
Capítulo 3
Gómez Pereira
El hombre que pensó antes que Descartes
Ochenta y tres años antes de que René Descartes publicara su célebre “pienso, luego existo” y su teoría de los animales-máquina, un médico de Medina del Campo llamado Gómez Pereira ya había formulado ambas ideas en un libro de título extraño: Antoniana Margarita. Lo publicó en 1554. Descartes publicó el Discurso del Método en 1637. Las coincidencias son tan evidentes que la polémica sobre si el francés conocía la obra del español lleva cuatro siglos abierta. Descartes lo negó. Pero el mundo entero recuerda a Descartes como el padre de la filosofía moderna. Y a Gómez Pereira no lo conoce nadie.
El mundo en 1554
Medina del Campo, en pleno siglo XVI, no era el pueblo castellano adormecido que es hoy. Era una de las plazas comerciales más importantes de Europa. Sus ferias atraían a mercaderes de toda la Cristiandad. El dinero, las ideas y los libros circulaban por sus calles con una intensidad que rivalizada con las grandes ciudades del continente.
Era también la España del Renacimiento, la de Carlos V y Felipe II, la del Siglo de Oro que estaba empezando. La Universidad de Salamanca era una de las más prestigiosas de Europa. España producía teólogos, juristas, médicos y pensadores de primera línea, aunque la historia posterior se encargaría de borrar a muchos de ellos.
Y era, también, la España de la Inquisición y del Concilio de Trento. Un país donde las ideas nuevas podían ser peligrosas, especialmente si las formulaba un hombre de origen converso — descendiente de judíos convertidos al cristianismo — que cuestionaba a Aristóteles y a los Padres de la Iglesia. En ese contexto, publicar un libro que desafiaba siglos de pensamiento establecido sobre la naturaleza del conocimiento humano y la conciencia animal no era solo un acto intelectual: era un acto de valentía.
El hombre antes de la hazaña
Gómez Pereira nació en Medina del Campo en 1500. Era el segundo de cinco hermanos. Su padre, Antonio Pereira, tenía una tienda de paños — un negocio modesto pero respetable. Su madre, Margarita de Medina, murió cuando Gómez tenía quince años. Se le supone descendiente de judíos conversos portugueses: su abuelo paterno habría llegado a Castilla desde Portugal tras la expulsión de los judíos en 1492. El origen converso es un dato importante, porque marcaba socialmente y obligaba a una cautela extra a la hora de expresar ideas heterodoxas.
Estudió filosofía natural y medicina en la Universidad de Salamanca, donde tuvo un maestro que le marcó profundamente: Juan Martínez Silíceo, un nominalista que luego llegaría a ser arzobispo de Toledo. Silíceo había estudiado en París y conocía las obras de los físicos del Merton College de Oxford — científicos del siglo XIV que habían investigado el movimiento de los cuerpos y los fenómenos de aceleración con un enfoque experimental que se adelantaba siglos a su tiempo. Esas ideas, transmitidas por Silíceo, serían la base teórica sobre la que Gómez Pereira construiría su modelo de comportamiento animal.
Tras finalizar sus estudios, volvió a Medina del Campo, donde ejerció como médico y se casó con Isabel Rodríguez. Pero Gómez Pereira no era solo médico. Era también comerciante: gestionó negocios familiares, recaudó rentas reales, tuvo bodegas y alquiló habitaciones durante las ferias. Era un hombre del Renacimiento en el sentido más literal: un intelectual que no despreciaba el mundo práctico.
Su prestigio como médico fue considerable. Llegó a ser llamado para atender al príncipe Carlos, el malogrado heredero de Felipe II. Y en 1563, junto con el ingeniero Francisco Lobato, patentó un molino hidráulico de sifón capaz de funcionar sin represar el agua — una invención de ingeniería que demuestra que su mente no se limitaba a la filosofía.
La Antoniana Margarita: el libro que se adelantó a Descartes
En agosto de 1554, Gómez Pereira publicó en Medina del Campo, en latín, su obra principal: Antoniana Margarita, opus nempe Physicis, Medicis ac Theologis non minus utile quam necessarium. El título extraño era un homenaje a sus padres: Antonio y Margarita. El subtítulo prometía “una obra no menos útil que necesaria para físicos, médicos y teólogos.”
