
Capítulo 4
Miguel Servet
El hombre que descubrió cómo circula la sangre y fue quemado vivo por ello
El 27 de octubre de 1553, en la colina de Champel, a las afueras de Ginebra, un aragonés de cuarenta y dos años fue atado a una estaca rodeada de leña. Llevaba atado al brazo un ejemplar de su propio libro: Christianismi Restitutio, donde, entre cientos de páginas de teología, había descrito por primera vez en el Occidente cristiano cómo la sangre viaja del corazón a los pulmones, se carga de aire y vuelve al corazón. Había descubierto la circulación pulmonar. Pero lo que importaba aquel día no era la sangre: era la Trinidad. Miguel Servet negaba el dogma de la Santísima Trinidad, y eso era herejía para católicos y protestantes por igual. Le prendieron fuego. Ardió él, ardió su libro, y con él ardió la descripción de un descubrimiento que el mundo tardaría décadas en recuperar. Es la única persona de la historia quemada en la hoguera dos veces: primero en efigie por los católicos, y luego en persona por los calvinistas. Y una tercera simbólicamente, cuando el régimen de Vichy fundió su estatua en 1941.
El mundo en 1553
El siglo XVI era el siglo de la Reforma. Lutero había roto con Roma en 1517. Calvino había convertido Ginebra en una teocracia protestante donde la disidencia se pagaba con la muerte. La Inquisición católica perseguía herejes en Francia, España e Italia. Europa era un campo de batalla teológico donde las ideas podían matar — literalmente.
En medicina, Galeno seguía reinando desde hacía catorce siglos. Su modelo de circulación sanguínea — la sangre se fabrica en el hígado, pasa al corazón por poros invisibles en el tabique interventricular y se distribuye por el cuerpo — era dogma incuestionable. Cuestionar a Galeno era casi tan peligroso como cuestionar la Trinidad.
Pero en las universidades de París y Padua, una nueva generación de médicos empezaba a abrir cadáveres y a ver con sus propios ojos que Galeno estaba equivocado. Andrés Vesalio, el padre de la anatomía moderna, acababa de publicar su revolucionaria De humani corporis fabrica (1543). Miguel Servet fue su ayudante de disección en París.
El hombre
Miguel Servet — o Serveto, que es su verdadero apellido en español, aunque el mundo lo conoce por la versión francesa — nació el 29 de septiembre de 1509 en Villanueva de Sigena, un pueblo de los Monegros oscenses. Su padre, Antón Serveto, era notario. Su madre, Catalina Conesa, procedía de una familia de conversos.
Fue un niño prodigio. Dominaba el latín, el griego y el hebreo antes de los veinte años. Estudió Derecho en Toulouse, Teología en Lovaina, y Medicina en París y Montpellier. Viajó por media Europa como secretario de fray Juan de Quintana, confesor del emperador Carlos V. Estuvo presente en la coronación imperial de Bolonia en 1530.
Sus intereses eran enciclopédicos: astronomía, meteorología, geografía, matemáticas, farmacología, anatomía, teología, filosofía. Era un polímata renacentista comparable a los grandes italianos, pero nacido en un pueblo de Aragón.
En París, trabajó como ayudante de disección de Vesalio y como editor en una imprenta, donde preparó la edición de la Geografía de Ptolomeo. Obtuvo el doctorado en Medicina y ejerció como médico en varias ciudades francesas bajo el nombre falso de Michel de Villeneuve — porque desde 1531, cuando publicó sus primeros escritos cuestionando la Trinidad, tenía precio sobre su cabeza.
El descubrimiento: la circulación pulmonar
La gran contribución médica de Servet está contenida en apenas seis páginas de un libro de 700. La Christianismi Restitutio (“Restitución del Cristianismo”) es una obra teológica, no médica. Pero para Servet no había separación entre teología y fisiología: si Dios insufló su espíritu en el ser humano, y ese espíritu viaja en la sangre, entender cómo circula la sangre es entender la obra divina.
Lo que Servet describió contradecía directamente a Galeno. Afirmó que la sangre no pasa de un ventrículo a otro a través de poros en el tabique interventricular — porque esos poros no existen. En su lugar, la sangre viaja del ventrículo derecho a los pulmones a través de la arteria pulmonar, se mezcla allí con el aire inspirado, se purifica y vuelve al ventrículo izquierdo a través de la vena pulmonar.
Era la primera descripción impresa de la circulación pulmonar en el Occidente cristiano. Intuía además el intercambio gaseoso que se produce en los pulmones — algo que la ciencia no confirmaría completamente hasta siglos después.
Setenta años más tarde, William Harvey publicaría su De motu cordis (1628), describiendo la circulación completa de la sangre, y sería recordado universalmente como el descubridor del sistema circulatorio. Harvey conocía la obra de Servet, pero el aragonés rara vez se menciona como precursor.
La herejía y la hoguera
La correspondencia fatal
A principios de los años 1530, Servet había publicado dos obras teológicas — De Trinitatis Erroribus y Dialogorum de Trinitate — donde negaba el dogma de la Trinidad. Esto le convirtió en hereje para todos: católicos, luteranos y calvinistas. Vivió dos décadas bajo nombre falso, ejerciendo la medicina en Francia.
En 1546, cometió el error de mantener correspondencia con Juan Calvino. Le envió una copia del manuscrito de la Christianismi Restitutio. Calvino le devolvió su propia Institutio religionis Christianae. Servet leyó el libro de Calvino, anotó correcciones críticas en los márgenes y se lo devolvió.
