
Capítulo 8
Mencía Calderón
La mujer que cruzó un continente a pie con cincuenta doncellas
En abril de 1550, una extremeña de treinta y cinco años zarpó de Sanlúcar de Barrameda al mando de tres naves con unas trescientas personas a bordo, de las cuales al menos cincuenta eran mujeres jóvenes. Su misión: llevarlas a Asunción del Paraguay para casarlas con los conquistadores españoles y fundar familias cristianas en una colonia donde los hombres vivían amancebados con indias. Lo que debía ser un viaje de nueve meses se convirtió en una odisea de seis años. Tempestades, piratas, naufragios, enfermedades, cautiverio portugués, ataques indígenas y 1.600 kilómetros de selva a pie. Cuando Mencía Calderón entró finalmente en Asunción en 1556, lo hizo caminando, por su propio pie, negándose a montar en los caballos que le ofrecían, con veintiuna mujeres supervivientes que se convertirían en las madres fundadoras de la élite colonial de Paraguay, Argentina y Uruguay. Nadie sabe quién fue.
El mundo en 1550
A mediados del siglo XVI, Asunción del Paraguay era conocida como “el Paraíso de Mahoma.” Los conquistadores españoles establecidos allí vivían con extensos harenes de mujeres indígenas — algunos tenían hasta setenta. Los hijos mestizos se multiplicaban, y la Corona estaba preocupada: aquella mezcla descontrolada podía generar una población sin lealtad a España, con ideas propias y tentaciones de independencia.
La solución era enviar mujeres españolas. Mujeres hidalgas, de “sangre limpia”, que se casaran con los conquistadores, formaran familias cristianas y crearan una élite colonial leal. Era una política de poblamiento que hoy nos parece aberrante en muchos aspectos, pero que explica la razón de ser de la expedición de Mencía.
El problema era el viaje. Asunción estaba en el corazón de Sudamérica, a miles de kilómetros de cualquier puerto. La ruta normal — bajar por la costa atlántica hasta el Río de la Plata y remontar el Paraguay — llevaba nueve meses en condiciones ideales. Nada en esta expedición sería ideal.
La mujer
Mencía Calderón Ocampo nació hacia 1514 en Medellín, Badajoz, la misma localidad extremeña que había visto nacer a Hernán Cortés. Su familia era de la baja nobleza, y estaba emparentada con varias de las grandes sagas conquistadoras de Extremadura.
En 1535 se casó con Juan de Sanabria, un hidalgo rico, viudo, que ya tenía un hijo llamado Diego de un matrimonio anterior. Mencía tuvo con él tres hijas: María, Mencía y Francisca.
En 1549, Juan de Sanabria consiguió del Consejo de Indias el nombramiento como tercer adelantado del Río de la Plata. Las condiciones eran ambiciosas: debía llevar cien parejas casadas, hombres y mujeres solteras, y fundar dos poblaciones — una en la costa atlántica y otra en el Río de la Plata. Y especialmente, debía llevar doncellas hidalgas para casar con los colonos de Asunción.
Vendieron todo — propiedades, bienes, ahorros — para armar los barcos. Y entonces, cuando los preparativos estaban casi completos, Juan de Sanabria murió repentinamente de fiebres en Sevilla.
La decisión
La muerte de su marido podría haber acabado con todo. Diego, el hijastro, fue nombrado nuevo adelantado, pero tenía menos de dieciocho años y ninguna experiencia. La expedición se habría cancelado si no hubiera sido por Mencía.
Tomó una decisión extraordinaria: asumiría ella el mando. Negoció con el Consejo de Indias — el organismo más poderoso del gobierno colonial — para que la nombraran Co-Adelantada. Fue la primera vez que el Consejo aceptó que una mujer liderara una expedición al Nuevo Mundo.
El plan quedó así: Mencía partiría primero con tres naves, llevando a las mujeres y a las familias. Diego la seguiría meses después con más barcos y soldados, cuando consiguiera financiación adicional. Diego nunca llegó: su expedición naufragó en las costas de Venezuela y desapareció para siempre.
El viaje: seis años de odisea
La travesía atlántica (1550)
El 10 de abril de 1550, tres naves zarparon de Sanlúcar de Barrameda: el patache San Miguel, la carabela Asunción y la nao San Juan. A bordo, unas trescientas personas: capitanes, marineros, familias y entre cincuenta y ochenta mujeres jóvenes bajo la autoridad directa de Mencía. Con ella iban sus tres hijas. El cronista de la expedición fue Hans Staden, un aventurero alemán que luego escribiría una célebre crónica sobre su cautiverio entre caníbales.
Tras hacer escala en Canarias, pusieron rumbo al sur. Y empezaron los problemas. Un temporal dispersó las naves cerca de Cabo Verde. Cerca del Golfo de Guinea, piratas franceses abordaron el patache donde viajaba Mencía. Ella negoció personalmente con los piratas, entregando joyas, ropas e instrumentos de navegación a cambio de que no tocaran a las mujeres. Funcionó.
Brasil: naufragios y cautiverio (1550-1553)
Las naves que sobrevivieron llegaron a la isla de Santa Catalina (actual Florianópolis, Brasil). La tercera nave nunca apareció. Allí perdieron los dos barcos restantes en un intento de cambiar de fondeadero. Se quedaron en tierra, construyendo embarcaciones nuevas con los restos de las antiguas.