Era un libro deliberadamente difícil de leer. Sin capítulos ni apartados claros, con razonamientos enrevesados y argumentaciones extensas. Hay quien cree que Gómez Pereira lo hizo así a propósito: siendo un converso que proponía ideas que rozaban el materialismo en la España del Concilio de Trento, esconder un poco sus razonamientos era una estrategia de supervivencia.
El libro abordaba tres temas fundamentales:
1. Los animales son autómatas
Esta es la tesis por la que Gómez Pereira es más conocido — y la que más escándalo causó en su tiempo. Defendía que los animales no sienten ni razonan: son máquinas que responden a estímulos de forma automática, sin conciencia ni capacidad de juicio. Si los animales tuvieran verdaderas sensaciones, argumentaba, serían capaces de formular juicios y distinguir conceptos, lo cual evidentemente no hacen. Por tanto, sus reacciones son puramente mecánicas.
Esta es exactamente la misma tesis que Descartes haría famosa ochenta y tres años después con su teoría del “animal-máquina.” Descartes es recordado universalmente por ella. Gómez Pereira, no.
2. “Conozco que conozco algo; todo el que conoce, existe; luego yo existo”
En el curso de su argumentación sobre el conocimiento, Gómez Pereira formuló un razonamiento que se traduce así: “Nosco me aliquid noscere, et quidquid noscit, est, ergo ego sum” — “Sé que conozco algo, y todo el que conoce existe, luego yo existo.”
Es una formulación del cogito — el “pienso, luego existo” de Descartes. No es idéntica: la de Pereira parte del acto de conocer, la de Descartes del acto de pensar. Pero la estructura lógica es la misma: la existencia del sujeto se demuestra por el hecho de que tiene actividad mental.
Descartes publicó su “Cogito, ergo sum” en 1637. Gómez Pereira lo había escrito en 1554.
3. Una nueva teoría del conocimiento
Más allá de las dos tesis célebres, la Antoniana Margarita proponía una revisión completa de la teoría del conocimiento, rechazando la autoridad de Aristóteles y de los filósofos medievales en favor de la experiencia directa y la razón individual. Gómez Pereira insistía una y otra vez en que no respetaba la autoridad de ningún autor antiguo en esta materia — una actitud crítica que es, en esencia, el punto de partida de toda la filosofía moderna.
La polémica
La Antoniana Margarita no pasó desapercibida. Al año siguiente, Miguel de Palacios, catedrático de Teología de la Universidad de Salamanca, publicó unas Objeciones contra las tesis de Pereira. El ataque más serio era sobre el automatismo animal: Palacios defendía que los animales tienen una fuerza sensitiva real, aunque no discursiva. Gómez Pereira respondió con una Apología.
Más divertida fue la reacción de Francisco de Sosa, otro médico de Medina del Campo, que publicó un Endecálogo contra Antoniana Margarita: un diálogo satírico en el que un grupo de animales — murciélagos, águilas, cocodrilos, ballenas, lobos, leones y elefantes — denunciaban a Pereira por haberles privado de sus sentidos. Es probablemente la primera protesta animalista de la historia, aunque fuera ficticia y cómica.
Más tarde, el gran Francisco de Valles, catedrático de Alcalá y médico de Felipe II, criticó las tesis de Pereira. También lo hizo el teólogo Francisco Suárez. La obra generó debate durante décadas, lo que demuestra que no fue ignorada en su tiempo.
Descartes: ¿coincidencia o plagio?
El primero en señalar las similitudes entre Gómez Pereira y Descartes fue Pierre Daniel Huet, que había sido seguidor y luego opositor de la filosofía cartesiana. A partir de ahí, la polémica no ha cesado en cuatro siglos.
Descartes se defendió en una carta a su amigo el padre Mersenne en 1641: “No he visto la Antoniana Margarita, ni tengo más necesidad de verla… pero me gustaría saber dónde encontrar una copia si creo que es necesario.”
La frase es reveladora. Descartes dice que no la ha leído, pero sabe que existe y sabe cómo se llama. Y añade que le gustaría encontrar una copia — lo que sugiere curiosidad, no indiferencia.
