
Capítulo 13
Catalina de Erauso
La monja que se escapó del convento, se disfrazó de hombre y conquistó América a espadazos
Una noche de marzo del año 1600, mientras las monjas rezaban maitines, una novicia de quince años robó las llaves del convento, se cortó el pelo, se cosió un traje con una falda vieja y desapareció en la oscuridad. No volvería a vestir como mujer en veinte años. En ese tiempo se haría llamar Alonso Díaz Ramírez de Guzmán, cruzaría el Atlántico como grumete, combatiría en las guerras de Chile y Perú, ascendería a alférez del ejército español, mataría a al menos diez personas — incluido, sin saberlo, a su propio hermano —, escaparía de la condena a muerte más de una vez, sería recibida por el Papa y por Felipe IV, y escribiría sus memorias en un castellano que corta como una espada. Esta es Catalina de Erauso, la Monja Alférez. Un personaje tan desmesurado que si fuera ficción nadie se lo creería.
El mundo en 1600
España era la primera potencia del mundo, pero su imperio crujía. Las guerras en Flandes consumían recursos sin fin, los piratas ingleses acosaban las rutas del Atlántico, y en América los territorios se expandían más deprisa de lo que se podían controlar. En Chile, la Guerra de Arauco contra los mapuches era un conflicto interminable que devoraba soldados.
Para las mujeres españolas del Siglo de Oro había esencialmente dos destinos: el matrimonio o el convento. La vida religiosa no era siempre una vocación; era un aparcamiento para las hijas que la familia no podía o no quería casar. El convento era clausura, silencio, obediencia y rutina hasta la muerte.
Pero era también el siglo del Barroco, de lo excesivo, de lo improbable. El siglo de Cervantes, Lope de Vega y Quevedo. Un siglo donde la realidad competía con la ficción en extravagancia. Y Catalina de Erauso fue, quizás, el personaje más barroco de todos.
La novicia rebelde
Catalina nació en San Sebastián, Guipúzcoa, hija del capitán Miguel de Erauso y María Pérez de Galarraga y Arce. Hay discrepancia sobre la fecha: ella dice 1585 en sus memorias, pero su partida de bautismo en la parroquia de San Vicente indica el 10 de febrero de 1592. Era la menor de seis hermanos.
Con apenas cuatro años, sus padres la internaron junto a sus tres hermanas en el convento de dominicas de San Sebastián el Antiguo, donde su tía Úrsula de Unzá era priora. Sus hermanas aceptaron el destino con obediencia. Catalina, no.
Pasó once años en el convento. Once años de clausura, rezos y disciplina para una niña que, según todos los indicios, era rebelde, física, impulsiva y violenta. Cuando ya estaba cerca de profesar como monja — el paso definitivo, el compromiso irreversible —, tuvo una pelea con una monja profesa llamada Catalina de Aliri. La monja era robusta; Catalina era joven. Recibió una paliza. Aquello fue la gota que colmó el vaso.
La noche del 18 de marzo de 1600, víspera de San José, mientras las monjas bajaban a rezar maitines, Catalina cogió las llaves del convento, abrió la puerta y salió. En sus propias palabras: con unas tijeras, hilo y aguja, se cortó el pelo, se hizo un calzón con una falda y desapareció.
Tenía quince años. Nunca había profesado como monja. Y no volvería a pisar un convento en dos décadas.
La vida como hombre
Los primeros años tras la fuga fueron un deambular por el País Vasco y Castilla bajo identidades masculinas cambiantes. Pasó por Vitoria, Valladolid, Bilbao y Estella, trabajando en oficios diversos. En algún momento volvió incluso a San Sebastián, donde su propia madre no la reconoció.
Acabó en Sanlúcar de Barrameda, donde se enroló como grumete en un barco capitaneado, ironía del destino, por un tío suyo, Esteban Eguiño, primo de su madre. Ni él la reconoció. Era 1603. Catalina cruzó el Atlántico rumbo a América y no miró atrás.
Llegó primero a Venezuela, pasó por Cartagena de Indias, y de ahí fue subiendo por el continente hasta acabar donde iban todos los que buscaban acción: las guerras del sur. Se alistó en el ejército español y su manejo de las armas resultó ser natural, instintivo y brutal. Combatió en Chile, en la Guerra de Arauco contra los mapuches. En una acción destacada mató a un cacique enemigo y recuperó la bandera del Rey, hazaña que le valió el ascenso a alférez.
