
Capítulo 22
Emilio Herrera Linares
El español que diseñó la ropa para ir a la Luna
En 1935, un ingeniero militar granadino diseñó un traje presurizado para sobrevivir en la estratosfera: casco hermético con visor triple, suministro autónomo de oxígeno, eliminación de CO2, regulación de presión, aislamiento térmico y articulaciones móviles. Lo llamó “escafandra estratonáutica.” Lo probó en una cámara de vacío. Funcionó. Tenía previsto estrenarlo en una ascensión a 25.000 metros de altitud en julio de 1936. Un mes antes, estalló la Guerra Civil. El globo fue cortado en pedazos para hacer impermeables para los soldados. La escafandra cayó en manos del enemigo. Treinta años después, la NASA usó sus principios para diseñar los trajes con los que los astronautas del programa Apolo pisaron la Luna. Le ofrecieron trabajo. Lo rechazó porque no le dejaban poner la bandera española en la Luna. Neil Armstrong, en reconocimiento, envió rocas lunares a su familia. Emilio Herrera Linares murió en el exilio, en Ginebra, sin haber vuelto a pisar España.
El mundo en 1935
Los años treinta eran la década de la carrera por la estratosfera. Alcanzar la máxima altitud posible era el reto tecnológico del momento, equivalente a lo que sería la carrera espacial tres décadas después. Auguste Piccard había ascendido en globo a 16.000 metros en 1932. Los soviéticos respondieron con su propio récord. Los americanos preparaban sus intentos. El límite de lo que un ser humano podía soportar sin protección estaba claro: por encima de los 10.000 metros, la presión y el oxígeno eran insuficientes para la vida.
En 1928, el piloto español Benito Molas había muerto intentando superar los 11.000 metros en el globo Hispania, víctima de un shock por la altitud. Otros pilotos habían sufrido destinos similares. El problema no era llegar arriba — era sobrevivir allí.
España, mientras tanto, vivía los años convulsos de la Segunda República: reformas, contrarreformas, tensiones sociales, golpes de Estado, y la sombra de una guerra civil que cada vez parecía más inevitable. No era el contexto ideal para la investigación aeronáutica. Pero en el Laboratorio Aerodinámico de Cuatro Vientos, un granadino de 56 años diseñaba la solución al problema que ningún país había resuelto todavía: cómo mantener vivo a un ser humano en el borde del espacio.
El hombre
Emilio Herrera Linares nació el 13 de febrero de 1879 en Granada, en el barrio de San Antón, en una familia de tradición militar y vocación científica. Su padre era comandante del ejército. Entre sus antepasados estaba Juan de Herrera, el arquitecto del Monasterio de El Escorial.
La aviación le atrapó desde niño. En 1903 ingresó en la Academia de Ingenieros de Guadalajara y desde entonces su vida estuvo ligada al aire. Fue uno de los primeros pilotos de globo de España. En 1905, con apenas 26 años, ascendió en globo ante Alfonso XIII para observar un eclipse solar. En 1914 fue el primer hombre en cruzar el estrecho de Gibraltar en aeroplano — una hazaña que ocupó las portadas de los periódicos.
Pero Herrera no era un piloto temerario: era un científico que volaba. Diseñó el Laboratorio Aerodinámico de Cuatro Vientos, que se convertiría en el túnel de viento más importante de Europa. Publicó en 1928 Aerotecnia, el primer manual español sobre desarrollo aeronáutico. Fue director de la Escuela Superior de Aerotecnia. Amigo de Albert Einstein, con quien trabó relación durante la visita del físico a España.
A finales de los años veinte, cuando la carrera estratosférica estaba en pleno apogeo y los pilotos morían intentando batir récords, Herrera se dio cuenta de que el problema no era el globo sino el piloto. Hacía falta un traje que protegiera al ser humano de las condiciones extremas de la alta atmósfera. Un traje que, en esencia, creara una burbuja de vida alrededor de su portador.
Empezó a diseñarlo. Tardó años. En 1935, estaba listo.
La escafandra estratonáutica
El traje que Herrera diseñó era un prodigio de ingeniería para su época. Constaba de tres capas de protección térmica capaces de aislar al piloto de temperaturas de hasta -79°C. Incluía un casco de aluminio con visor triple: un cristal irrompible, un filtro para rayos infrarrojos y otro para ultravioletas, además de sistema antivaho. Incorporaba suministro autónomo de oxígeno, sistema de eliminación de dióxido de carbono, regulación de presión interna y un micrófono para comunicarse con el exterior.
El detalle más innovador, y el que más influiría en los trajes espaciales posteriores, era el sistema de articulaciones: Herrera había entendido que un traje presurizado se vuelve rígido e impide moverse, y diseñó mecanismos que permitían flexionar brazos y piernas sin perder la presurización. Treinta años después, los ingenieros de la NASA seguirían lidiando con el mismo problema — y llegarían a soluciones similares a las de Herrera.
En las pruebas realizadas en la cámara de vacío de Cuatro Vientos, el traje funcionó perfectamente. Herrera descubrió algo inesperado: las tres capas aislantes retenían tan bien el calor corporal que el calentador que había incorporado era innecesario. La temperatura interior se mantenía a 33°C mientras fuera hacía -79°C. Exactamente el mismo problema — el exceso de calor, no el frío — que todavía hoy quita el sueño a los ingenieros de trajes espaciales.
