
Capítulo 1
Ruy González de Clavijo
El castellano que llegó al fin del mundo
Un noble madrileño, camarero del rey de Castilla, cruzó el Mediterráneo entero, atravesó Persia, sorteó desiertos y cordilleras, y acabó sentado frente al conquistador más temido de Asia: Tamerlán, señor de Samarcanda. Lo hizo siglos antes de que existieran mapas fiables de aquellas tierras, sin más protección que una carta de su rey y la audacia de quien sabe que probablemente no regrese. Regresó. Y lo contó.
El mundo en 1403
A comienzos del siglo XV, Castilla era un reino que miraba más allá de sus fronteras. Enrique III, apodado “el Doliente” por su frágil salud, gobernaba con una visión diplomática que no se le suele reconocer. Era abuelo de Isabel la Católica, y ya entonces entendía que las alianzas lejanas podían ser tan valiosas como las cercanas.
En el otro extremo del mundo conocido, el Imperio Otomano presionaba a la Cristiandad oriental. Constantinopla, último bastión del milenario Imperio Bizantino, sobrevivía a duras penas. Los turcos otomanos del sultán Bayaceto I parecían imparables. Pero en julio de 1402 ocurrió algo que cambió el tablero: Tamerlán, el caudillo turco-mongol que había levantado un imperio desde Delhi hasta Moscú, aplastó a Bayaceto en la batalla de Ankara y lo capturó. El sultán otomano moriría poco después en cautiverio.
Para los reinos cristianos fue una noticia extraordinaria. Su enemigo más peligroso acababa de ser derrotado por otro poder aún mayor, y ese poder estaba dispuesto a hablar. Enrique III lo vio claro: había que establecer contacto con Tamerlán.
Ya en 1402 había enviado una primera embajada encabezada por Payo Gómez de Sotomayor y Hernán Sánchez de Palazuelos, que coincidió con la victoria de Ankara. Tamerlán respondió enviando a su propio embajador, un hombre llamado Mohamad Alcagi, a la corte castellana. Alcagi impresionó a todos con su cultura y sus conocimientos. La puerta estaba abierta. Ahora hacía falta una segunda embajada, más ambiciosa, más formal. Y al frente de ella iría Ruy González de Clavijo.
El hombre antes de la hazaña
De Clavijo sabemos poco antes de su gran viaje, y eso ya dice algo. No era un gran señor de la guerra ni un noble de primer rango. Era camarero real de Enrique III —un cargo de confianza en la corte, que implicaba cercanía al rey y acceso a sus asuntos—. Se le describe como un hombre de edad ya madura cuando partió, casado con una dueña llamada Mayor Arias.
Lo que sí sabemos es que el rey confió en él para una misión que requería nervios de acero, capacidad diplomática y, sobre todo, resistencia física y mental para un viaje de años por territorios completamente desconocidos. No era un aventurero: era un funcionario real al que le encomendaron la aventura de su vida.
Le acompañaron fray Alfonso Páez de Santa María, dominico y maestro en Teología —necesario para los debates religiosos que inevitablemente surgirían en tierras islámicas—, y Gómez de Salazar, guardia del rey. Una comitiva pequeña para una misión enorme.
Hay un detalle humano que merece ser contado: durante el viaje, Clavijo escribió una canción a su mujer, y ella le respondió con otra. Ambas son composiciones del estilo cancioneril de la época. Es un destello íntimo en medio de una empresa política: un hombre que extrañaba a su esposa desde el otro lado del mundo conocido.
El viaje: de Cádiz a Samarcanda
La partida
El 21 de mayo de 1403, los embajadores llegaron al Puerto de Santa María, cerca de Cádiz. Las provisiones venían de Sevilla y Jerez. Al día siguiente embarcaron en una carraca —el gran buque de la época para travesías largas— frente al puerto gaditano de las Muelas. Con ellos viajaba el embajador de Tamerlán, Mohamad Alcagi, de regreso a su tierra.
El Mediterráneo
La ruta los llevó primero por las costas del Mediterráneo. Tocaron Ibiza, donde el gobernador aragonés les dio posada y bestias. Siguieron hacia el este, pasando por las islas griegas. En Quíos recibieron noticias de que el hijo mayor del sultán otomano había muerto y que sus hermanos luchaban por el poder: el caos tras la derrota de Ankara era total.
Constantinopla
Llegaron a Constantinopla, todavía capital del Imperio Bizantino aunque ya en franca decadencia —caería ante los otomanos medio siglo después, en 1453—. Clavijo describe la ciudad con detalle: sus iglesias, sus murallas, la basílica de Santa Sofía. Es una de las últimas descripciones de la Constantinopla cristiana hechas por un viajero castellano.
De Trebisonda al corazón de Asia
Costearon la orilla sur del Mar Negro hasta Trebisonda (actual Trabzon, en Turquía), esquivando los dominios del maltrecho sultanato otomano. A partir de ahí, el viaje se hizo por tierra. Atravesaron Armenia, se adentraron en Persia —entonces bajo dominio timúrida— y cruzaron cordilleras y desiertos que ningún castellano había pisado antes.
Clavijo lo anotaba todo: las ciudades, las mezquitas, los mercados, la flora, la fauna, las costumbres. Describe a los ascetas islámicos que veía por los caminos, rapados y desnudos, cantando día y noche. Describe las caravanas de la Ruta de la Seda. Describe paisajes que para un hombre de la meseta castellana debían ser absolutamente alienígenas.
Samarcanda
Tras más de un año de viaje, los embajadores llegaron a Samarcanda, la capital del imperio de Tamerlán. Lo que encontraron allí los dejó boquiabiertos.
