
Capítulo 21
Leonardo Torres Quevedo
El hombre que inventó el futuro y al que el futuro olvidó
En 1903, un ingeniero cántabro presentó ante la Academia de Ciencias de París un aparato capaz de controlar una máquina a distancia mediante ondas de radio. Lo llamó Telekino. Era el primer mando a distancia de la historia. En 1912, construyó una máquina que jugaba al ajedrez contra un ser humano y siempre ganaba. Era el primer autómata con inteligencia artificial de la historia — el abuelo de Deep Blue. En 1914, publicó los Ensayos sobre Automática, el tratado fundacional de lo que hoy llamamos informática y robótica. En 1916, inauguró un teleférico sobre las cataratas del Niágara que sigue funcionando hoy, más de cien años después, sin haber sufrido un solo accidente. Y en 1920, construyó un aritmómetro electromecánico que era, en esencia, el primer ordenador digital de la historia.
La Sorbona de París le dio un Doctorado Honoris Causa. La Academia de Ciencias de París le eligió miembro. Alfonso XIII le concedió la Medalla Echegaray. Le ofrecieron ser ministro y dijo que no. Y en España, fuera de Cantabria, casi nadie sabe quién fue Leonardo Torres Quevedo.
El mundo en 1900
El cambio de siglo era una época de vértigo tecnológico. Edison había inventado la bombilla y el fonógrafo. Los hermanos Lumière habían proyectado las primeras películas. Marconi estaba a punto de enviar la primera señal de radio transatlántica. Los hermanos Wright volarían en Kitty Hawk en 1903. Tesla y Edison se disputaban la guerra de las corrientes. Ford estaba diseñando la cadena de montaje. El mundo se electrificaba, se motorizaba, se comunicaba a distancias impensables una generación antes.
Las grandes potencias tecnológicas eran Estados Unidos, Alemania, Francia e Inglaterra. España, que acababa de perder Cuba, Filipinas y Puerto Rico en el desastre del 98, era un país humillado, ensimismado y que se miraba el ombligo. Unamuno hablaba de “que inventen ellos.” Ortega y Gasset diagnosticaba la España invertebrada. La generación del 98 escribía elegías a un imperio muerto.
En ese contexto de pesimismo nacional, un ingeniero de caminos nacido en un pueblo de Cantabria estaba inventando el futuro en un laboratorio de Madrid. Solo. Financiado con su propio dinero. Sin que nadie le hiciera demasiado caso.
El hombre
Leonardo Torres Quevedo nació el 28 de diciembre de 1852 en Santa Cruz de Iguña, un pueblo del valle de Iguña, en Cantabria. Su padre era ingeniero de caminos y le transmitió la vocación técnica. Estudió el bachillerato entre Bilbao y París — una formación bicultural que le abrió la mente a lo que se hacía fuera de España.
Se graduó como ingeniero de caminos en Madrid en 1876 y ejerció brevemente en el sector ferroviario. Pero su fortuna familiar le permitía vivir sin necesidad de trabajar por cuenta ajena, así que hizo algo insólito para un ingeniero español de la época: se retiró a su pueblo natal “para dedicarse a pensar en sus cosas.” Esa frase, que parece sacada de un personaje de Julio Verne, define perfectamente a Torres Quevedo: un hombre que pensaba en sus cosas, y cuyas cosas resultaron ser el mando a distancia, la inteligencia artificial y la informática.
Los inventos
El Telekino: el primer mando a distancia (1903)
En 1903, Torres Quevedo presentó ante la Academia de Ciencias de París el Telekino: un autómata que ejecutaba órdenes transmitidas mediante ondas hertzianas. Era el primer sistema de control remoto por radio de la historia.
El Telekino controlaba una embarcación a distancia de hasta dos kilómetros. Las pruebas se realizaron en el Abra de Bilbao, ante autoridades y público asombrado. Torres Quevedo lo había concebido originalmente para gobernar dirigibles sin piloto y torpedos submarinos — aplicaciones militares que la Armada española, recién salida del desastre del 98, no tuvo interés ni dinero para desarrollar.
Hoy, cada vez que coges un mando a distancia para cambiar de canal, encender el aire acondicionado o pilotar un dron, estás usando el principio que inventó un cántabro en 1903.
El Ajedrecista: la primera inteligencia artificial (1912)
En 1912, Torres Quevedo construyó en su laboratorio de Madrid una máquina que jugaba al ajedrez contra un ser humano. El Ajedrecista manejaba torre y rey contra el rey del oponente, analizaba la posición en cada movimiento, “pensaba” la mejor jugada y la ejecutaba. Siempre ganaba. Si el humano hacía un movimiento ilegal, se encendía una luz roja.
Fue presentado oficialmente en la Feria de París de 1914 y causó sensación internacional. Era el primer autómata con capacidad de decisión autónoma de la historia — lo que hoy llamamos inteligencia artificial. El abuelo de Deep Blue, de AlphaGo, de todos los sistemas que juegan y ganan a los humanos.
Torres Quevedo construyó una segunda versión mejorada en 1920. Ambos prototipos se conservan en el Museo Torres Quevedo de la Universidad Politécnica de Madrid.
Los Ensayos sobre Automática (1914)
En 1914 publicó los Ensayos sobre Automática, un tratado teórico que definía los principios de lo que hoy llamamos computación, robótica e inteligencia artificial. En ese texto, Torres Quevedo estableció que era posible construir máquinas capaces de tomar decisiones basándose en condiciones variables — es decir, máquinas que “piensan.”
