Españoles prodigiosos
Retrato imaginado de Pedro Páez
Recreación con inteligencia artificial

Capítulo 12

Pedro Páez

El jesuita que descubrió las fuentes del Nilo 152 años antes que el inglés que se llevó el mérito

“Confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver antiguamente el rey Ciro y su hijo Cambises, el gran Alejandro Magno y Julio César.” Con esas palabras, el 21 de abril de 1618, un jesuita madrileño llamado Pedro Páez describió el momento en que contempló las fuentes del Nilo Azul, junto al lago Tana, en el corazón de Etiopía. Era el primer europeo en verlas y documentarlas. Lo dejó escrito con detalle en su Historia de Etiopía, una obra monumental que no se publicó en su tiempo. Ciento cincuenta y dos años después, en 1770, un explorador escocés llamado James Bruce llegó al mismo lugar, sabiendo perfectamente que Páez había estado allí antes, y se proclamó descubridor. La Enciclopedia Británica le dio la razón durante siglos. En Inglaterra le apodaron “The Abyssinian Liar” y fue ridiculizado por sus contemporáneos, pero el daño ya estaba hecho: el mundo sigue recordando a Bruce. Y a Pedro Páez no lo conoce casi nadie.

El mundo en 1600

Etiopía era, para la Europa del siglo XVI, uno de los lugares más misteriosos y codiciados del planeta. Se la identificaba con el legendario reino del Preste Juan, un supuesto emperador cristiano cuyo territorio fabuloso habían buscado exploradores y misioneros durante siglos. Y en el corazón de Etiopía nacía uno de los ríos más sagrados de la historia humana: el Nilo.

Desde tiempos de Heródoto, las fuentes del Nilo eran uno de los grandes enigmas de la geografía. Reyes, emperadores y sabios habían soñado con encontrarlas. Se decía que el rey Ciro de Persia, Alejandro Magno y Julio César lo habían intentado. Nadie lo había logrado.

España y Portugal, unidos bajo una misma corona desde 1580, controlaban una red global de misiones jesuíticas que iba desde Japón hasta Brasil. Etiopía, cristiana pero ortodoxa, era un objetivo prioritario: si se conseguía que el emperador abisinio aceptara la autoridad de Roma, se crearía un poderoso aliado cristiano en el flanco sur del Imperio Otomano. Las fuentes del Nilo eran el premio secundario. La misión principal era religiosa y política.

El hombre

Pedro Páez Jaramillo nació en 1564 en Olmeda de la Cebolla (actual Olmeda de las Fuentes), un pueblo diminuto de la provincia de Madrid, cerca de Alcalá de Henares. De familia noble pero modesta, estudió en centros jesuitas locales y luego en la Universidad de Alcalá de Henares. Completó su formación en Coimbra (Portugal) y fue ordenado sacerdote jesuita con una vocación clarísima: ser misionero.

Páez no era un explorador ni un aventurero. Era un religioso que quería ir lo más lejos posible a predicar. Pidió ser enviado a misiones y fue destinado a la India, base de operaciones jesuita para todo el Oriente. Desde Goa intentó llegar a Etiopía para reforzar la misión de Fremona, la pequeña base jesuita en el norte del imperio abisinio.

Cautiverio y esclavitud

Su primer intento de llegar a Etiopía, junto con el padre Antonio de Montserrat, fue un desastre. Fueron capturados por piratas turcos en el Mar Rojo. Los exhibieron como curiosidades exóticas entre los grandes señores otomanos de Yemen y acabaron vendiéndolos como galeotes — esclavos de galera. Páez pasó años remando encadenado en galeras turcas.

Fue rescatado por orden de Felipe II, que pagó cerca de 2.000 reales por su liberación. Volvió a Goa. Cualquier otro habría dado Etiopía por imposible. Páez esperó, se preparó y lo intentó de nuevo.

Etiopía

En su segundo intento, hacia 1603, logró entrar en Etiopía. Y aquí es donde Páez desplegó un talento extraordinario. En pocos años aprendió amárico y ge’ez (las lenguas etíopes), estudió la historia y las costumbres del país, leyó las crónicas imperiales, y se ganó la confianza de la corte.

El emperador Za Dengel quedó tan impresionado por Páez que se convirtió al catolicismo — un gesto que provocó una rebelión y la muerte del emperador. Páez, que había sido prudente y le había aconsejado ir despacio, se retiró a Fremona y sobrevivió.

Con el siguiente emperador, Susinios, la relación fue aún más estrecha. Susinios no solo se convirtió sino que hizo de Páez su consejero personal, su amigo y su compañero de viajes. Le concedió tierras en la orilla norte del lago Tana, donde Páez fundó una misión y construyó iglesias y un palacio para el emperador — en estilo europeo, convirtiéndose también en arquitecto.

Fue un polímata del Renacimiento perdido en África: misionero, diplomático, lingüista, historiador, arquitecto, naturalista. Y fue el primer europeo en describir el café, que probó en Etiopía años antes de que la bebida llegara a Europa.

Las fuentes del Nilo Azul

El 21 de abril de 1618, durante una expedición con el emperador Susinios por el sur del lago Tana, Pedro Páez llegó a las fuentes del Nilo Azul — el manantial de Gish Abay, donde el agua brota de la tierra para formar el río que cruza Etiopía, se une al Nilo Blanco en Jartum y llega hasta Egipto.

Páez era consciente de lo que significaba. Lo dejó escrito con la precisión de un cronista y la emoción contenida de un hombre que sabe que está viendo lo que emperadores y conquistadores habían buscado durante milenios.

Pero Páez nunca dijo que las “descubrió.” Dijo que las “vio.” Sabía que los etíopes conocían perfectamente aquel lugar sagrado desde siempre. Lo que hizo fue ser el primer europeo en documentarlas para Europa.

