a capitán de navío antes de los treinta. Combatió a piratas berberiscos en el Mediterráneo. Participó en la reconquista de Orán. Persiguió corsarios en las Antillas. Escoltó galeones por el Atlántico. Limpió de piratas las costas de Perú.

Solía decir que la falta de una pierna no implica la falta de un corazón valiente. Recordaba al almirante holandés Cornelis Jol, apodado “Pata de Palo”, como ejemplo de que un marino mutilado podía lograr grandes empresas. Lezo no se consideraba un inválido: se consideraba un veterano que llevaba su historial de combate escrito en la carne.

Felipe V, que era buen juez de hombres cuando quería, lo nombró comandante del apostadero de Cartagena de Indias en 1737. Era el puesto más importante de la Armada en América. Y pronto se demostraría por qué lo eligió.

La batalla: el sitio de Cartagena de Indias (1741)

Las fuerzas en juego

Lo que los británicos reunieron para tomar Cartagena fue, sencillamente, la mayor fuerza naval que el mundo había visto hasta ese momento. Solo la armada del Día D en 1944 la superaría.

Fuerzas británicas: 186 buques de guerra y transporte, 2.000 cañones, 10.000 soldados, 12.600 marineros, 4.000 reclutas de Virginia (entre ellos el medio hermano de George Washington, Lawrence Washington, que quedaría tan impresionado por Vernon que bautizaría su plantación como “Mount Vernon”) y 1.000 esclavos jamaicanos como zapadores. En total, más de 27.000 hombres al mando del almirante Edward Vernon.

Fuerzas españolas: 6 navíos de línea, unos 3.000 combatientes entre tropas regulares, milicianos, 500 civiles armados y 500 indios flecheros. Al mando, Blas de Lezo como jefe naval y el virrey Sebastián de Eslava como autoridad política. Dos hombres competentes que se odiaban mutuamente y se pelearon por el mando desde el primer día. La superioridad británica era de ocho a uno.

Bocachica: el primer asalto

La bahía de Cartagena tenía dos entradas: Bocagrande, cerrada con cadenas por los españoles, y Bocachica, defendida por los fuertes de San José y San Luis. Vernon se lanzó contra Bocachica el 13 de marzo de 1741.

El cañoneo fue brutal. Durante dieciséis días, la artillería británica machacó los fuertes sin descanso. El fuerte de San Luis, defendido por Carlos Desnaux con 500 hombres, resistió hasta que fue insostenible. Lezo ordenó hundir cuatro de sus propios barcos en el canal para bloquear el acceso. No sirvió de mucho, como él mismo había predicho.

Vernon forzó la entrada a la bahía. Desde su perspectiva, la batalla estaba prácticamente ganada. Tan seguro estaba de su victoria que despachó un correo a Londres anunciando la caída de Cartagena. En Inglaterra se desataron las celebraciones. El rey Jorge II ordenó acuñar medallas conmemorativas. En una de ellas aparecía Lezo arrodillado ante Vernon, entregándole su espada. Lezo, el hombre que jamás se arrodilló ante nadie.

San Felipe de Barajas: la trampa

Los defensores se replegaron al castillo de San Felipe de Barajas, la fortaleza principal que dominaba la ciudad. Aquí es donde Lezo demostró por qué era un genio militar.

Vernon, envalentonado, decidió asaltar San Felipe en la madrugada del 20 de abril. Organizó tres columnas de 1.200 hombres cada una, con granaderos, casacas rojas y esclavos jamaicanos armados con machetes en vanguardia.

Pero antes del asalto, unos supuestos desertores españoles se presentaron ante los británicos con información: la fortaleza estaba medio derruida, los defensores desmoralizados, apenas tenían armas de fuego. Los británicos se lo creyeron y marcharon contra San Felipe con un solo fusil por cada cinco hombres y sin explosivos, convencidos de que sería un paseo.

Era una trampa.

Lezo había ordenado cavar un foso profundo alrededor de toda la muralla. Cuando los británicos llegaron con sus escalas y las apoyaron contra el muro, descubrieron que se quedaban cortas: el foso añadía metros que nadie les había advertido. Se quedaron atrapados en campo abierto, amontonados al pie de una muralla que no podían escalar, bajo un fuego cruzado demoledor desde arriba.

Fue una carnicería. A la mañana siguiente, Lezo ordenó una carga a bayoneta que barrió a los supervivientes. La explanada alrededor de San Felipe quedó cubierta de cadáveres, mutilados y heridos británicos.

La retirada

Vernon se negó a aceptar la derrota. Durante treinta días más mantuvo un cañoneo errático contra las posiciones españolas, pero ya no tenía capacidad ofensiva. Sus tropas estaban diezmadas, enfermas de fiebres tropicales, sin provisiones. El 8 de mayo comenzó la retirada, que se completó el 20 de mayo de 1741.

El balance de la derrota británica fue catastrófico: 3.500 muertos en combate, 2.500 muertos por enfermedades, 7.500 heridos, 50 barcos perdidos y 1.500 cañones capturados o destruidos por los españoles. Fue la mayor derrota de la Royal Navy en toda su historia.