Alférez. Una mujer disfrazada de hombre, que nunca había recibido formación militar, que venía de un convento de clausura, había llegado a oficial del ejército español en una de las guerras más duras del continente.
La pendenciera
Pero Catalina no era un soldado noble al estilo de Blas de Lezo o Bernardo de Gálvez. Era, por usar un eufemismo, problemática. Sus memorias — escritas con una prosa seca, directa y sin adornos que es una delicia literaria — son un catálogo de peleas, duelos, huidas y muertos que dejaría perplejo al propio Quevedo.
Jugadora compulsiva, bebedora, pendenciera y con un temperamento que se encendía a la mínima provocación, Catalina dejó un reguero de cadáveres por Perú y Bolivia. Mató a un hombre en Piscobamba por rencillas de juego. Fue condenada a muerte y se salvó en el último momento por la declaración de otro condenado. En La Paz fue condenada a muerte otra vez. Fingió confesarse, se apoderó de una hostia consagrada y huyó.
Y luego está el episodio más oscuro y tremendo de su vida: en un duelo nocturno en Concepción (Chile), mató a un hombre. Cuando el cuerpo cayó al suelo y le vio la cara, descubrió que era su propio hermano Miguel, oficial del ejército español, que había emigrado a América sin saber que su hermana estaba allí, viva y disfrazada de hombre. Miguel murió en sus brazos. No se habían visto desde que ella era una niña de cuatro años entrando en el convento.
Que este episodio sea verdadero o una invención literaria para sus memorias es algo que los historiadores llevan cuatro siglos debatiendo. En cualquier caso, define el tono de una vida donde lo trágico y lo novelesco son inseparables.
La confesión
Hacia 1623, acorralada por las autoridades tras un duelo más, herida de gravedad y enfrentada a una condena de muerte segura, Catalina tomó una decisión desesperada. Pidió entrevistarse con el obispo de Huamanga, fray Agustín de Carvajal, y le contó toda la verdad en confesión.
“La verdad es ésta, que soy mujer.”
El obispo no se lo creyó. Mandó llamar a dos matronas para que la examinaran. Las matronas certificaron dos cosas: que era mujer y que era virgen.
El efecto fue una bomba. La historia de la novicia que se había escapado del convento, vivido como hombre durante veinte años, combatido en guerras, ascendido a alférez y matado a más de diez personas circuló como la pólvora por todo el virreinato. Catalina se convirtió de la noche a la mañana en la mayor celebridad de América.
El obispo, conmovido, la acogió bajo su protección y la envió al convento de las clarisas de Huamanga. El arzobispo de Lima y el virrey Francisco de Borja, ansiosos de conocerla, la mandaron llamar. Fue trasladada a Lima, donde pasó dos años en el convento de la Santísima Trinidad. Hasta que se descubrió que nunca había profesado como monja — solo había sido novicia — y fue exclaustrada.
La celebridad
De vuelta en España en 1624, Catalina era una estrella. Felipe IV la recibió en la Corte, escuchó su historia fascinado, le mantuvo el grado de alférez, le concedió una pensión de treinta ducados y — detalle crucial — le dio permiso para seguir vistiendo como hombre. El pintor Francisco Pacheco, suegro de Velázquez, la retrató. El dramaturgo Juan Pérez de Montalbán, discípulo de Lope de Vega, escribió una comedia sobre su vida que se representó en la Corte.
Pero Catalina no se conformó con Madrid. Viajó a Roma, donde el mismísimo papa Urbano VIII la recibió en audiencia. El Papa, tras escuchar su historia, ratificó el permiso de vestir como hombre. Un viajero italiano llamado Pedro del Valle dejó un retrato de primera mano de aquel encuentro: describió a Catalina como una persona de unos treinta y cinco a cuarenta años, de aspecto viril y militar, que llamaba la atención de todos por donde pasaba.
Durante su estancia en Europa, la gente se echaba a la calle para verla. Los nobles hacían cola para conocerla. Los cronistas escribían sobre ella sin parar. Era, en términos modernos, una celebridad absoluta.
Los últimos años
El espíritu aventurero de Catalina no conocía la quietud. Hacia 1630 regresó a América, esta vez a Nueva España (México), donde pasó los últimos veinte años de su vida. Se estableció en Veracruz como arriera, transportando pasajeros y equipajes entre el puerto y Ciudad de México con una recua de mulas. Seguía vistiendo como hombre. Seguía usando identidad masculina.