Calvino montó en cólera. Escribió a un amigo: “Si Servet viene aquí, si mi autoridad sirve de algo, nunca le permitiré que se marche vivo.”
Primera hoguera: los católicos
La Christianismi Restitutio se publicó anónimamente en 1553. Pero alguien — con toda probabilidad el propio Calvino — filtró a la Inquisición de Lyon que el autor era el hereje Miguel Servet, oculto bajo la identidad de Michel de Villeneuve. Servet fue detenido, interrogado y encarcelado. Logró escapar. La Inquisición le condenó a muerte in absentia y el 17 de junio de 1553 quemó en efigie una figura con su imagen, junto con todos los ejemplares de su libro que pudieron encontrar.
Segunda hoguera: los calvinistas
Servet huyó hacia Italia, pero por razones que nadie ha logrado explicar, se detuvo en Ginebra. Quizás creyó que Calvino habría olvidado su amenaza. Fue reconocido mientras asistía a un sermón del propio Calvino, quien ordenó su detención.
El juicio duró dos meses. Servet fue privado de abogado. Sufrió penalidades terribles en prisión. Sostuvo debates teológicos con sus acusadores y pidió que Calvino también fuera interrogado. Escribió una última alegación que terminaba con un grito: “Os pido Justicia, Señores, Justicia, Justicia, Justicia.”
No hubo justicia. Fue condenado a morir en la hoguera el 27 de octubre de 1553. El propio Calvino intentó que lo decapitaran en lugar de quemarlo — una muerte “más piadosa” —, pero el Consejo de Ginebra prefirió el fuego.
Servet ardió en la colina de Champel con un ejemplar de su libro atado al brazo. Tenía cuarenta y dos años.
Tercera hoguera: la simbólica
En 1908 se erigió una estatua de Servet en Annemasse, cerca de Ginebra — la propia Ginebra se había negado a acogerla. En septiembre de 1941, el gobierno colaboracionista francés de Vichy retiró y fundió la escultura de bronce. Fue restituida en 1960.
El legado
La muerte de Servet provocó una reacción que tendría consecuencias históricas. El humanista Sebastián Castellio se enfrentó a Calvino con un alegato que es considerado uno de los primeros manifiestos a favor de la libertad de conciencia: “Matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre.”
Stefan Zweig le dedicó un libro entero: Castellio contra Calvino (1936), donde convierte el caso Servet en una reflexión universal sobre la intolerancia.
Servet se ha convertido en un símbolo de la libertad de pensamiento, del derecho a la investigación científica sin censura religiosa, y del precio que puede pagarse por pensar diferente.
Por qué no lo conoces (tanto como deberías)
Harvey se llevó el mérito médico. La circulación pulmonar de Servet quedó enterrada en un libro de teología que fue quemado casi entero. Solo se salvaron tres ejemplares de la Christianismi Restitutio. Harvey publicó setenta años después en un tratado médico accesible y ampliamente difundido. El mundo recuerda a Harvey.
Su descubrimiento está en un libro de teología. Seis páginas de anatomía dentro de 700 páginas de teología. Para Servet no había distinción, pero para la posteridad fue un problema: los médicos no leían teología, y los teólogos no se interesaban por la anatomía.
Le quemaron los libros. De los 1.000 ejemplares impresos de la Christianismi Restitutio, solo sobrevivieron tres. Es difícil difundir un descubrimiento cuando tu libro ha sido físicamente destruido por dos inquisiciones distintas.
Era aragonés. El mismo patrón de siempre: si Servet hubiera nacido en Londres o Florencia, su nombre sería tan conocido como el de Galileo. Nació en un pueblo de los Monegros y vivió bajo nombre falso en Francia. La historia lo registró como “Michel de Villeneuve” — incluso hoy, el hospital de Zaragoza que lleva su nombre usa la forma francesa: “Miguel Servet.”
Para cerrar: Justicia, Justicia, Justicia
Imagina la escena. Ginebra, 22 de septiembre de 1553. Un hombre encadenado, enfermo, sin abogado, escribe su última alegación ante el tribunal que va a condenarlo a muerte. Ha descubierto cómo la sangre viaja por los pulmones. Ha leído a Galeno en griego y ha demostrado que se equivocaba. Ha diseccionado cadáveres en París con Vesalio. Ha editado a Ptolomeo. Domina seis idiomas. Sabe más de anatomía, teología, geografía y astronomía que la mayoría de los hombres de su siglo.
Nada de eso importa. Lo que importa es que ha negado la Trinidad.
Termina su escrito con tres palabras repetidas: Justicia, Justicia, Justicia.
Un mes después arde en la hoguera. Con su libro atado al brazo. Dentro de ese libro, en seis páginas que casi nadie leerá en los próximos siglo y medio, está descrito cómo la sangre humana circula por los pulmones.
Miguel Servet pidió justicia tres veces. Cuatro siglos después, sigue esperándola.
Fuentes principales: Christianismi Restitutio (1553, tres ejemplares supervivientes); Stefan Zweig, Castellio contra Calvino (1936); Ángel Alcalá, Miguel Servet (ed. Restitución del Cristianismo, 1980); Revista Española de Cardiología; Instituto de Estudios Sijenenses “Miguel Servet.”