La ascensión estaba prevista para julio de 1936. Todo estaba listo: el globo, la escafandra, los instrumentos, las autorizaciones. Herrera ascendería a 25.000 metros en una barquilla abierta, protegido solo por su traje, para estudiar la estratosfera y demostrar que un ser humano podía sobrevivir en el borde del espacio.
No llegó a subir.
La guerra que destruyó un sueño
El 18 de julio de 1936, menos de un mes antes de la ascensión prevista, estalló la Guerra Civil Española.
El globo fue cortado en pedazos. La seda cauchutada sirvió para hacer impermeables para los soldados. La escafandra y los instrumentos, almacenados en Cuatro Vientos, cayeron en manos del bando sublevado. Nadie sabe con certeza qué fue de ellos — se cree que la escafandra fue destruida o desperdigada.
Herrera, leal a la República, sirvió durante la guerra como jefe del Arma de Aviación del ejército republicano. Al final del conflicto, en 1939, se exilió a Francia. Nunca volvió a España.
El exilio y la NASA
En Francia, Herrera continuó trabajando como científico e ingeniero. Colaboró con la Agencia Espacial Francesa. Escribió sobre física nuclear, aerodinámica y exploración espacial. Fue nombrado presidente del gobierno de la República Española en el exilio en 1960 — un cargo simbólico que aceptó por sentido del deber.
Y entonces llegó la oferta de la NASA. Los norteamericanos habían estudiado los diseños de Herrera y reconocían que su escafandra estratonáutica era un precursor directo de los trajes del programa espacial. Le ofrecieron colaborar en el desarrollo de los trajes para las misiones Mercury y, eventualmente, Apolo.
Herrera puso una condición: que se reconociera la autoría española del diseño original. Que la bandera española figurara de alguna forma en la Luna.
La NASA dijo que no.
Herrera rechazó la oferta.
Un granadino de 80 años, exiliado, sin patria, sin laboratorio, sin recursos, rechazando a la NASA porque no le dejaban reconocer que España había diseñado la ropa para ir a la Luna. Eso es orgullo. Eso es carácter. Eso es España en una persona.
El final
Emilio Herrera Linares murió en Ginebra el 13 de septiembre de 1967, a los 88 años. No volvió a pisar España. El régimen franquista nunca le reconoció — era republicano, masón y exiliado, tres pecados mortales para la dictadura.
Años después de la llegada a la Luna, Neil Armstrong, en un gesto que honra al astronauta más que a ningún gobierno, envió rocas lunares a la familia de Herrera como reconocimiento a su contribución pionera.
En 2014, la Universidad de Granada instaló una escultura en su honor. Recientemente, su bisnieta Selena ha recuperado la capa estratosférica — un manto de tisú de plata que Herrera pensaba llevar sobre el traje — que se conservaba en la familia.
Por qué no lo conoces
La Guerra Civil lo borró todo. El proyecto, la escafandra, el globo, los instrumentos, la ascensión — todo desapareció en julio de 1936. Si Herrera hubiera ascendido a 25.000 metros en agosto de 1936 como estaba previsto, habría sido una hazaña mundial comparable a la del propio Piccard. España habría sido pionera en la exploración estratosférica. Pero la guerra destruyó el globo y exilió al hombre.
Era republicano. El franquismo no iba a celebrar los logros de un oficial republicano, masón y presidente del gobierno en el exilio. Durante cuarenta años de dictadura, Herrera simplemente no existió para la historia oficial española.
La NASA se llevó el mérito. Los trajes espaciales que vistieron los astronautas del Mercury, el Gemini y el Apolo incorporaban principios que Herrera había desarrollado treinta años antes. Pero ningún manual de la NASA menciona al granadino que los concibió.
Murió en Ginebra, no en Granada. El exilio es el gran borrador de la memoria. Quien muere fuera de su país, sin descendientes que mantengan el recuerdo, sin instituciones que preserven el legado, desaparece de la historia como si nunca hubiera existido.
Para cerrar: julio de 1936
Imagina la escena. Es junio de 1936. En el Laboratorio Aerodinámico de Cuatro Vientos, a las afueras de Madrid, un ingeniero de 57 años revisa por última vez los componentes de un traje que ha tardado años en diseñar. Casco de aluminio. Visor triple. Tres capas aislantes. Articulaciones flexibles. Suministro de oxígeno. Micrófono. Todo funciona. Todo está probado. El globo está preparado. La ascensión es en julio. Subirá a 25.000 metros. Verá la curvatura de la Tierra. Demostrará que un ser humano puede sobrevivir en el borde del espacio.
Un mes después, los soldados cortarán el globo en pedazos para hacer impermeables. La escafandra desaparecerá. El hombre se irá al exilio. Y treinta años después, otro hombre, con un traje parecido, pisará la Luna.
Emilio Herrera diseñó la ropa para ir a la Luna. La Guerra Civil le quitó el globo. El exilio le quitó el país. La NASA le quitó el mérito. Pero Neil Armstrong sabía quién había sido el primero. Y le mandó piedras de la Luna.
Eso fue lo más cerca que España estuvo del espacio. Y lo más lejos que quedó de reconocer a quien la habría llevado.
Fuentes principales: Emilio Herrera, Del aire al más allá (autobiografía); Agencia SINC; Instituto de Historia y Cultura Aeronáuticas; National Geographic España; familia Herrera (testimonios).