Lo describió todo en su História da Etiópia, una obra de cuatro volúmenes que abarca la geografía, la historia, la religión, las costumbres, la flora, la fauna y la política de Etiopía. Es considerada por los especialistas como una de las obras más valiosas y precisas sobre el Imperio Salomónico etíope.

El robo: James Bruce

Aquí viene la parte que da rabia.

En 1770 — ciento cincuenta y dos años después —, el explorador escocés James Bruce llegó a Gish Abay. Sabía perfectamente que Páez había estado allí antes: la información estaba disponible en archivos jesuitas y había sido mencionada por varios autores. Pero Bruce, un hombre de ego monstruoso, se proclamó descubridor.

Escribió a sus amigos: “Por lo que os escribí en la carta anterior, creo que no os quedará duda de que ninguno de los antiguos ni modernos ha descubierto antes que yo las fuentes del Nilo. Y si es que Páez las vio, su descubrimiento ha sido inútil para las letras por descuido de los jesuitas en no publicar su viaje.”

La frase es reveladora: Bruce admite que sabe que Páez estuvo allí, pero argumenta que como los jesuitas no publicaron su obra, no cuenta. Es como decir: “yo lo robé, pero es culpa tuya por no haber puesto cerradura.”

El geógrafo francés D’Anville intentó desmentir a Bruce cuando este pasó por París, informándole de que las fuentes ya habían sido descritas por Páez y por otro jesuita llamado Jerónimo Lobo. Bruce no quiso escuchar.

La verdad acabó imponiéndose parcialmente: en Inglaterra sus contemporáneos le ridiculizaron y le apodaron “The Abyssinian Liar” — el mentiroso de Abisinia. Pero la Enciclopedia Británica siguió atribuyéndole el descubrimiento durante generaciones. Y los libros de texto anglosajones tardaron siglos en corregirse.

El final

Pedro Páez no disfrutó mucho de su descubrimiento. La malaria, el eterno enemigo de los europeos en el trópico, acabó con él el 22 de mayo de 1622, apenas cuatro años después de ver las fuentes del Nilo. Tenía 58 años.

Está enterrado en Gorgora, junto al lago Tana, en los restos de la misión que él mismo fundó. Los muros de la iglesia que construyó aún se sostienen. Su tumba sigue allí, junto a las aguas del lago, a pocos kilómetros de las fuentes que lo hicieron inmortal — aunque el mundo tardara siglos en reconocerlo.

Su Historia de Etiopía no se publicó en vida. Sus compañeros jesuitas que le sucedieron en Etiopía plagiaron extensamente su obra sin citarle. La primera edición completa no apareció hasta principios del siglo XX, en los volúmenes de Camillo Beccari. En español, la obra completa no se publicó hasta 2014. Cuatrocientos años de retraso.

Por qué no lo conoces

Bruce se llevó el mérito y los ingleses controlaban la narrativa. El patrón es idéntico al de Gómez Pereira-Descartes o Vitoria-Grocio: un español hace el descubrimiento, no lo publica adecuadamente, y un europeo del norte se lo atribuye. Pero aquí es peor, porque Bruce sabía que Páez había estado primero y lo ocultó deliberadamente.

Los jesuitas no publicaron su obra. Los propios compañeros de Páez son corresponsables del olvido. Algunos plagiaron su obra atribuyéndose sus observaciones. Otros se opusieron a la edición. La Historia de Etiopía quedó manuscrita durante tres siglos.

Si hubiera nacido en Inglaterra. Lo dice perfectamente un escritor de viajes contemporáneo: “Si Pedro Páez hubiera nacido en Inglaterra o en Francia, sería un personaje conocido; se habrían escrito mil libros sobre él y rodado multitud de películas celebrando sus aventuras.” Nació en Olmeda de las Fuentes, Madrid. Y en su pueblo hay una pequeña placa en la iglesia.

España no supo hasta 1988. Ni siquiera los propios españoles sabían quién era Páez hasta que un misionero gallego llamado Juan González Núñez publicó un artículo sobre él en la revista Mundo Negro en 1988. El escritor Javier Reverte lo popularizó después en su libro Dios, el diablo y la aventura. Pero estamos hablando de 1988 — trescientos setenta años después del descubrimiento.

Para cerrar: lo que tanto desearon ver

Imagina la escena. 21 de abril de 1618. Un jesuita madrileño de 54 años, que ha sido esclavo de galera, misionero, arquitecto, lingüista y consejero de emperadores, está de pie junto a un manantial en las tierras altas de Etiopía. El agua brota de la tierra y empieza a fluir hacia el norte — hacia el lago Tana, hacia las cataratas, hacia Sudán, hacia Egipto, hacia el Mediterráneo.

Está viendo lo que buscaron Ciro, Cambises, Alejandro y César. Lo que Heródoto intentó explicar. Lo que el mundo entero llevaba milenios queriendo encontrar.

Lo escribe. Lo documenta. Lo describe con precisión. Y no dice “lo descubrí.” Dice “me alegré de verlo.”

Ciento cincuenta y dos años después, un escocés llegará al mismo sitio, sabrá que Páez estuvo primero, y dirá que lo descubrió él.

Pedro Páez vio las fuentes del Nilo. James Bruce se las robó. Y España tardó tres siglos y medio en enterarse de que las tenía.

Fuentes principales: Pedro Páez, História da Etiópia (ed. española 2014); Wenceslao Soto SJ, El jesuita Pedro Páez: Cartas desde el Nilo Azul; Javier Reverte, Dios, el diablo y la aventura; Sociedad Geográfica Española; Juan González Núñez, Etiopía: hombres, lugares y mitos.

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