
Capítulo 11
Jerónimo de Ayanz
El Leonardo español que inventó la máquina de vapor un siglo antes que los ingleses
En todos los libros de texto del mundo, la máquina de vapor es un invento inglés. Thomas Savery la patentó en 1698. James Watt la perfeccionó entre 1763 y 1775. La Revolución Industrial nació en Inglaterra. Todo el mundo lo sabe.
Todo el mundo se equivoca.
En septiembre de 1606, un caballero navarro llamado Jerónimo de Ayanz y Beaumont registró ante Felipe III la patente de una máquina que usaba la fuerza del vapor de agua para desaguar minas e introducir aire fresco en las galerías. Lo hizo con planos detallados, descripciones técnicas minuciosas y, lo más importante, la demostró: funcionaba. La probó en las minas de plata de Guadalcanal, en Sevilla. Noventa y dos años antes que Savery. Ciento cincuenta y nueve antes que Watt. Pero además inventó el primer traje de buceo funcional, un sistema de aire acondicionado, balanzas de precisión, hornos metalúrgicos, molinos de viento mejorados, bombas de achique y un submarino. Más de 50 inventos. 48 patentes registradas. Y Lope de Vega le escribía versos por su valor en combate, porque además era soldado de los Tercios. Todo esto en la España del Siglo de Oro. Y las patentes quedaron olvidadas en el Archivo de Simancas durante cuatrocientos años.
El mundo en 1606
La España de Felipe III era el mayor imperio del planeta, pero empezaba a crujir por dentro. Los ingresos de América disminuían, los costes militares en Flandes eran insostenibles, y la industria minera — vital para las finanzas del reino — estaba en una situación deplorable. Las minas se inundaban, los gases tóxicos mataban a los mineros, y no existía tecnología para resolver ninguno de estos problemas.
En el resto de Europa, la revolución científica avanzaba, pero lentamente. Los principios de la presión atmosférica no serían formulados científicamente hasta mediados del siglo XVII, por Guericke y Papin. La idea de usar el vapor como fuerza motriz era antigua — Herón de Alejandría había construido su eolípila en el siglo I —, pero nadie había logrado aplicarla de forma práctica a la industria.
Nadie excepto un navarro que doblaba platos de plata con los dedos y alanceaba toros en las plazas.
El hombre
Jerónimo de Ayanz y Beaumont nació en 1553 en el señorío de Guenduláin, cerca de Pamplona, en el seno de la vieja nobleza navarra. Su padre, Carlos de Ayanz, montero real, había combatido en la batalla de San Quintín. La guerra estaba en la sangre de la familia.
A los catorce años fue nombrado paje de Felipe II en El Escorial, donde recibió una educación privilegiada para la época. A los diecisiete se incorporó a los Tercios españoles — la mejor infantería del mundo — y comenzó una carrera militar que parecía sacada de una novela.
El soldado
Combatió en Túnez bajo las órdenes de don Juan de Austria. Luchó en Flandes durante años, participando en la batalla de Gembloux (1578), una de las grandes victorias de los Tercios. En el asalto a la ciudad de Zierikzee, gravemente herido, siguió combatiendo hasta que derrotó a sus atacantes. Recorrió el Camino Español — de Milán a Namur, la ruta logística que alimentaba el frente de Flandes — en un tiempo récord de 32 días, en pleno invierno.
Su fuerza física era legendaria. Sus contemporáneos la describían como sobrehumana: doblaba platos de bronce con los dedos, partía barajas de naipes enteras, rompía platos de plata con una mano. Alanceaba toros en las corridas. Lope de Vega, que combatió con él en la conquista de las Azores en 1581, le dedicó versos inmortales: “Flandes te diga, en campo, en muro, en villas, cuál español tan alta fama alcanza.”
Era, en el sentido más pleno del Siglo de Oro, un hombre de armas y letras. Soldado, pintor, músico, cantante, compositor y, como se vería después, inventor genial. El hombre renacentista español por excelencia.
El administrador de minas
En 1597, Felipe II le nombró Administrador General de las Minas del Reino. Era un cargo de enorme responsabilidad: España dependía de sus minas de plata, mercurio y otros minerales para financiar el Imperio. Ayanz recorrió las explotaciones de toda la Península durante dos años y descubrió una situación catastrófica.
Las minas se inundaban continuamente. Los gases tóxicos se acumulaban en las galerías, matando a los mineros. En una inspección, uno de sus ayudantes murió por inhalación de gases, y el propio Ayanz tuvo que ser evacuado al borde de la muerte.
Aquel episodio cambió todo. Ayanz decidió que necesitaba inventar soluciones para los dos problemas más graves de la minería: sacar el agua y meter aire limpio. Y lo que inventó fue, literalmente, la máquina que cambiaría el mundo — aunque el mundo tardara un siglo en darse cuenta.
Los inventos
La máquina de vapor (1606)
El invento estrella de Ayanz fue una máquina que usaba la fuerza del vapor para bombear agua fuera de las minas. La llamó “la esfera de fuego” — una caldera esférica de cobre que generaba vapor a presión, el cual empujaba el agua acumulada en las galerías hacia el exterior a través de un sistema de tuberías y válvulas.
No era un boceto teórico: la construyó y la probó. Funcionó en las minas de plata de Guadalcanal, en Sevilla. Se registró como patente ante Felipe III en septiembre de 1606 con planos técnicos detallados.
Los historiadores que han estudiado la máquina de Ayanz coinciden en que es técnicamente superior a la que Thomas Savery patentó 92 años después. La máquina de Savery introduce el agua por vacío; la de Ayanz lo hace por gravedad, lo que penaliza menos el ciclo de trabajo. Además, Ayanz contemplaba colocar varias máquinas en serie — algo que Savery no hizo — y fue el primero en identificar y advertir sobre los problemas de seguridad de la alta presión, recomendando soldaduras de plata para las juntas.
