Españoles prodigiosos
Retrato imaginado de Inés Suárez
Recreación con inteligencia artificial

Capítulo 9

Inés Suárez

La costurera que salvó Santiago de Chile

El 11 de septiembre de 1541, una costurera extremeña de treinta y cuatro años se encontró defendiendo una ciudad que no existía siete meses antes, con cincuenta españoles contra miles de guerreros mapuches. Pedro de Valdivia, el gobernador y su amante, se había ido con cuarenta jinetes a sofocar una rebelión. Santiago era un puñado de ranchos de paja rodeados por una empalizada. Y el toqui Michimalonco había decidido que ese era el día para destruirlo todo.

Tras doce horas de combate, con los españoles heridos, agotados y los ranchos ardiendo, la derrota parecía inevitable. El capitán Monroy quiso liberar a los siete caciques prisioneros como gesto de paz. Inés Suárez se opuso. Y cuando nadie más se atrevió, tomó una espada, entró en la celda donde estaban los caciques, los decapitó a los siete, y lanzó sus cabezas por encima de la empalizada. Los mapuches, aterrorizados ante la “bruja del pelo de fuego”, huyeron.

Santiago de Chile existe hoy porque una costurera de Plasencia cogió una espada cuando nadie más quiso hacerlo.

El mundo en 1541

Chile era el fin del mundo conocido. Más al sur de lo que ningún español se había asentado permanentemente, con un desierto infranqueable al norte, los Andes al este, el Pacífico al oeste y al sur los mapuches — el pueblo indígena más belicoso de toda América, el único que los españoles nunca lograron someter completamente.

Diego de Almagro había intentado una expedición a Chile en 1535 y había vuelto al Perú derrotado, hambriento y con noticias espantosas. Chile tenía fama de tumba de conquistadores. Cuando Pedro de Valdivia organizó su expedición en 1539, apenas once soldados se presentaron voluntarios. Once. Para conquistar un territorio más grande que España.

Para las mujeres, la situación era aún más extrema. La legislación permitía que viajaran a América las esposas de soldados y algunas mujeres de alcurnia, pero una mujer sola, viuda, sin linaje, enrolándose en una expedición militar al fin del mundo era algo inaudito.

La mujer

Inés Suárez nació en 1507 en Plasencia, Cáceres, en una familia humilde. Su madre era costurera y le enseñó el oficio. No tenía linaje, ni dinero, ni educación formal. A los diecinueve años se casó con Juan de Málaga, un comerciante andaluz que partió hacia América en 1527 con la promesa de volver pronto.

Nunca volvió. Durante diez años, Inés esperó sin noticias claras. En 1537, con treinta años, tomó una decisión extraordinaria: consiguió licencia para embarcar a las Indias a buscar a su marido. Una mujer sola cruzando el Atlántico. Llegó al Perú y descubrió que Juan de Málaga había muerto en la batalla de las Salinas, en las guerras civiles entre pizarristas y almagristas.

Cualquier otra habría vuelto a España. Inés se quedó. Como viuda de soldado, recibió una pequeña encomienda en Cuzco. Allí conoció a Pedro de Valdivia — extremeño como ella, veterano de guerra, casado en España con una mujer a la que probablemente no volvería a ver. Comenzaron una relación que escandalizó a algunos y que duraría una década.

Cuando Valdivia organizó su expedición a Chile, Inés vendió sus propiedades, se compró caballo y armas, y consiguió que Pizarro la autorizara a unirse como “sirvienta doméstica.” Pizarro, en su carta de autorización, le escribió: “Los hombres tienen miedo de ir a un viaje tan largo, y tú valerosamente te pones frente a ese peligro.”

La travesía

Once meses. Desde Cuzco hasta el valle del Mapocho. Más de 3.000 kilómetros a través del desierto de Atacama — uno de los más áridos del planeta —, cruzando la cordillera de los Andes, enfrentando el frío, el hambre y la hostilidad de los indígenas que destruían cosechas y ahuyentaban el ganado para que los españoles no encontraran nada.

Inés fue la única mujer española de la expedición. No fue un adorno: cuidaba heridos, cosía, cocinaba, y en un momento crucial encontró agua en el desierto cuando la expedición estaba al borde de morir de sed. Las crónicas dicen que señaló un punto del suelo y dijo que allí había que cavar. Cavaron. Había agua. Salvó la expedición entera.

También descubrió una conspiración contra Valdivia y le salvó la vida.

En diciembre de 1540, tras once meses de marcha, llegaron al valle del Mapocho. El 12 de febrero de 1541, Valdivia fundó Santiago del Nuevo Extremo. Un puñado de calles trazadas en cuadrícula, unos ranchos de paja y una empalizada. La futura capital de Chile.

La batalla de Santiago

El asedio

Siete meses después de la fundación, la situación era desesperada. Los mapuches, liderados por el toqui Michimalonco, hostigaban continuamente. Valdivia tenía prisioneros a siete caciques como rehenes. Los lavaderos de oro habían sido destruidos. Un barco en Concón, quemado. Los españoles se habían reducido a poco más de ciento treinta personas entre hombres, mujeres y niños.

El 9 de septiembre, Valdivia salió de Santiago con cuarenta jinetes para sofocar una rebelión en Aconcagua. Dejó a cargo al capitán Alonso de Monroy con apenas cincuenta soldados.

Michimalonco vio su oportunidad.