Samarcanda estaba en plena transformación. Tamerlán había reunido a los mejores artesanos y obreros del mundo conocido para construir una capital a la altura de su imperio. La mezquita de Bibi Khanum estaba en construcción. La ciudad era un centro comercial donde confluían mercancías de Rusia, Tartaria, Catay (China) e India. Clavijo describe una ciudad opulenta, bulliciosa y cosmopolita, muy lejos de la imagen de barbarie que se podría esperar.
En la corte de Tamerlán
Los embajadores permanecieron en Samarcanda aproximadamente 75 días. Fueron recibidos con la pompa que Tamerlán dispensaba a los emisarios extranjeros. Entregaron la carta de Enrique III y los regalos que traían de Castilla en una ceremonia diplomática formal, donde también estaba presente el embajador de China.
Clavijo describe a Tamerlán como un hombre ya viejo y enfermo, pero todavía imponente. El conquistador que había sometido medio mundo desde la India hasta las puertas de Europa estaba preparando nada menos que una guerra contra China. Sus días transcurrían entre audiencias, fiestas monumentales donde se asaban caballos y carneros a centenares, y un consumo de vino que habría horrorizado a cualquier imán. Uno de los mayores honores que Tamerlán podía conceder era obligar a su invitado a beberse de un trago un enorme copón de vino que él mismo le vertía en la boca.
Clavijo deja claro algo que a menudo se olvida: el mundo islámico de la época no era un bloque monolítico enfrentado a la Cristiandad. Era un mosaico de poderes que se conquistaban y traicionaban entre sí, donde la religión importaba menos que el territorio y el poder. Tamerlán era musulmán, sí, pero eso no le impedía aliarse con cristianos ni arrasar ciudades de otros musulmanes.
La alianza, sin embargo, no cuajó en términos prácticos. Tamerlán murió el 18 de febrero de 1405, mientras marchaba hacia China. Su imperio se fragmentó rápidamente tras su muerte.
El regreso y el legado
Los embajadores emprendieron el largo camino de vuelta, llegando finalmente a Alcalá de Henares en marzo de 1406, casi tres años después de su partida. Informaron al rey de todo lo visto y vivido.
Pero el verdadero legado de Clavijo no fue diplomático, sino literario. La crónica que escribió —o que se le atribuye, ya que hay debate sobre si parte de la autoría corresponde a fray Alfonso Páez de Santa María— se tituló Vida y hazañas del Gran Tamorlán con la descripción de las tierras de su imperio y señorío, conocida abreviadamente como Embajada a Tamorlán.
Es, sencillamente, una de las joyas de la literatura medieval castellana. Ha sido comparada con El libro de las maravillas de Marco Polo, escrito casi un siglo antes. Es uno de los primeros relatos de viaje propiamente dichos de la literatura española, y una fuente histórica de valor incalculable para conocer el Asia Central del siglo XV: sus ciudades, sus gentes, su comercio, su política.
La obra fue traducida rápidamente al aragonés —lengua diplomática de la época—, al inglés, al ruso, al francés, al persa y al turco. Su primera edición impresa la publicó el erudito sevillano Gonzalo Argote de Molina en 1582. Es considerada el episodio más importante de la diplomacia medieval castellana.
Por qué no lo conoces
Ruy González de Clavijo debería ser un nombre tan familiar como Marco Polo o Ibn Battuta. Su viaje es comparable en distancia, peligro y valor documental. Pero no lo es, y las razones son varias.
La leyenda negra. Durante siglos, la narrativa dominante en Europa presentó a España como un país de conquistadores brutales e inquisidores fanáticos, no de diplomáticos cultos y exploradores curiosos. Clavijo no encaja en ese relato, así que se le ignoró.
El desinterés propio. España ha sido históricamente negligente con su propio patrimonio histórico y literario. La Embajada a Tamorlán no se editó hasta 1582, casi dos siglos después de ser escrita. Hoy sigue siendo un libro difícil de encontrar en buenas condiciones.
La sombra de Colón. Todo lo que ocurrió antes de 1492 en la historia de España queda eclipsado por el Descubrimiento. Clavijo viajó 90 años antes que Colón, pero su viaje fue hacia el este, no hacia el oeste, y no “descubrió” nada en el sentido que la historiografía tradicional valora.
El sesgo anglosajón. La historiografía de viajes y exploraciones ha sido dominada por el mundo anglófono, que naturalmente prioriza sus propias figuras. Marco Polo tiene el respaldo de la tradición italiana y su difusión europea temprana. Clavijo escribió en castellano medieval para un público castellano, y ahí se quedó durante mucho tiempo.
Para cerrar: una imagen
Imagina la escena. Es algún día de septiembre de 1404. En los jardines de Samarcanda, entre fuentes, seda y el olor de la carne asada, un noble madrileño de mediana edad está sentado frente al hombre que ha conquistado medio mundo. A un lado, el embajador de China. Al otro, cortesanos de Persia, Tartaria e India. Tamerlán, viejo y enfermo pero aún terrible, le vierte vino en la boca con sus propias manos.
Clavijo viene de un reino que cabe en una esquina del imperio de su anfitrión. No tiene ejércitos a su espalda, ni flota, ni amenaza alguna que ofrecer. Solo trae una carta de un rey al que Tamerlán probablemente olvidará en una semana.
Pero está ahí. Ha cruzado el mundo para estar ahí. Y cuando vuelva, lo va a contar todo.
Eso es lo que hizo Ruy González de Clavijo. Y por eso merece que lo recuerden.
Fuente principal: Ruy González de Clavijo, Embajada a Tamorlán (c. 1406). Primera edición impresa: Sevilla, 1582.