Españoles prodigiosos
Retrato imaginado de Isabel Barreto
Recreación con inteligencia artificial

Capítulo 10

Isabel Barreto

La primera almiranta de la historia

En octubre de 1595, en una isla perdida del Pacífico Sur, un hombre moribundo de malaria tomó una decisión que no tenía precedentes en la historia naval de ningún país del mundo: nombró a su esposa almiranta de la expedición, gobernadora de las islas y adelantada del Mar del Sur. Se llamaba Álvaro de Mendaña, y acababa de morir buscando las míticas islas del rey Salomón. Su mujer, Isabel Barreto, se quedó al mando de una flota destrozada, una tripulación enferma y hambrienta al borde del motín, y 10.800 millas de océano por delante hasta Manila. Nadie creía que una mujer pudiera hacerlo. Lo hizo. Cruzó el Pacífico con lo que le quedaba, llegó a Filipinas, fue recibida como heroína, y se convirtió en la primera y única mujer almirante de la historia de la Armada Española. Y casi nadie sabe quién fue.

El mundo en 1595

El Pacífico era el último gran misterio del planeta. Mientras el Atlántico estaba ya cartografiado y recorrido por flotas regulares, el mayor océano de la Tierra seguía siendo un espacio inmenso y en gran parte desconocido. Las islas Salomón, descubiertas por el propio Mendaña en 1568, se habían convertido en un mito: la Tierra de Ofir bíblica, el lugar de donde el rey Salomón habría sacado el oro para su templo. Nadie había vuelto a encontrarlas en casi treinta años.

España dominaba el Pacífico gracias al tornaviaje de Urdaneta y al Galeón de Manila, pero la presencia era frágil. Los corsarios ingleses acechaban las costas americanas, los portugueses controlaban las rutas del Índico, y las islas del Pacífico Sur seguían siendo tierra de nadie.

Para las mujeres de la América colonial, la situación era más compleja de lo que se suele pensar. Frente a la imagen de una sociedad exclusivamente masculina, las fuentes históricas revelan que una parte significativa de los pasajeros de las expediciones eran mujeres: esposas, hijas, viudas, incluso mujeres solteras. La legislación española favorecía la emigración familiar. Pero una cosa era viajar en un barco y otra muy distinta mandar la flota.

La mujer

Los orígenes de Isabel Barreto son difusos. Algunas fuentes la hacen gallega, de Pontevedra; otras la sitúan nacida ya en Lima, hacia 1567. Lo que sabemos es que su familia — los Barreto y los Castro — eran comerciantes acomodados que llegaron al Perú en el séquito de la esposa del virrey García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete.

Isabel creció en Lima, en un entorno privilegiado, rodeada de relatos de conquista y navegación. Era una mujer de carácter extraordinariamente fuerte — algo en lo que coinciden tanto sus admiradores como sus enemigos. En 1585, con apenas dieciocho años, se casó con Álvaro de Mendaña y Neira, el descubridor de las islas Salomón. Mendaña era veinticinco años mayor que ella, estaba arruinado por sus expediciones anteriores, y necesitaba desesperadamente financiación para volver al Pacífico.

Isabel aportó su dote — cerca de 40.000 ducados, una fortuna — para financiar la expedición. No fue una esposa pasiva que siguió a su marido: fue la socia inversora que hizo posible el viaje.

La expedición al Pacífico (1595)

La partida

El 9 de abril de 1595, cuatro navíos zarparon del puerto del Callao, en Lima, con más de 400 personas a bordo, incluidas 98 mujeres. La nave capitana era el galeón San Gerónimo, donde iban Isabel, sus hermanos, y los mandos de la expedición. El objetivo oficial: encontrar las islas Salomón, colonizarlas y establecer una base española en el Pacífico Sur.

Pero la expedición estaba condenada desde el principio por las rivalidades internas. El maestre de campo, un tal Marino, era violento e indisciplinado. El piloto mayor, Pedro Fernández de Quirós, un portugués ambicioso que tendría un papel crucial en la historia, era contrario a la presencia de mujeres en los barcos y chocó con Isabel desde el primer día.

El descubrimiento de las Marquesas

Tras tres meses de navegación, la expedición no encontró las Salomón — un error de cálculo de casi treinta años hacía imposible localizarlas con precisión — pero descubrió un archipiélago desconocido que bautizaron como Islas Marquesas, en honor al virrey. Fue el primer contacto europeo con estas islas.

Santa Cruz: el desastre

Siguieron navegando y llegaron a la isla de Santa Cruz (actual Nendo), a unos 500 kilómetros al sur de las Salomón. Mendaña decidió establecer allí la colonia. Pero todo se derrumbó: los conflictos con los nativos se multiplicaron, una epidemia de malaria diezmó a la expedición, los motines estallaron, y el maestre de campo Marino fue ejecutado por orden de Mendaña — aconsejado por Isabel.

La muerte de Mendaña y el ascenso de Isabel

El 18 de octubre de 1595, Álvaro de Mendaña murió de malaria. En su testamento, nombró a Isabel heredera universal, gobernadora de las islas y adelantada del Mar del Sur. Designó al hermano de Isabel, Lorenzo Barreto, como almirante.

Pero Lorenzo murió pocos días después, alcanzado por una flecha envenenada durante un enfrentamiento con los indígenas.

Isabel Barreto quedó sola al mando de todo.