El ataque

Al amanecer del 11 de septiembre de 1541, miles de guerreros mapuches — las fuentes hablan de entre ocho mil y veinte mil — rodearon Santiago. Comenzó una lluvia de flechas, lanzas y piedras. Los españoles resistieron con ballestas y arcabuces, pero eran pocos y el enemigo inagotable.

Inés se dedicó a curar heridos durante horas. Vendaba con jirones de tela, con mangas de camisa, con lo que encontraba. Los hombres caían heridos, los vendaba y volvían al combate.

Tras doce horas de lucha, los mapuches prendieron fuego a los ranchos de paja. Santiago ardía. Los españoles se replegaron a la plaza central, el último punto de resistencia. Estaban exhaustos, heridos, sin esperanza.

La decisión

El capitán Monroy propuso liberar a los siete caciques prisioneros como gesto de paz, esperando que los mapuches se retiraran. En un consejo de guerra improvisado, Inés Suárez se opuso frontalmente: si los liberaban, perdían su única baza negociadora. Los mapuches los masacrarían igualmente.

Nadie la contradijo. Pero nadie se atrevió a hacer lo que ella propuso a continuación.

Inés entró en la celda donde estaban los caciques. Cogió la espada de uno de los guardias. Y los decapitó a los siete.

Salió con las cabezas y las lanzó por encima de la empalizada a los pies de los atacantes.

Los mapuches, al ver las cabezas de sus jefes, se detuvieron. El golpe psicológico fue devastador. La “bruja del pelo de fuego” — así la llamaron — les había arrebatado a sus líderes de la forma más brutal posible. Huyeron.

Santiago se salvó.

Después

Cuando Valdivia regresó cuatro días después, encontró una ciudad arrasada. Según sus propias palabras, de todo lo que había solo quedaron “tres porquezuelas y un cochinillo, un pollo y una polla.” Pero la ciudad seguía en pie — y lo estaba por Inés.

Siguieron años durísimos — la “guerra del vacío,” en la que los mapuches se alejaron de Santiago destruyendo cultivos para matar a los españoles de hambre. Los españoles resistieron hasta que llegaron provisiones por mar en 1543.

Inés continuó viviendo con Valdivia hasta 1548, cuando este fue sometido a juicio de residencia en Lima. El único cargo del que no salió absuelto fue el de mantener relación ilegítima con Inés, estando casado en España. El virrey le obligó a separarse de ella y a traer a su esposa legítima.

Valdivia casó a Inés con uno de sus capitanes de confianza, Rodrigo de Quiroga. No fue un castigo: Quiroga llegó a ser gobernador de Chile, lo que convirtió a Inés en gobernadora. Vivieron juntos treinta años.

Valdivia murió en 1553 en una emboscada mapuche. Los indígenas clavaron su cabeza en una lanza — quizás recordando lo que Inés había hecho con las cabezas de sus caciques doce años antes.

Inés Suárez murió en 1580 en Santiago, a los 73 años. Sobrevivió a todos los conquistadores con los que había llegado a Chile. Está enterrada en la Basílica de la Merced de Santiago.

Por qué no la conoces

Era mujer. La conquista de Chile se cuenta como historia de hombres: Valdivia, Almagro, Lautaro, Caupolicán. Inés aparece como nota al margen, como “la amante de Valdivia.” Que salvara Santiago es un detalle pintoresco, no el acto fundacional que realmente fue.

La escena es incómoda. Una mujer decapitando a siete prisioneros no encaja en ninguna narrativa cómoda: ni en la feminista (es un acto de violencia extrema), ni en la indigenista (es un acto contra caciques prisioneros), ni en la romántica (es una carnicería). Inés Suárez es un personaje que incomoda a todos, y los personajes incómodos se olvidan.

Isabel Allende la noveló, pero la novela eclipsó a la historia. Inés del alma mía (2006) es una buena novela, pero cuando la ficción llega antes que la historia, el personaje queda clasificado como “literatura” y no como “historia.” Hay una serie de televisión. Pero muy pocos libros de historia propiamente dichos.

Chile la reivindica más que España. En Chile, Inés es conocida — hay calles, placas, una serie de TV chilena. En España es prácticamente desconocida. La conquistadora más importante de la historia de Chile nació en Plasencia, Cáceres, y en Plasencia apenas hay memoria de ella.

Para cerrar: la espada

Imagina la escena. Santiago de Chile, 11 de septiembre de 1541. La ciudad arde. Los españoles están heridos, agotados, rodeados por miles de guerreros mapuches. El capitán al mando quiere negociar. Nadie tiene un plan.

Una costurera de Plasencia pide una espada.

Nadie se la da. La coge ella misma, del cinto de un guardia.

Entra en la celda donde están los siete caciques prisioneros. Sale con sus cabezas. Las lanza por encima de la empalizada.

Los mapuches huyen.

Santiago existe.

No fue elegante. No fue misericordioso. No fue lo que nadie habría esperado de una costurera. Pero Inés Suárez no estaba en Chile para ser elegante. Estaba allí porque había cruzado un océano buscando a un marido muerto, había atravesado el desierto más árido del mundo, había encontrado agua donde nadie la buscaba, y no iba a dejar que le arrebataran la ciudad que había ayudado a fundar.

La costurera cogió la espada. Y Santiago de Chile existe porque ella lo hizo.

Fuentes principales: Jerónimo de Bibar, Crónica y relación copiosa y verdadera de los Reinos de Chile; Pedro Mariño de Lobera, Crónica del Reino de Chile; Memoria Chilena (Biblioteca Nacional de Chile); Isabel Allende, Inés del alma mía (novela, 2006).

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