Los británicos se apresuraron a recoger las monedas conmemorativas de su victoria inexistente.

Las consecuencias

La victoria de Cartagena de Indias tuvo consecuencias enormes y duraderas que rara vez se explican.

Salvó el Imperio Español en América. Si Cartagena hubiera caído, los británicos habrían tenido una base desde la que lanzar operaciones contra todo el virreinato de Nueva Granada y, desde ahí, contra el Perú. El plan británico era estratégico, no táctico: querían desmantelar el imperio español por fases, empezando por el Caribe. Lezo lo frenó en seco.

Cambió el equilibrio de poder en Europa. Cuando la noticia de la derrota llegó a Europa a finales de junio de 1741, las repercusiones fueron inmediatas. Jorge II, humillado, retiró las garantías británicas de apoyo armado a Austria en la disputa por Silesia con Prusia. Esto animó a Francia y España a mover ficha contra una Austria ahora aislada, desencadenando la Guerra de Sucesión Austriaca.

Demostró los límites del poder naval británico. Pese a su abrumadora superioridad, los británicos no pudieron tomar una ciudad bien defendida por un puñado de hombres con un comandante competente. Fue una lección que no olvidarían.

Y Blas de Lezo, ¿qué pasó con él? No vivió para disfrutar su victoria. Cayó enfermo de tifus —la misma enfermedad que había diezmado a los británicos— y murió el 7 de septiembre de 1741, apenas cuatro meses después de la batalla. Tenía 52 años. No se sabe con certeza dónde está enterrado. El hombre que salvó un imperio no tiene tumba conocida.

Para colmo, el virrey Eslava se atribuyó buena parte del mérito de la defensa y Lezo murió sin el reconocimiento que merecía por parte de la Corona.

Por qué no lo conoces

Blas de Lezo debería ser, junto con personajes como Nelson o Drake, uno de los nombres más conocidos de la historia naval mundial. Pero no lo es. Y las razones son reveladoras.

El silencio británico. Se ha afirmado tradicionalmente que Jorge II prohibió cualquier escrito sobre el desastre de Cartagena. Aunque investigaciones recientes han demostrado que esto no es del todo cierto, lo que sí es indudable es que la historiografía británica minimizó sistemáticamente la derrota durante siglos. La narrativa anglosajona convirtió a Vernon en un héroe por la toma de Portobelo y enterró discretamente lo de Cartagena. Cuando controlas la narrativa histórica global, puedes elegir qué batallas existieron y cuáles no.

El conflicto con Eslava. La enemistad entre Lezo y el virrey perjudicó la memoria del marino. Eslava, que sobrevivió y tenía acceso al poder político, se encargó de que su versión de los hechos fuera la oficial. Lezo, muerto y sin aliados en la Corte, no pudo defenderse.

El desinterés español. España ha sido históricamente desastrosa recordando a sus propios héroes. Lezo no recibió un monumento en España hasta 2014, casi 300 años después de su muerte, cuando se inauguró una estatua en la Plaza de Colón de Madrid. En Colombia, donde tiene una estatua frente al Castillo de San Felipe de Barajas, una plaza y una avenida con su nombre, siempre fue más recordado que en su propio país.

La leyenda negra. En el relato dominante sobre España, los españoles son conquistadores, inquisidores y fanáticos. Un marino vasco que defiende una ciudad americana contra el imperialismo británico, luchando codo a codo con tropas locales, milicianos criollos e indios flecheros, no encaja en ese molde. Así que se le ignora.

La anécdota perfecta del olvido. En 2016, el organismo científico británico NERC abrió una votación pública para nombrar un nuevo barco de investigación. Los internautas españoles propusieron “Blas de Lezo” con la justificación de “su contribución a la arqueología submarina británica”. La propuesta acumuló más de 38.000 votos antes de que el NERC la retirase. Es probablemente el mayor reconocimiento que Lezo ha recibido del mundo anglosajón en tres siglos, y fue un chiste.

Para cerrar: la carta

Antes de la batalla, Vernon y Lezo cruzaron cartas. El almirante inglés, arrogante tras su fácil victoria en Portobelo, escribió a Lezo alardeando de su buen trato a los prisioneros españoles, como dándole a entender que pronto él también lo sería.

Lezo le respondió desde la cubierta de su buque insignia, el Conquistador, con una carta seca, directa y desafiante que terminaba así:

“Puedo asegurarle a Vuestra Excelencia, que si yo me hubiera hallado en Portobelo, se lo habría impedido, y si las cosas hubieran ido a mi satisfacción, habría ido también a buscarlo a cualquier otra parte, persuadiéndome de que el ánimo que faltó a los de Portobelo, me hubiera sobrado para contener su cobardía.”

Un cojo, tuerto y manco llamando cobarde al almirante más poderoso del mundo. Eso es Blas de Lezo. Y por eso, más que una serie de Netflix, merece que cada español sepa quién fue.

Fuentes principales: Archivo General de Indias; Francisco Hernando Muñoz Atuesta, Diarios de Ofensa y Defensa (2015); Tobias Smollett, Las aventuras de Roderick Random (1748, testimonio directo del bando inglés).

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