El catedrático Nicolás García Tapia, que ha dedicado más de veinte años a estudiar a Ayanz, afirma que la máquina de Savery es “un calco” de la de Ayanz.
El traje de buceo (1602)
En agosto de 1602, ante el rey Felipe III, un buzo equipado con un traje diseñado por Ayanz se sumergió en el río Pisuerga, a su paso por Valladolid, y permaneció más de una hora caminando por el fondo. El rey, aburrido de esperar, ordenó que subiera. El buzo dijo que estaba perfectamente y podía continuar.
El equipo incluía un traje impermeable diseñado para prevenir la hipotermia, y un sistema de suministro de aire mediante una manguera articulada hecha con tramos de cobre. No existe en el mundo ningún registro anterior de una inmersión prolongada con equipo de buceo. Años después, el sistema se usó para la extracción de perlas en la Isla Margarita, en el Caribe.
El aire acondicionado (1602)
En su casa de Valladolid, Ayanz instaló un sistema que usaba vapor para impulsar aire a través de tuberías que pasaban por un depósito de nieve, devolviendo aire frío a la habitación. Fue inspeccionado por dos expertos nombrados por la Corona, que certificaron su funcionamiento. Estaba presente, entre otros, Miguel de Cervantes.
Era, en esencia, el primer sistema de climatización de la historia.
Y todo lo demás
La lista de los más de 50 inventos patentados por Ayanz incluye: balanzas de precisión capaces de medir el peso de “la pierna de una mosca”; hornos metalúrgicos mejorados; molinos de viento de nuevo diseño; bombas de achique para barcos; sistemas de desalinización de agua; destiladores; brújulas mejoradas; un nuevo método para purificar cobre; y diseños para lo que hoy llamaríamos un submarino.
48 patentes reconocidas oficialmente por la Corona en un solo documento de 1606. Era el inventor más prolífico de la España de su tiempo, y probablemente de toda Europa.
El final
Ayanz murió en Madrid el 23 de marzo de 1613, a los 60 años. Sus cuatro hijos habían muerto antes que él. La herencia pasó a un sobrino que no tenía el genio del tío.
En su testamento, Ayanz se lamentaba de que no cobraba derechos por sus patentes y de que se había descuidado la explotación de sus inventos. Las 48 patentes registradas quedaron archivadas en el Archivo de Simancas. Nadie las tocó durante cuatrocientos años.
Por qué no lo conoces
Savery y Watt se llevaron todo el mérito. Es el patrón más repetido de esta colección: un español inventa algo primero, no se difunde, y un europeo del norte lo reinventa décadas o siglos después y se lleva la historia. Pero en este caso es especialmente doloroso, porque la máquina de vapor desencadenó la Revolución Industrial — el acontecimiento que cambió el mundo. Si España hubiera desarrollado la máquina de Ayanz, la Revolución Industrial podría haber empezado en España, no en Inglaterra. La historia del planeta habría sido completamente distinta.
España no estaba preparada. La España de 1606 era un imperio militar y religioso, no industrial ni capitalista. No existía el tejido empresarial ni la mentalidad emprendedora que en Inglaterra, un siglo después, convertiría la máquina de vapor en el motor de una transformación económica global. Ayanz inventó la herramienta, pero España no tenía el taller donde usarla.
Las patentes quedaron en un archivo. Cuatrocientos años en Simancas. Fue el catedrático Nicolás García Tapia quien las redescubrió a finales del siglo XX y las estudió en profundidad. Hasta entonces, nadie sabía que España había tenido una máquina de vapor funcional en 1606.
Era más famoso por su fuerza que por sus inventos. En su época, Ayanz era conocido como “el caballero de las prodigiosas fuerzas,” no como inventor. Lope de Vega le escribía versos por su valor en combate, no por sus patentes. La fama militar eclipsó al genio tecnológico.
No tiene ni retrato. Como Isabel Barreto, no se conserva ninguna imagen de su aspecto físico. El inventor más prolífico de la España del Siglo de Oro no tiene cara.
Para cerrar: la esfera de fuego
Imagina la escena. Valladolid, marzo de 1602. En el laboratorio de un caserón, un navarro de cuarenta y nueve años — veterano de Flandes, hombre capaz de doblar platos de bronce con los dedos — muestra a un matemático enviado por el rey una esfera de cobre de la que sale vapor. El vapor recorre unas tuberías, pasa por un depósito de nieve y vuelve como aire frío a la habitación donde están. En el sótano, un ayudante maneja las válvulas.
El matemático escribe en su informe: “Todas las invenciones son muy ingeniosas y muy dignas de que Su Majestad las estime en mucho.”
Cuatro años después, Ayanz patenta la “esfera de fuego” como máquina para desaguar minas. La prueba en Guadalcanal. Funciona. Registra 48 patentes. Hace planos detallados. Los archiva en Simancas.
Nadie les hace caso.
Noventa y dos años después, un inglés patenta una máquina casi idéntica. Ciento cincuenta y nueve años después, otro inglés la perfecciona. Empieza la Revolución Industrial. Cambia el mundo.
Y en Simancas, en un legajo que nadie ha abierto en cuatro siglos, están los planos del navarro que lo hizo primero.
Jerónimo de Ayanz inventó el futuro. España lo guardó en un cajón.
Fuentes principales: Nicolás García Tapia, Un inventor navarro: Jerónimo de Ayanz y Beaumont (Universidad Pública de Navarra, 2010); Archivo General de Simancas, patentes de 1606; Ministerio de Defensa, Jerónimo de Ayanz y la máquina de vapor (2015); Oficina Española de Patentes y Marcas, galería temática.