Los portugueses, que no querían asentamientos españoles cerca de sus territorios, retuvieron a la expedición durante dos años. Algunas mujeres, agotadas, decidieron casarse con portugueses y quedarse en Brasil. Mencía mantuvo al grupo unido con una determinación que las fuentes describen como inquebrantable.
A pie por la selva (1555-1556)
Tras ser liberada, Mencía tomó la decisión más audaz de toda la expedición: ir a Asunción por tierra. No había barcos. No había otra ruta. Y Diego, su hijastro, no iba a venir nunca.
Con un grupo reducido — veintiuna mujeres, veintidós hombres y algunos niños nacidos durante el viaje —, Mencía se adentró en la selva brasileña siguiendo sendas indígenas. Recorrieron a pie más de 1.600 kilómetros de selva impenetrable, cruzando cordilleras y ríos caudalosos, soportando ataques de indígenas hostiles, enfermedades tropicales, hambre y un calor sofocante.
Siguieron la misma ruta que años antes había recorrido Álvar Núñez Cabeza de Vaca — uno de los exploradores más duros de la historia — pero con la diferencia de que Mencía llevaba mujeres, niños y ninguna escolta militar digna de ese nombre.
La llegada
En mayo de 1556, tras seis años desde su partida de Sanlúcar, el grupo llegó al Lago Ypacaraí, a 48 kilómetros de Asunción. Los habitantes de la ciudad, al enterarse de que venía una expedición con mujeres que habían cruzado medio continente a pie, salieron a recibirlos con caballos y carros.
Mencía rechazó la ayuda. Dijo que entrarían caminando, por su propio pie. Y así lo hicieron. Entraron en Asunción andando, con la dignidad intacta, después de haber cruzado un océano, sobrevivido a piratas, naufragios, cautiverio y 1.600 kilómetros de selva.
Después
En Asunción, Mencía descubrió que las habían dado por muertas y que el gobernador Martínez de Irala gobernaba la colonia. Sus derechos como Adelantada habían sido revocados. Pero cumplió su misión: las mujeres supervivientes se casaron con oficiales y soldados españoles, fundando familias que se convertirían en la élite de la región.
Los descendientes de aquellas mujeres forman parte de la historia de tres países. Un nieto de Mencía, fray Fernando de Trejo y Sanabria, fue el primer obispo criollo y fundó la Universidad de Córdoba del Tucumán — la primera universidad de Argentina. Otro nieto, Hernando Arias de Saavedra (“Hernandarias”), fue el primer gobernador nacido en América.
Mencía se trasladó en 1564 a Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), acompañando al explorador Ñuflo de Chaves — que, ironía del destino, era de la Santa Cruz de la Sierra extremeña, a 50 kilómetros de su Medellín natal. Murió allí hacia 1593, a los 79 años.
Por qué no la conoces
Su expedición no fue de conquista. No descubrió tierras, no ganó batallas, no plantó banderas. Llevó mujeres a casarse. En la narrativa tradicional de la conquista, eso no cuenta como hazaña. Pero sin esas mujeres, sin esas familias, sin esos nietos que fundaron universidades y gobernaron provincias, la colonización del Río de la Plata habría sido muy distinta.
Era mujer. El Consejo de Indias aceptó su liderazgo como una excepción pragmática, no como un precedente. La historia posterior la trató con la misma provisionalidad: una anécdota, no un capítulo.
Seis años de viaje no caben en un titular. La odisea de Mencía no tiene un momento icónico — no hay un “Yo solo” como Gálvez ni una bahía de cañones como Lezo. Es un goteo continuo de problemas, decisiones y supervivencia a lo largo de seis años. Eso es más difícil de recordar que una batalla.
Extremadura, Paraguay y Bolivia. Ninguno de esos tres lugares ha tenido peso en la narrativa histórica dominante. Mencía nació en un pueblo, cruzó un continente y murió en otro pueblo. Sin pasar por ninguna capital, ninguna corte, ningún centro de poder donde su historia pudiera quedar registrada.
Para cerrar: a pie
Imagina la escena. Mayo de 1556. Un grupo de poco más de cuarenta personas sale de la selva en las cercanías del lago Ypacaraí. Llevan seis años fuera de España. Han cruzado un océano, sobrevivido a piratas, naufragado dos veces, sido retenidos por los portugueses, y caminado 1.600 kilómetros por la selva más densa del continente.
La mitad son mujeres. Algunas llevan niños nacidos durante el viaje. Todas están agotadas, enfermas, quemadas por el sol, con la ropa hecha jirones.
Desde Asunción llegan jinetes con caballos de refresco y carros. Les ofrecen subir. La mujer que lidera el grupo — una extremeña de cuarenta y un años, viuda, madre de tres hijas, que salió de Sanlúcar con trescientas personas y llega con cuarenta — dice que no.
Entrarán caminando.
Y caminando entran. Con la espalda recta. Con sus hijas al lado. Con las mujeres que la han seguido desde Medellín hasta el corazón de Sudamérica. A pie. Porque así es como se entra en un lugar que has tardado seis años en alcanzar.
Eso es Mencía Calderón. La mujer que cruzó un continente andando y cuyo nombre no aparece en ningún libro de texto.
Fuentes principales: Hans Staden, crónica de la expedición; Sociedad Geográfica Española; Asociación Histórica Metellinense; Elvira Menéndez, El corazón del océano (2010, novela basada en hechos reales).