¿La conocía? Es imposible demostrarlo con certeza. Pero hay que tener en cuenta que la Antoniana Margarita fue reeditada en Frankfurt en 1610, que circulaba en los ambientes académicos europeos, y que Descartes viajó extensamente y mantuvo correspondencia con intelectuales de toda Europa. La probabilidad de que no hubiera oído hablar de ella es, como mínimo, discutible.
Lo que es indiscutible es que Gómez Pereira formuló las dos ideas más famosas de Descartes — el cogito y el animal-máquina — ochenta y tres años antes que él. Si fue influencia directa o coincidencia intelectual, cada historiador elige su versión. Pero el hecho permanece.
El final
Gómez Pereira publicó una segunda obra en 1558: Novae veraeque Medicinae, un tratado médico centrado en la fiebre y los procesos infecciosos, donde aplicaba el mismo enfoque empírico y crítico de la Antoniana Margarita. No se sabe con certeza cuándo murió: algunas fuentes dicen 1558, pero hay documentos suyos hasta 1567. Murió sin descendencia en Medina del Campo, probablemente sin imaginar que las ideas que había formulado serían atribuidas a otro hombre un siglo después.
Su obra no se reeditó hasta 1749. Y no fue traducida al español hasta el año 2000 — cuatrocientos cuarenta y seis años después de su publicación original. Medio milenio para que un español pudiera leer en su propia lengua uno de los libros más importantes de la historia de la filosofía española.
Por qué no lo conoces
Descartes ganó la narrativa. La historia de la filosofía está escrita en francés, alemán e inglés. Descartes es “el padre de la filosofía moderna” en todos los manuales del mundo. Cuestionar esa narrativa significaría admitir que un médico español de provincias se adelantó al genio francés, y eso no interesa a nadie fuera de España — y dentro, tampoco parece interesar demasiado.
Escribió en latín y de forma deliberadamente oscura. La Antoniana Margarita es un texto difícil, sin estructura clara, escrito para protegerse de la Inquisición tanto como para exponer ideas. Eso limitó su difusión frente a la prosa elegante y accesible de Descartes.
Era converso. En la España del siglo XVI, ser descendiente de judíos convertidos era un lastre social que afectaba a la recepción de cualquier obra intelectual. Gómez Pereira tuvo que ser cauteloso, y esa cautela le restó impacto.
España no cuida a sus pensadores. El país que produjo a Francisco de Vitoria (padre del derecho internacional), a la Escuela de Salamanca (precursora de la economía moderna) y a Gómez Pereira (precursor del racionalismo cartesiano) no ha sabido nunca integrar a sus filósofos en la narrativa europea. La filosofía española es, para el resto del mundo, una contradicción en los términos. Y eso es, en sí mismo, un fracaso cultural de proporciones históricas.
No fue traducido hasta el año 2000. Una obra fundamental de la filosofía española, escrita en 1554, no estuvo disponible en español hasta hace veintiséis años. Eso dice más sobre el estado de la cultura española que cualquier discurso.
Para cerrar: el hombre que pensó primero
En 1637, en Leiden, un filósofo francés escribió tres palabras que cambiaron la historia del pensamiento: Cogito, ergo sum. Pienso, luego existo. El mundo entero lo aprendió. Se escribieron miles de libros sobre ello. Se fundó una corriente filosófica. Descartes se convirtió en inmortal.
En 1554, en Medina del Campo, un médico hijo de un tendero de paños, descendiente de conversos, había escrito: Nosco me aliquid noscere, et quidquid noscit, est, ergo ego sum. Sé que conozco algo, y todo el que conoce existe, luego yo existo.
Ochenta y tres años antes. En una ciudad de ferias de Castilla. En un libro dedicado a sus padres. Escrito en un latín deliberadamente enrevesado para que la Inquisición no lo entendiera del todo.
Gómez Pereira pensó primero. Pero nadie se acuerda del que piensa primero. Se acuerdan del que piensa más alto.
Fuentes principales: Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico Español; Gómez Pereira, Antoniana Margarita (ed. bilingüe, Universidad de Santiago de Compostela / Fundación Gustavo Bueno, 2000); Menéndez Pelayo, “La Antoniana Margarita de Gómez Pereira” (1878); Rafael Llavona y Javier Bandrés, “Gómez Pereira y la Antoniana Margarita” (1995).