Uno de sus últimos clientes dejó una descripción: “Andaba en hábito de hombre, traía espada y daga con guarniciones de plata y me parece que sería entonces como de cincuenta años, de buen cuerpo, no pocas carnes, color trigueño, con algunos pocos pelillos por bigote.”
Catalina de Erauso murió hacia 1650, cerca de Orizaba, en el actual estado de Veracruz. Tenía aproximadamente sesenta años. Murió como había vivido: en la carretera, lejos de cualquier convento, vestida de hombre.
El legado literario
La obra que Catalina dejó — ya fuera escrita de su puño y letra, dictada o reconstruida parcialmente por otros — es la Historia de la Monja Alférez, una autobiografía que no se publicó completa hasta 1829 pero que circuló en manuscritos y relaciones durante todo el siglo XVII.
Es una pieza extraordinaria de literatura. Escrita en un castellano limpio, conciso y viril — como lo describió un editor —, sin adornos, sin justificaciones, sin sentimentalismo. Catalina cuenta sus aventuras, sus crímenes, sus fugas y su engaño con la misma naturalidad con la que otros contarían un viaje al mercado. No pide perdón ni compasión. No moraliza. Simplemente cuenta lo que hizo.
Ha sido comparada con la novela picaresca, con los libros de aventuras, y con las memorias de soldado. Es, además, la única crónica de la conquista de Chile escrita por una mujer — aunque nadie lo supo hasta doscientos años después.
Por qué no la conoces (tanto como deberías)
Catalina de Erauso es quizás la más “conocida” de esta colección — tiene una estatua en San Sebastián, otra en Orizaba, películas, cómics y novelas —, pero su historia real sigue siendo mucho menos difundida de lo que merece.
El debate sobre su identidad. En los últimos años, la figura de Catalina ha sido objeto de lecturas desde los estudios de género y la teoría queer, debatiéndose si era una mujer que se disfrazó de hombre por necesidad o una persona transgénero avant la lettre. Este debate, legítimo e interesante, a veces ha eclipsado la dimensión puramente histórica y humana de su vida.
La incomodidad del personaje. Catalina no es un héroe limpio. Fue asesina, pendenciera, ludópata y violenta. Eso la hace incómoda tanto para quienes buscan heroínas feministas como para quienes buscan héroes patrióticos. Pero es precisamente esa ambigüedad lo que la hace fascinante: es un ser humano complejo en un siglo complejo.
El sesgo hacia lo masculino. La historia militar española está llena de generales, almirantes y virreyes, todos hombres. Una mujer que se infiltró en ese mundo y triunfó en sus propios términos debería ser un personaje central de la historia española. No lo es.
La ficción devoró la historia. Las múltiples versiones noveladas de su vida — desde el siglo XVII hasta hoy — han creado tantas capas de mito que resulta difícil separar lo real de lo inventado. Eso ha hecho que muchos la vean como un personaje literario más que como una persona real.
Para cerrar: la fuga
Imagina la escena. Es de noche en San Sebastián. Marzo de 1600. Un convento de monjas dominicas. Las religiosas bajan al coro para rezar maitines. El pasillo queda vacío. Una novicia de quince años, que lleva once encerrada entre esos muros, coge las llaves que ha encontrado en un descuido. Abre una puerta. Luego otra. Sale al huerto. Encuentra la puerta exterior. La abre. Cierra desde fuera.
Está en la calle. De noche. Sola. Sin dinero, sin contactos, sin destino. Es una adolescente en la España del siglo XVII, donde una mujer sola no puede hacer absolutamente nada.
Se sienta en un rincón. Saca unas tijeras, hilo y aguja. Se corta el pelo. Se cose un calzón con la tela de una falda. Se levanta. Echa a andar.
No volverá a ser Catalina en veinte años. No volverá a vestir como mujer en toda su vida. No volverá a obedecer a nadie.
Una novicia de quince años, sola en la noche, con unas tijeras y un trozo de tela, acaba de inventarse una vida nueva desde cero. Y lo que viene después es más grande que cualquier novela.
Fuentes principales: Catalina de Erauso, Historia de la Monja Alférez (ed. de 1829); Pedro del Valle, carta desde Roma (1626); Francisco Pacheco, retrato (c. 1625); Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.