Se adelantó en décadas a Alan Turing, a John von Neumann, a todos los padres reconocidos de la informática. Cuando Turing publicó su famoso artículo sobre las máquinas inteligentes en 1950, Torres Quevedo llevaba treinta y seis años trabajando en lo mismo.
El aritmómetro electromecánico: el primer ordenador (1920)
En 1920, Torres Quevedo construyó un aritmómetro electromecánico que incluía memoria, unidad aritmético-lógica, unidad de control y una máquina de escribir como interfaz de entrada y salida. Funcionaba con circuitos lógicos basados en relés. Era, en esencia, el primer ordenador digital de la historia — veinticinco años antes del ENIAC americano.
Los teleféricos: del monte Ulía al Niágara
En 1887, con treinta y cinco años, Torres Quevedo patentó un sistema revolucionario de teleférico con cables a tensión constante que se autoequilibran. En 1907 construyó el primer teleférico para pasajeros del mundo en el monte Ulía de San Sebastián.
Su obra maestra fue el Spanish Aerocar de las cataratas del Niágara, inaugurado el 8 de agosto de 1916: 580 metros de recorrido sobre el río Niágara, suspendido de seis cables de acero, construido en Bilbao por una empresa española con capital español, transportado a Canadá en plena Primera Guerra Mundial. Más de diez millones de personas lo han usado desde entonces. No ha habido un solo accidente en más de cien años de funcionamiento.
Todos los teleféricos construidos en el siglo XX y XXI se basan en la patente de Torres Quevedo de 1887.
Los dirigibles
Torres Quevedo inventó el dirigible semirrígido, una solución intermedia entre el rígido tipo Zeppelin y el flexible que resolvía los problemas estructurales de ambos. Su diseño fue utilizado por los ejércitos francés e inglés durante la Primera Guerra Mundial. Prácticamente todos los dirigibles no rígidos construidos después se basan en su patente.
El reconocimiento que tuvo — y el que no
Torres Quevedo fue reconocido en vida por la comunidad científica internacional. Fue miembro de la Academia de Ciencias de París. Doctor Honoris Causa por la Sorbona. Miembro de la Real Academia de Ciencias Exactas de Madrid y de la Real Academia Española. Alfonso XIII le concedió la Medalla Echegaray. En 1918 le ofrecieron ser ministro de Fomento y rechazó el cargo.
Pero el reconocimiento popular nunca llegó. Murió en Madrid el 18 de diciembre de 1936, en plena Guerra Civil, a los 83 años. Su muerte pasó desapercibida en un país que se estaba destruyendo a sí mismo.
Por qué no lo conoces
“Que inventen ellos.” La frase de Unamuno resume la actitud de la España de principios del siglo XX hacia la ciencia y la tecnología. En un país obsesionado con su decadencia literaria y filosófica, un inventor que creaba el futuro en un laboratorio de Madrid era una anomalía que nadie sabía encajar.
Demasiados inventos. Torres Quevedo inventó tantas cosas en campos tan distintos que resulta difícil asociarlo con un solo logro. Edison es “el de la bombilla.” Bell es “el del teléfono.” Torres Quevedo es “el del mando a distancia, el autómata de ajedrez, el teleférico, el dirigible, la calculadora y los ensayos sobre automática.” La amplitud de su genio, paradójicamente, dificulta su recuerdo.
España no tenía industria para desarrollar sus inventos. El Telekino podría haber revolucionado la guerra naval. El Ajedrecista podría haber lanzado la informática española. El aritmómetro podría haber adelantado la era digital. Pero España no tenía el tejido industrial, el capital ni la visión para convertir inventos en productos. Lo mismo que le pasó a Ayanz tres siglos antes.
El Spanish Aerocar lleva la pista. Sobre las cataratas del Niágara, una placa de bronce dice: “Transbordador aéreo español del Niágara. Leonardo Torres Quevedo (1852-1936).” Más de diez millones de personas han pasado por delante de esa placa. Casi ninguna sabe quién fue el hombre cuyo nombre aparece en ella.
Para cerrar: la máquina que piensa
Imagina la escena. París, 1914. En la Feria Internacional, un público sofisticado se agolpa alrededor de una mesa de ajedrez. A un lado, un hombre. Al otro, una máquina. La máquina mueve sus piezas sola. “Piensa.” Analiza la posición del rey humano. Mueve su torre. O su rey. Cada jugada es lógica, precisa, implacable. Si el humano hace trampa, se enciende una luz roja.
El hombre que ha construido esa máquina es un ingeniero de un pueblo de Cantabria. Tiene 62 años. Lleva décadas inventando cosas que el mundo tardará generaciones en entender: mandos a distancia, teleféricos, dirigibles, calculadoras, teorías sobre máquinas que piensan.
La máquina siempre gana.
Cuarenta años después, otros hombres — Turing, von Neumann, Shannon — construirán máquinas parecidas y serán recordados como los padres de la informática. El cántabro que se les adelantó será una nota a pie de página.
Leonardo Torres Quevedo inventó una máquina que piensa. Pero no inventó un país que recordara a sus inventores.
Fuentes principales: Museo Torres Quevedo (Universidad Politécnica de Madrid); Biblioteca Nacional de España; Academia de Ciencias de París; F.A. González Redondo, “Leonardo Torres Quevedo, el más prodigioso inventor de su tiempo”; Sociedad de Estudios y Obras de Ingeniería de Bilbao.