La almiranta

Tomando el mando

Con su marido muerto, su hermano muerto, la tripulación enferma y diezmada, las provisiones agotándose y los motines acechando, Isabel tomó una decisión: abandonar Santa Cruz y poner rumbo a Manila, a más de 5.000 kilómetros de distancia a través del Pacífico.

No todos aceptaron su autoridad. Quirós, el piloto mayor, la desafió constantemente. En sus escritos posteriores — que son la principal fuente que tenemos sobre la expedición — la describió como autoritaria, déspota, indómita y caprichosa. Según él, Isabel custodiaba celosamente los víveres mientras la tripulación moría de hambre, y no le temblaba el pulso para ordenar la ejecución de cualquier amotinado.

Pero hay que leer a Quirós con cautela. Tenía ambiciones propias, luego conspiraría para arrebatarle a Isabel sus derechos sobre las islas, y sus escritos son los de un enemigo político. Muchos historiadores modernos consideran que su retrato de Isabel está deliberadamente distorsionado para desprestigiarla.

Lo que es indiscutible es que mantuvo el mando. Con puño de hierro, sí. Pero lo mantuvo. En una situación donde cualquier comandante masculino habría tenido las mismas dificultades — tripulación al borde del motín, hambre, enfermedad, miles de kilómetros de océano —, Isabel Barreto sostuvo la disciplina y llevó la flota a puerto.

La travesía a Manila

Tres meses de navegación a través del Pacífico en las condiciones más duras imaginables. Se perdió uno de los navíos con 182 personas a bordo, que nunca fueron encontradas. Las enfermedades seguían matando. Las provisiones se agotaban. Isabel impuso un racionamiento férreo que la hizo impopular pero que probablemente salvó las vidas de los supervivientes.

El 11 de febrero de 1596, los restos de la expedición entraron en la bahía de Manila.

Isabel Barreto había cruzado el Pacífico. Había recorrido casi 11.000 millas náuticas — 20.000 kilómetros — desde Lima. Era la primera mujer almiranta de la historia.

Después

En Manila, Isabel fue recibida con honores por el gobernador. A los pocos meses — con una rapidez que escandalizó a algunos, apenas un año después de la muerte de Mendaña — se casó con Fernando de Castro, caballero de la Orden de Santiago y sobrino del gobernador. Era un matrimonio estratégico: necesitaba un aliado con poder para defender sus derechos sobre las islas Salomón.

Pero Quirós se le adelantó. Viajó a España, se presentó ante Felipe III y consiguió que el rey le concediera las licencias de exploración que correspondían a Isabel. Le robaron su herencia legal.

Isabel pleiteó, pero no recuperó sus derechos. Se instaló con su nuevo marido en Castrovirreyna, Perú, donde Fernando fue gobernador. Allí murió Isabel Barreto en septiembre de 1612, a los 45 años. En su testamento dejó constancia de una fortuna considerable — joyas, propiedades — y encargó 2.000 misas en su nombre. Pidió ser enterrada en el convento de Santa Clara de Lima, donde su hermana Petronila era monja.

Por qué no la conoces

Quirós escribió la historia. La principal fuente sobre la expedición son los escritos de Quirós, el hombre que la desafió, la despreció y luego le robó sus derechos. Es como si la biografía de Blas de Lezo la hubiera escrito el virrey Eslava. La imagen de Isabel como déspota caprichosa viene de la pluma de su peor enemigo.

Era mujer en un mundo de almirantes. La historia naval está escrita por y para hombres. Una mujer al mando de una flota en el siglo XVI es una anomalía que el relato tradicional no sabe dónde colocar. Es más fácil ignorarla que integrarla.

No existe un retrato suyo. No tenemos ninguna imagen de Isabel Barreto. Ni un grabado, ni un óleo, ni un boceto. La primera almiranta de la historia no tiene cara. Eso, en una cultura visual, es casi una sentencia de olvido.

Su hazaña fue de supervivencia, no de conquista. Isabel no descubrió tierras nuevas ni ganó batallas navales. Lo que hizo fue mantener viva una expedición condenada y llevarla a puerto. Las hazañas de supervivencia se recuerdan peor que las de conquista, porque no producen mapas nuevos ni banderas plantadas.

Para cerrar: sola en el Pacífico

Imagina la escena. Es noviembre de 1595. Una mujer de veintiocho años está en la cubierta de un galeón deteriorado, en medio del océano más grande del planeta. Su marido ha muerto. Su hermano ha muerto. Uno de sus barcos ha desaparecido con 182 personas. La tripulación está enferma, hambrienta y al borde del motín. El piloto mayor la desprecia abiertamente. Manila está a tres meses de navegación.

No tiene formación naval. No tiene experiencia de mando. No tiene precedentes en los que apoyarse — ninguna mujer ha estado nunca donde ella está ahora.

Tiene su carácter. Tiene su dote invertida en esos barcos. Y tiene una decisión que tomar cada mañana: seguir adelante o rendirse.

Siguió adelante. Tres meses. 5.000 kilómetros. Y llegó.

Isabel Barreto no fue perfecta. Fue dura, autoritaria, probablemente injusta en algunos momentos. Pero cruzó el Pacífico al mando de una flota cuando nadie creía que una mujer pudiera hacerlo. Y eso no se lo puede quitar ni Quirós ni el olvido de cuatro siglos.

Fuentes principales: Pedro Fernández de Quirós, crónica de la expedición (vía Luis Belmonte Bermúdez); Ministerio de Transportes de España; Asociación Española de Marina Civil; Juan Francisco Maura, estudios sobre Isabel Barreto.

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